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El Portacho, Memorias de un barrio

Bonifacio  Sola García


CAPÍTULO 1º    Nacimiento e Historias de Familiares 


  Corría el año 1952, se vivía una posguerra y la situación era la escasez y la pobreza. Esta se acentuaba más en las familias humildes, denominadas, braceros. Solamente dependía de que le avisaran a trabajar. Tenían la costumbre de bajar a las esquinas o a la puerta del Marcelo, donde con un poco de suerte podías echar un jornal y ganar para comer ese día.
  El siguiente, ya no lo tenías tan claro, y como única salida era coger el cogeor de esparto y traer a la cueva lo que se pudiera. Otra alternativa podía ser la de ir a picar copos e incluso, ya la mujer se quedaba haciendo una cabeza de soga que era con lo que se hacían las suelas de los alpargates, ir a rebuscar almendras, un haz de bojas o espigar para poder subsistir, que me parece que era lo máximo a lo que se aspiraba en estos difíciles tiempos.
  Hablando de este mismo año, un diez de julio, mi padre y mi hermano se fueron a rastrojear a la “Alpanchía”; vivíamos en el número treinta y ocho del “Collado Alto”, junto a las cuevas hundías, y a eso de las diez y media de la mañana, Carmen la “Bailaora” empezó a sentirse mal, estaba embarazada y se cumplían los nueve meses. El malestar era síntoma de parto. Llamó a la tía Ángeles la “Guardilla” y ella se encargó de correr la voz a todo el vecindario. Hora y media más tarde daba a luz un chiquillo.
  Eran tiempos en los que todo el mundo se alegraba de que a los demás les pasaran cosas buenas y esta mujer, Carmen, de alguna manera se encargaba de que el barrio tuviera la menos pena posible e incluso de tapar alguna necesidad. Sufriría interiormente, pero nunca lo manifestaba. Desde ese momento decía que de chico que de chico era muy bonico, pero yo nunca he estado convencido, sería amor de Madre.
  Cuando una mujer daba a luz, había la costumbre de matar una gallina, hacer caldo, ya que era lo que más reanimaba a la recién parida.
  Mi madre tenía un seno muy voluminoso y me estuvo dando el pecho casi dos años; coincidiendo que a los dos meses de yo nacer, en el barrio de enfrente, “El Real” , nació un chiquillo, y a su madre por desgracia se le retiró la teta de susto, eso decía, y ella se enteró de esto, compartió el pecho para los dos y salimos adelante.

  Desde que mi madre quedó embarazada, siempre que fuera niño, ya tenía nombre. Tuvo otro varón, nueve años antes y ese privilegio fue para mi padre, le pusieron Jesús. A partir de ahí, ya lo tuvo más fácil, le puso Carmen a su hija como ella y a éste último no había quien se lo quitara, se llamaría Bonifacio; detrás de este nombre quedó una historia muy fuerte.
  En plena Guerra Civil, a la familia de los “bailaores” encabezada por el “tío José” y la “tía Antonina”, recibían la noticia de que a su hijo Bonifacio lo habían matado, nunca se supo cómo, pero la pena se apoderó de esta familia y las conversaciones de la casa se convirtieron en lágrimas, solamente quedó el orgullo de que murió defendiendo sus ideales.
  Cuando tenía dos años y empezaba a tatas a volcar alguna que otra silla, de las pocas que teníamos o llegaba hasta el vecino más próximo, que era el “tío Pelele”, en el portal estaba siempre Manolo cosiendo suelas y yo empezaba a enrearle el manojo de cordeles y acababa volcándole las suelas, y ahí sí que no toleraba que estuviera más tiempo allí y además decía que le hacía sombra luces. Yo no sabía lo que era eso.
  Lo mejor de todo es que tenía cabida donde me acercara, todo el barrio me quería, éramos como una familia muy grande.
  Cuando tenía cinco o seis años y empezaba a ser útil para algunas cosas, el trabajo que más me encomendaban era el de hacer “mandaos”, porque les traía todo lo que me decían y sobre todo la vuelta, nunca me quedaba con nada, si no es que me daban ellos. También les llevaba la comida al campo a mi madre y a mi hermano y les ayudaba en lo poco que podía.

  Justo a los seis años entraba en la escuela. Me compraron la primera cartilla con la marca “Manín” y además una pizarra y un pizarrín que siempre se rompía muy pronto, porque cuando te peleabas era con lo primero que dabas y también me compraron una libreta y un lápiz. El primer curso era la escuela de los “cagones”, pero a mí la escuela me gustaba, ponía mucho interés y cuando ya conocía las letras, iba a las tiendas y leía todos los letreros y pegatinas que hubiera delante. Cuando ya me desenvolvía bien, escribía todas las cartas en mi casa.
  A ninguno de mis hermanos les gustaba estudiar. Mi vecina “la Belmira”, que no sabía escribir, yo le escribía las cartas del novio, que estaba en la mili, en Ceuta, y cuando le leía las del novio, me hacía que se las repitiera dos o tres veces.


CAPÍTULO 2º    Emigración     Arriba
    

  El ambiente del barrio era de alegría, cualquier pena, aunque fuera pequeña se la contabas a todos para que fuera más pequeña todavía. Prestabas lo poco que tenías desinteresadamente, pero empezaba a surgir algo que nos iba a ir separando, era la emigración. Empezaban los hijos mayores a probar suerte en otro lado y cuando encontraban trabajo, en la primera carta decían que se habían “colocao” y empezaban a arrastrar más miembros de la familia hasta que al final acababan todos en Barcelona.
  Ha sido de las cosas que a mí mayormente más me han entristecido. En ese tiempo creo que tenía claro que yo iba a ser albañil. Me metía en el corral y arreglaba el gallinero o le hacía una pila a los chinos para beber agua o arreglaba trozos de los suelos de grea.

  Precisamente mi padre también probó suerte, cogió su maleta de madera, con aquella cuerda que amarraba alrededor para que no se pudiera abrir, y en tres días de viaje cruzó la península y llegó a Asturias, concretamente a un pueblo llamado Avilés. En una primera temporada estuvo catorce meses y volvió a repetir y se estuvo dos años más. Trabajó en la empresa de Entrecanales, que por entonces construía todo lo que iba a ser la siderurgia.

  Mi padre era muy trabajador y nunca se conformaba con echar un jornal, con el fin de traer el máximo a su casa, es mas cuando vino compro una fanega de tierra en la "alpanchia" lo cual tenia once paratos en los que consiguió sembrar unos arroyos de papas en algo que era de su propiedad, para el fue como un sueño.

  A mi lo que mas ilusión me hizo fue que me trajo un bolígrafo, con tan mala pata que lo desarme y y se me derramo la tinta también trajo un reloj despertador y mi manía era ponerlo en hora, darle cuerda y que tocara aquello.

  Fue un paso grande. Antes para saber la hora teníamos que que bajar a la puerta del "tío pió" que desde allí se veía el reloj de la torre. Otras de las cosas que también me gusto fue que trajo chocolate, era la primera vez que lo cate. Me gustaba hasta oler el papel ya que se entendía que comer estas cosas era un lujo, galguerías decían

 entonces. Lo que mejor visto estaba era comer pan y tocino.


CAPÍTULO 3º    Juegos y travesuras    Arriba

 

  Los días siempre se quedaban pequeños porque una vez que acababas las tareas te salías a jugar. era interminable la infinidad de juegos, hasta el punto de jugarnos los botones, pero todos eran muy divertidos y a todo esto había que añadirle la manía que, mas bien yo diría que era necesidad de cuando entraba la noche, salir a la vega a comer de lo que hubiera en esa época, que de alguna forma saciabas esa ansiedad. La mayoría de las conversaciones eran relacionadas con la comida.  

  Una noche tocó ir a un cerezo que sabíamos donde estaba, al mismo oscurecer ya estábamos todos engargolaos arriba, no pasaron diez minutos y desde abajo, en el tronco, se oía una voz que decía: (ya tenía yo ganas de pillaros!; todo quedó por un momento en silencio, y sin hablar, todos entendimos que por el tronco no se podía bajar. Este hombre armado con una vara de un metro aproximadamente, estaba convencido de que la mayoría de nosotros nos llevaríamos un buen estacazo, pero no le dimos ese placer, nos descolgamos cada uno desde la misma rama que nos cogió y por el tronco no pasó nadie, pero a Pepe el manquillo se le quedó un alpargate debajo del cerezo y éste con la cara de lástima nos decía que él no podía asomar a su casa sin él, además sólo tenía ese par y a fuerza de darle vueltas al asunto, por humanidad entre todos lo acompañamos, pero a pesar de hacerle todos los cargos, éste hombre se resistía en darle el alpargate, con agujero incluido en la parte de adelante, y además amenazándonos de que iría al cuartel, que en esos tiempos era a lo que más se le temía. Al final nos lo dio, pero se lo dijo a nuestros padres. Los demás no sé como lo pasarían, pero el mío se quitó la correa y con bastante mala leche, la cogió dejando libre la parte de la hebilla.

  Mi madre que se enteró de la situación se puso por el medio y el correazo lo recibió ella, y cuando tuve el menor desliz, me subí a lo alto del cerro y por mucho que insistieron en que bajara, allí permanecí el resto del día. Por la noche , cuando cierta preocupación desistí y haciéndole caso omiso a mi madre, bajé y todo volvió a la normalidad. Mi hermana siempre estaba de mi parte.


CAPÍTULO 4º   Relaciones de Familia y de Amistad     Arriba


  Mi hermano, por ese tiempo, salía a trabajar por temporadas a Valencia o a cualquier otro sitio. Donde más iba era al Prat de Llobregat, al Porcho, que le decían y el trabajo consistía en coger lechuga y escarola. El siempre se quejaba porque era un trabajo infrahumano, había que hacerlo lloviendo, de noche sin tener en cuenta nada más, lo pasaban muy mal. Allí se compró un anoral y cuando vino estábamos deseando que se lo quitara para ponérnoslo nosotros, fue como un descubrimiento, lo bien que te sentías con aquella prenda puesta.
  Mi hermana y yo, sin embargo éramos inseparables, ella tres años mayor que yo, pero nos ayudábamos en las tareas para acabar a la vez. Después nos íbamos a dar una vuelta al pueblo y nos lo pasábamos muy bien. En ese tiempo, fue cuando empezó a funcionar el cine, era un acontecimiento.

  Todo el que juntara dinero para comprar la entrada era todo un logro. Echaban hasta tres funciones e incluso lo repetían el lunes y el sábado. Una vez que sonaba el altavoz, ya había ambiente de fiesta, sobre todo los que tenían novia, ya era motivo para ir a buscarla, y los que empezaban a ir detrás de alguna muchacha, pues era el punto de encuentro. Todos nos lo pasábamos muy bien y si encima te bebías una gaseosa pues salías más contento que unas pascuas. El resto de la semana sería para comentar la película. La gente mayor, que tenía el recuerdo de una guerra reciente y el drama que suponía, cuando las películas eran violentas se emocionaban y rompían a llorar, era preferible ver las que no dramatizaban tanto y servían para reírse.
  Otro lugar de esparcimiento era ir a pasear al puente de hierro, de ahí salían novios la mayoría. La verdad es que no todos los pueblos pueden presumir de tener un puente tan bonito que invita a pasear por él. Allí cada uno lucía los cuatro trapillos que pudiera tener.
  Costaba mucho trabajo acercarse a la muchacha porque las calabazas estaban aseguradas, aunque por dentro lo estuvieran deseando, pero no estaba bien visto que la primera vez fueras bien recibido, pero el romanticismo prevalecía, además con el simple hecho de ver a la muchacha, ya te dabas por satisfecho. Después tenían que dar el visto bueno sus padres y todo dependía del buen comportamiento.
  Los zagales, cada uno teníamos nuestra panda y había cierta rivalidad. Los "portacheros"  los del "barranco", los de las "cruces"... Había que ser un número similar porque si se veía un grupo inferior sería el que a la hora de las disputas se llevaría la peor parte. En los barrios se unían para todo, era fruto de la pobreza. Había veces que teníamos que pedir un misto para poder encender el fuego.

  Cuantos milagros tenía que hacer esa mujer para poner algo en la mesa. Mi madre siempre esperaba a que cenáramos nosotros primero y después ella. Quizás lo haría si nos quedaba algo. Después nos acostábamos y hasta que no nos dormíamos, estaba pendiente por si alguno de nosotros nos despertábamos o por si necesitábamos
algo. Dormíamos en aquella cama, en la que unos trozos de cuerda sustituía a
la colchoneta, un colchón lleno de farfollas y en algunos casos de paja, dos sábanas manías y una colcha de Palencia, pero la felicidad estaba asegurada ese día.
  Ya amanecía otra vez. Al levantarse ya estabas pensando en pillar algo para comer, en esos tiempos próximos a la Pascua, casi siempre había una cesta con rosquillas, y sin contar con nadie, metías la mano y enganchabas dos o tres, te las metías en el seno o en los bolsillos y detrás de la tapia del corral te los comías como níspolas. Todavía no te habías lavado, después descubrían que la cesta iba para abajo, pero nunca sacaban en claro quien había sido. Después te lavabas en la zafa y te mojabas el pelo para que se agacharan los remolinos al peinarte. Mi manía era echarme el pelo para atrás, eso significaba que querías aparentar más mocico y claro que influía por que ganabas dos o tres centímetros, entonces coincidiendo con la época hippie, y si te dejabas el pelo un poco largo pues te decían que eras un ye-ye, y que el pelo te comía enseguida, había que bajar a la barbería del tío “granaíno”. Te dejaba la cabeza que patinaban las moscas, si era verano, se agradecía, pero si era invierno pasabas todo el frío que querías y al ir las orejas tan poco protegidas, te salían sabañones, estando la mitad del tiempo arrancándote.


CAPÍTULO 5º    Costumbres de pueblo    Arriba


  Una época del año que querías que llegara, era la época de las matanzas. Aquello
era una fiesta, sabías que ibas a saciar un poco ese deseo de hartarte de comer. A los chiquillos nos hacían un mejendero y nos lo pasábamos muy bien, además estabas invitado a todas las del barrio. Todos los que habían conseguido criar un cerdo, porque a veces con miles penas se compraba, pero luego no tenías que qué echarle de comer y el pobre animal ni crecía ni engordaba y cuando llegaba la hora de matarlo estaba casi igual que el primer día, ya que se criaba con cuatro puñados de hierba u hojas de remolacha. La cebada estaba muy lejos y era de vez en cuando, pero aquello cambiaba mucho cuando entrabas a la cocina y encima del fuego había un par de cañas de morcillas, y si entrabas a la camarilla había otras con chorizos, butifarras, algún jamón y los blancos. Esto último si que estaba seguro, una de las forma que conseguíamos alcanzar a las cañas era tirando el gato para arriba, él se encargaba de bajar con las uñas lo que cogiera a su paso, pero antes tenías que asegurar bien que la gatera estuviera bien tapada, porque si no el único que disfrutaba era el gato.
  En la escuela, gracias a las ayudas internacionales, se recibía leche en polvo y queso por las mañanas. El maestro sacaba a dos o tres voluntarios, bueno peguntaba quien quería hacer la leche, tenía que levantar la mano. La levantemos casi todos. Había unos cuantos en los bancos de adelante que no les apetecía mucho ni hacerla ni beberla, podéis imaginaros quien podían ser, encima los ponía en los bancos de adelante, pero de media escuela para atrás lo estábamos deseando. Yo pensaba que nos pondrían más atrás porque íbamos mal vestidos y con remiendos. Nosotros no teníamos en cuenta esa diferencia, lo que contaba era hacer la leche y bebérnosla cuanto antes y si encima podíamos repetir, pues mucho mejor. En invierno había una estufa de aserrín y ¿quién serían los encargados de cargarla y encenderla?. Pues los mismos de antes. La estufa estaba situada en la parte de adelante y una vez encendida pasabas a tu banca. Allí el calor apenas se notaba, pero psicológicamente de saber que había una estufa, ya tenías menos frío. Más tarde, sacábamos la técnica de bajarnos una lata con ascuas, con un alambre para cogerla y no quemarte, era otra forma de paliar la situación, pero qué calor podría producir cuatro ascuas que podrían coger en la palma de la mano. Al final la latas servía para dar latazos a los demás. Por la tarde tocaba el queso, ya te bajabas un trozo de pan de tu casa y a media tarde sacaba el maestro una lata redonda de unos cuarenta centímetros d diámetro y se repartía equitativamente un trozo para cada uno. Después de terminar de merendar, subía más el tono de voz y el rato que faltaba para salir ya no era tan severo.
Cada mes o un tiempo similar venía una gente que tenía que ver con el Ministerio de Educación. Nos ponían una película del gordo y el flaco o del fray escoba. Ese día también nos lo pasábamos bien. En ese tiempo había mucho respeto, o lo imponía el maestro, ya empezaba al entrar que tenías que decir “se puede” o una vez dentro, cuando alguien entraba a la escuela todos nos teníamos que levantar hasta que ordenara que nos sentáramos.. nos castigaban por lo más mínimo. El maestro ya tenía una regla encima de la mesa, te hacía poner las manos y te daba dos o tres reglazos, si escondías la mano, el castigo sería mayor. Había otros que la palabra más bonita que utilizaban era decirte “burro”.No sé que relación tenía un crío con un animal, tan noble y tan maltratado por toda la sociedad. Otra forma de castigar era dejarte encerrado, algo que también se le temía mucho o darle las quejas a tu padre. Ya tenías bastante. Te podías acostar sin cenar y caliente. Lo que más deseabas era que llegara la hora del recreo, había infinidades de juegos: las perinolas, las bolas, salva la cadena, la dopi, el caliche, etc.
  Al salir y llegar a tu casa ya tenías preparado algo para hacer, como traer agua o un saco de hierba para los conejos.

  Para mí, en ese tiempo mi debilidad, obsesión o más bien un sueño, eran las bicicletas. Me iba donde hubiera alguna y el simple hecho de estar al lado y tocarla, ya me daba por satisfecho. Había gente generosa que te dejaban darte una vuelta, lo hacías por debajo del cuadro. A mí me parecía que nunca llegaría a tener una, pero un poco mas tarde mi hermano consiguió comprar una de relance que se decía entonces que era de segunda mano. Antes de tocarle, tenías que hacer todo lo que te dijera, pero mi hermana me ayudaba, ella me conocía mejor y colaboraba porque sabía que me hacía muy feliz. Después fui juntando dinero y conseguí con piezas y un cuadro que me regalaron, ir montando una de carreras, creo que nunca habré disfrutado tanto. Un día en la camiseta le pinté unas franjas de colores para parecer un ciclista. La pintura al secarse, se endurece, las franjas que había pintado se pusieron como tablas y me rozaban, aquello me hacía daño, pero la ilusión de sentirme como un ciclista podía más. 

Capítulos:   6º y 7º      arriba

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