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CAPÍTULO 8º
Las supervivencias
La mejor leña que teníamos eran las aristas
que soltaba el cáñamo, que gracias a él la mayoría teníamos trabajo
desde que se sembraba en el campo hasta que se llevaban la fibra
seleccionada o se fabricaban los alpargates. Después apareció la
fibra sintética con derivados del petróleo y ésta industria se vino
abajo, pero anterior a esto el cáñamo proporcionaba mucho trabajo
para el pueblo. Otro producto que salía del pueblo era la remolacha,
aquí se criaba con mucha calidad, tenía más grados que en los demás
pueblos. La gente penaba mucho porque la recolección era en los
meses de diciembre y enero y si no estaba lloviendo, caían unos
hielos que se congelaba la tierra. La iban entregando en la báscula
y desde allí se la llevaban a Caniles, que estaba la azucarera.
Los zagales nos bajábamos de noche a ayudar a cargar los camiones y
nos ganábamos algo para el domingo. A veces lo más que pillábamos
era que nos subieran montados
hasta la puerta de la “tía Zorrica”.
Cualquier cosa
te hacía ilusión, partíamos de una guerra muy reciente que sólo
sirvió para destruir y que la miseria se acentuara más y que cada
familia perdiera, unos más directamente que otros, hasta incluso de
perder algún familiar, pero a medida que pasaba el tiempo, que creo
que es el que se ha ocupado de ir viendo las cosas de otra forma, el
progreso que poco a poco iba mejorando y partiendo de una base tan
negativa, todo era ir dando pasos hacia delante. También contribuía
a esa felicidad la ignorancia que nos envolvía, vivíamos bajo un
régimen medio y un obrero que es el tesoro de una nación, se trataba
con la punta del pie, por lo que eran dueños de todo e incluso había
que decir don fulano o don mengano. En cuanto un crío podía andar,
ya tenía que ir a darle a una cabra o llevarle de comer a tu padre
al campo, ya que él se iba por la mañana y no había nada para que
llevara, entonces esa mujer tenía que ir a la tienda a por algo de
comida, llevándoselo “fiao” y llevárselo a él por muy lejos que
estuviera. Mientras volvía dejaba a los hijos a cargo de la vecina o
de alguno que ya fuera un poco mayor.
Los hombres trabajaban mucho físicamente,
pero el trabajo de la mujer, aunque no era tan
fuerte, era de los más sufríos, ya que veía las faltas
más directamente, los padres quieren mucho a
sus hijos, pero creo que las madres los quieren
más, por el hecho de que los llevan nueve meses
en su vientre y empieza a ser parte de su vida. Uno de los problemas más grandes que teníamos
era la ignorancia, encima de que no teníamos nada. En cada casa
había un mínimo de cuatro
o cinco críos, llegando a un máximo de doce, debido a la gran falta
de no haber recibido
una buena educación para estar más instruidos y controlar la
natalidad, pero la pobreza
hacía su aparición por cualquier sitio. Cuando llegaba el verano, se
morían muchos críos
por falta de nutrición y de higiene. El frío y el calor se
encargaban a veces de poner a prueba
la debilitada salud que podía tener una persona. Cuando caíamos
enfermos, había muchos
remedios caseros y en cada barrio había siempre dos o tres mujeres
que ayudaban a
salir del paso, como pueden ser resfriados o pulmonía. Sus remedios
era tomar cosas calientes
y acostarte, echándote toda la ropa que tuvieras e incluso la
pelliza de tu padre, el
chal de tu madre y si te parecía poco hasta los aparejos de las
bestias.
También nos daba la acetona, que yo no sabía lo que era, pero le
daba a muchos críos,
pasábamos el sarampión y se nos ponía toda la cara y el cuerpo lleno
de granos. Luego
había algunos que nos pegaban las anginas, hasta algunos les daba la
apendicitis y nos decían
los mayores que antes a todo el que se moría, porque no sabían los
médicos que era,
lo llamaban “el dolor miserere”. Por entonces cuando un crío se
ponía malo y no detectaban
que tenía, muchos decían que a lo mejor le habían hecho “el mal de
ojo” y estaban
convencidos de que era eso, sobre todo mujeres mayores que tenían un
don de brujería y
que ellas disfrutaban haciendo el mal. También existían otras que
combatían este mal.
Cuando alguien se daba un porrazo y se hacía daño por dentro,
entonces había otras que
rezaban de carne cota. Creo que tenían que se tres pero ninguna
supiera quien eran las
otras para que hiciera efecto y poco a poco el enfermo encontraba
mejoría. En el pueblo
había también un hombre que le decían “el tío José el Felicita” que
tenía gracia al ser el
quinto de cinco hermanos y cuando un crío se encontraba mal,
llamaban a este hombre y le
pasaba la mano por la barriga y en muchas ocasiones reanimaba al
crío. Otras mujeres curaban
las culebrillas. Cuando este mal aparecía rodeaban de tinta un
círculo para que no
pudiera extenderse al resto del cuerpo y después empezaba a hacer
muchas cruces y a los
pocos días aquello iba desapareciendo. Otra de las cosas que solía
ocurrir en los críos, como
casi siempre estaban en la calle, en el verano se les metía el sol
en la cabeza, era como
una insolación, entonces entre tu madre y una vecina te ponían una
sartén en la cabeza con
agua y quemaban unos copos de cáñamo y así conseguían quitar ese
malestar.
Si lo que te ocurría era un porrazo y algún hueso se salía de su
sitio, entonces te llevaban a
la casa de la “tía Josefa, Mandadera” y esta mujer tocaba donde te
habías hecho daño, detectaba
la mala posición del hueso y diciéndote algo que te gustaba, con
mucha habilidad
te volvía ese hueso a su sitio, no sin que pegaras un chillío,
después te lo vendaba y en unos días estabas nuevo. La forma
de pagarles a estas personas, ya que ellas no tenían un
recibo estipulado, ni estaban legalizadas para hacerlo, pues
la gente les correspondía con algo de lo que tuviera en su
casa, por ejemplo, con media docena de huevos, una cesta
de papas, un pollo, etc.
Otra de las cosas que les podía ocurrir a los críos es
que se quebraban, sobre todo cuando eran muy pequeños, a la altura
de la ingle, los telos
que tenían eran muy endebles y de los movimientos al cambiarlos y
limpiarlos y a veces de
llorar si la madre había ido a hacer algo, el chiquillo se garnataba
llorando. Cuando los críos
empezaban a andar había que enseñarles a que pronto hicieran sus
necesidades solos, ya
que eso evitaba bastante trabajo a las madres, entonces les dejaban
descubierto un agujero
para que ellos no tuvieran más que agacharse y hacerlo, pero lo
hacían donde les daba la
gana, a veces en el mismo tranquillo de la puerta y al salir o
entrar alguien, allí iba a parar
el pie, después renegar y restregar el alpargate donde pudieras y
limpiarlo, lo más seguro es
que no tuvieras otro calzado.
Donde más le gustaba ir a los críos con sus madres era a las tiendas
porque siempre pillabas
algo, los caramelos eran como un sueño para nosotros, hacías todo lo
que te dijeran
para conseguirlos, incluso hartarte de llorar.
CAPÍTULO 9º
Inventos
Arriba
Por ese tiempo había mucha ambición por
descubrir cosas, incluso la mente creía que las inventaba y una de
las cosas que más nos atraía era todo lo que llevaba ruedas. Mi
vecino “el Castoro” hizo una bicicleta de caña, fijándose en una
norma. Le iba dando forma a las cañas y atándolas con cordeles
consiguió con mucho esfuerzo que aquel artefacto rulara, pero se
montó en ella y el recorrido que hizo no superó los trescientos
metros, aquello empezó a desfalijarse y cada trozo de caña por su
lado. Él se sintió satisfecho e incluso decía que la había inventado
y con toda aquella ilusión escondía la realidad que lo que no tenía
era las trescientas pesetas que valía una en la tienda.
Otro hombre también muy convenció en los
inventos que se llamaba Bernardino estaba muy obsesionado por los
inventos y se metió en una habitación del fondo de la cueva que era
la oscura, para no ver la luz y allí permaneció un mes, decía que
era la forma de concentrarse y no desviar la atención con la
intención de inventar algo, y al cabo de un mes salió y este hombre
muy convencido decía que ya lo tenía y el invento consistía en un
trozo de alambre de unos cincuenta centímetros y en las puntas
llevaba dos trozos de madera de donde cogía con cada una de las
manos y decía que servía para cortar el jabón que se hacía en las
casas. Este artilugio no dio ningún resultado, porque se siguió
cortando como se hacía antes, con un cuchillo. Pero este hombre no
se daba por vencido y comentaba que tenía otro en mente y que en un
día lo intentaría, y lo que pensaba estuvo a punto de costarle la
vida. Un día juntó a mucha gente para que lo viera, entonces cogió
un paraguas, se subió en un terraplén que tendría unos seis o siete
metros de altura, abrió el paraguas y se tiró al vacío, el paraguas
se dio la vuelta y bajó a la misma velocidad que si no hubiera
llevado nada. Lo que no nos explicamos es cómo este hombre salió
ileso del golpe tan aparatoso que se dio, pero que una vez que el se
vio en pie decía que se tiraba otra vez, que no explicaba
como podía haber fallado y que quería inventar el paracaídas. A
fuerza de ruegos lo convencimos de que eso era una barbaridad y que
no lo volviera a intentar.
El tiempo iba pasando y como era
normal algo se iba progresando en muy poca medida, pero tendíamos a
ir algo hacia delante en todos los terrenos. Entonces empezó a venir
al pueblo unas máquinas de segar que funcionaban por la tracción
animal, enganchaban dos mulas para tirar de la máquina y a través de
unos engranes y unas aspas que iban girando, mas el peine que
cortaba la mies. Aquello lo acumulaba encima de un tablero y cuando
juntaba una gavilla, una de las aspas bajaba sobre el tablero y la
arrojaba al suelo. Ya había una gran diferencia de esto, a segar con
la hoz, que de ahí para atrás no había otra forma.
Cuando
estas máquinas estaban segando, por allí desfilaba todo el pueblo y
se quedaban admiraos de ver este gran invento. Luego en el pueblo,
sobre todo en los bares se volvía a comentar, sin embargo había
gente reacia que todavía no lo asumía bien y decían que desgranaba
algunas espigas, pero poco a poco, aquello se fue imponiendo y aquel
artefacto ayudó mucho. Desde esas fechas y anterior a éstas, la
gente salía a segar fuera de Galera, donde más iban era a la parte
del levante.
Se marchaban andando por la parte de Lorca y el campo de Cartagena.
Había costumbre que uno de la cuadrilla tenía una caracola bastante
grande y le abría un agujero por la parte de atrás y soplando fuerte
esta, emitía un sonido fuerte, encargándose de llamar y despertar a
los demás. A mí me impresionaba mucho verlos vestidos de faena, se
colocaban delante de los pantalones que normalmente eran de para
unos zamarrones de una tela muy fuerte, un camisón y en el brazo
izquierdo,
desde la muñeca hasta el codo, un trozo de cuero que le decían la
manija, en los deos de la mano izquierda se ponían dos, tres o
incluso cuatro dediles; éstos eran unas fundas de cuero para
proteger los dos de cualquier corte con la hoz.
También se ataban sobre la correa, que les
servía de cinturón una especie de estuche y dentro llevaban la
petaca con picadura de tabaco y el mechero, que era de mecha, ellos
le decían el mataconejos y un librillo de papel para liar los
cigarros.
El sombrero era imprescindible, daba
la sensación que eran más mayores. Casi siempre llevaban barba de
varios días.
Las
temporadas eran de aproximadamente un mes. Cuando volvían los
recibían con mucha alegría. Yo siempre me metía en medio de estos
reboleos y a los chiquillos siempre nos traían alguna cosa. Ya una
vez acabado, cada uno contaba los cuatro duros que habían ganado,
hasta incluso los contaban veinte veces.
También en las
eras donde se llevaba la mies, había alguna máquina de ablentar,
aquello también agilizaba la faena, porque antes había que estar
esperando a que corriera aire. En esta máquina normalmente se ponían
cuatro hombres, uno le daba a la manivela, otro le iba echando lo de
la trilla, el tercero retiraba el grano y el cuarto retiraba la
paja. Después se iban relevando de puesto, pero se trabajaba mucho.
Un día mi abuelo se puso malo y
fue al médico, lo reconoció y le dijo que no tenía nada grave y le
recetó una caja de supositorios y cuando llegó a su casa, se los
comió. Después de habérselos comido, se lo dijo a mi abuela y ella
se alarmó y le dijo que eso no se comía. Empezó a llamar a los
vecinos, porque esperaban que la reacción de los medicamentos pues
le diera algo e incluso entre los vecinos comentaban que eso no lo
aguantaría y lo más fácil era que se muriera. Sin embargo él estaba
tan campante y lo único que decía es que estaban muy amargos. Cuando
pasó veinticuatro horas el médico dijo que ya había pasado el
peligro, pero los de alrededor no se lo creían, ya que lo habían
pasado peor que él.
Para trillar ya
era raro que se viera algún tractor, casi todo se trillaba con
bestias, sobre todo con mulas. Había una familia en la punta arriba
del barrio y echaban mano de lo que tenían. Poco era lo que tenían
que trillar y engancharon una cabra y un cerdo. La gente acudía a
ver aquello, porque más que trillar era un espectáculo. Pero todavía
había gente en peor situación y sólo podían ir a espigar que en
estos tiempos pocas espigas se dejaban y desde el ser de día hasta
la una de la tarde, asomaban con un talego de espigas y por las
tardes las extendían sobre un saco y con una maza las espicazaban,
después lo echaban en una espuerta, le ponían en el puntal y lo
ablentaban con el poco de aire que corría. A la noche lo llevaban al
horno y te lo cambiaban por un pan y a otro día vuelta a empezar.
CAPÍTULO
10º
El cáñamo Arriba
Lo que
más se sembraba en la vega era cáñamo y remontándose en el tiempo y
hasta que la fibra fue sustituida por el petróleo era de lo que más
trabajo daba en el pueblo. Se sembraba por el mes de marzo y a parte
de preparar la tierra que había que dejarla muy bullía, cuando
estaba saliendo de la tierra era muy sensible y había que rastrearla
para ayudarle a que rompiera, pero además tenía otra dificultad que
al ser tan tiernas las capotas, era una cosa que les gustaba mucho a
los pájaros, sobre todo a los gorriones y para solucionar esto,
tenías que estar desde que amanecía hasta que anochecía una persona
espantándolos y éste trabajo casi siempre lo hacíamos los zagales.
Te llevabas unas latas y un palo y todo el día alrededor del
bancal espantándolos y así varios días hasta que cogiera una altura
de unos diez centímetros. Como todos tenían que hacer lo mismo la
vega parecía una fiesta. De ahí hasta que se arrancaba solo era
regarlo y combatir una plaga que le entraba que le decían la
“porrilla”.
Se arrancaba en el mes de septiembre, la gente se tenía
que colocar bastante ropa porque la superficie de la caña era como
una lima y comía mucho, sobre todo se ponían una pelliza porque era
más recia y el desgaste que iba sufriendo lo aguantaba más y como la
pobreza estaba siempre presente, algunos no tenían suficiente ropa y
recurrían a pedirle a quien podía dejarle
alguna, bastante usada pero salían del paso.
Iban haciendo unas
manas que tenían aproximadamente unos ciento veinticinco milímetros
de diámetro y las iban dejando caer al suelo en posición
perpendicular al tajo y así se sacaba un poco las raíces que
llevaban barro. Después se cogían estas manas y con un palo se iban
sacudiendo y se ponían en forma de equis, de tal forma que la parte
de la flor quedaba suspendida en el aire y así estaba cuatro o cinco
días hasta que se secaba.
En el centro del bancal ya se había
preparado el mismo día que se arrancó, un trozo de terreno de unos
veinte metros cuadrados, que los habían apisonado bien, para que
éste día que ya estaba seco, se ponían un trozo de tablero y allí se
iban sacudiendo. A esta operación le decían
esjargolar. Allí mismo se ablentaba y se llevaban los cañamones
limpios a la casa. La hoja quedaba hecha un montón y a esto le
decían “galgo”. Más tarde se extendía en el bancal, que servía de
estiércol para otras cosechas. El cáñamo se ataba en haces de
aproximadamente veinte manas y se llevaba a unas balsas. Dentro se
iba acumulando en filas a una altura de tres haces y encima se le
echaban bastantes piedras que servía de peso, para que al echarles
el agua los haces no flotaran. Lo tenían debajo del agua unos veinte
días más o menos. Entonces se volcaban las piedras, los haces
flotaban, se iban soltando y mana por mana. Desde las orillas se iba
echando fuera, de forma un poco inclinada para que el agua fuera
escurriendo.
Este trabajo era muy infrahumano porque debido a la cantidad de
cáñamo que había y las pocas
balsas que había, estas operaciones se prolongaban hasta diciembre y
enero, en pleno invierno,
con temperaturas bajo cero, calaos de agua y mucha gente cogía
pulmonía y unos la
superaban pero otros no.
Mi abuelo me contaba que cuando él era pequeño, cuando alguien cogía
pulmonía los
enterraban en un montón de basura de bestias, dejando sólo la cabeza
fuera, al fermentar la
basura y se calentaba, lo dejaban varios días y de esta forma
conseguía desechar esta enfermedad.
La siguiente faena le decían “remudar”, se llevaba a un descampado
para dejarlo secar, entonces se juntaban cada cuatro manas, se
ataban de medio para arriba y de forma vertical las manas servían de
patas y se abrían bien para que el aire lo secara, a esto le decían
“cabañuelas”.
Los zagales jugábamos mucho, sobre
todo al escondite, y algunas parejas de novios se escondían en
éstas, era un sitio ideal para no ser vistos. Me acuerdo que había
una mujer que se liaba con el primero que llegaba y la vimos meterse
con un hombre que venía vendiendo aceite. Nosotros que los vimos,
fuimos y estaban los dos en pelotas. Cada uno salió corriendo para
un lado y les aguamos la fiesta. Para mí fue la primera vez que ví a
una mujer en cueros. Una vez que el cáñamo estaba seco se granaba.
Se soltaba la cabañuela y maná por maná, se iba machacando para
quitarle la caña y ya aparecía la fibra, lo que soltaba eran las
aristas, que con la escasez de leña que había, la gente se remediaba
en las cuevas. Siempre había una habitación que le decían el cuarto
de las aristas y cada vez que sacábamos un puñado se iban
esturreando hasta llegar al fuego y siempre estaban los mayores
advirtiéndoles a los críos que tuvieran cuidado con el rastro, que
era el chorro que se iba cayendo, porque a veces a través de las que
se caían podía llegar el fuego hasta el cuarto y provocar un
incendio.
Después de agramar las manás se juntaban de dos en dos y se les
llamaban cerros y juntando veinte cerros se ataban y se le decía un
“atao”. El jornal de un hombre era de agramarse dos ataos y las
aristas eran de los que agramaba.
Después pasaba gente rebuscan y lo que más se llevaban
era tierra. Había también gente generosa que les dejaba alguna para
que llenara un saco. Siempre estábamos rodeados por la miseria. Por
la noche, casi todos los hombres iban a las tabernas, se sentaban en
una mesa la cuadrilla que habían estao juntos y se bebían unas
botellas de vino, con un plato de garbanzos y avellanas revueltas. A
esta tapa le decían un “bautizo”. Casi siempre salía alguno borracho
y no era por lo que había bebío, sino por que no estaba bien
alimentao para el trabajo que desarrollaba.
Siguiendo el proceso, después se espadaba para quitarle las aristas
más pequeñas que les quedaba y la fibra cogía más lustre. Al
espadarlo ya se juntaban dos cerros, se doblaban por la mitad y esto
se llamaba un “torcio” y se le ataban unas gabillas y ya
estaba listo para venderlo. Se lo compraban los que tenían
rastrillos, que eran unos tableros los cuales tenían unos cincuenta
o sesenta clavos, y el propietario tenía unos
pocos obreros y aquí al pasarlo por un rastrillo se iba
seleccionando las betas más fuertes y se dividía en varias
calidades. A la mejor calidad le decían “canal” y de ahí salía toda
la cordelería, y al espojo que salía, se hacían suelas para los
alpargates. A los que cosían suelas les decían apargateros. Siempre
estaban pensando en gastar bromas a la gente. Yo siempre estaba con
ellos y un día había un hombre muy mayor que pasaba por el camino y
recogía las colillas del tabaco y no se les ocurrió otra cosa que
poner una en un cepo y cuando este pobre hombre se agachara a
cogerla, el cepo le cogiera los deos. Cuando esto pasó, el hombre
con mucha pena los miró y continuó su camino. Entre ellos se miraron
y sin mediar palabra entendieron que no estaba bien lo que habían
hecho.
Entre los rastrillaores había uno que era muy corpulento, él se
comía todo lo que le pusieran, luego al hacer de cuerpo era una
barbaridad. Un día pensaron de envolverla bien para pesarla y como
ellos no disponían de peso, fueron a la tienda de “Marcelo” que era
un hombre muy atento. Le echaron la excusa que era manteca para
hacer unas tortas y Marcelo montó el paquete en su peso de balanza y
muy serio le dice que tenía un kilo justo y ahí se enteraron todos
de lo que cagaba. Al poco tiempo se enteró Marcelo de lo que había
pesado ese día y las relaciones fueron más tirantes, ya no se fiaba
de ellos.
En este tiempo el cáñamo proporcionaba el cincuenta por ciento del
trabajo en el pueblo. Capítulos.11º 12º
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