EL MERCADER DE GALERA,        Capítulo XXV AL XXIX Atras>>>

CAPITULO…XXXV

Sabiendo yo el buen corazón que tenia mi capitán, no dude ni un instante de que intentaría salir en busca de los muertos, para por lo menos que sus carnes no quedaran esparcidas por los caminos y fuesen llevando los caballos el rastro de sangre, haya por donde fuesen.
Tras ordenar pequeño corro y reunión con algunos de sus mejores hombres decide pedir dos voluntarios para ir a cortar las cuerdas de las que sujetan los arrastrados, con el fin de cárgalos a lomos de sus monturas y si así les dejaran hacer los cristianos, los guiaran hacia esta puerta.
Son muchos los que alzan las manos para emplearse en tal hazaña, por eso el de Galera escoge a dos de sus afamados jinetes, por su arrojo, valentía y destreza, pues él, mejor que nadie conoce sus habilidades, dado que están a su lado desde hace muchos años.
Son Luís Calífaquí, natural de Albox y Juan Vizcay, nacido en Alcoy, los que finalmente son elegidos. Les dice que suban a las cuadras, vistan sus caballos y bajen lo antes posible. Que una vez aquí en la puerta dejara encargado que aparten algunos sacos, abriendo un portillo por donde puedan salir a las afueras y se les fabricara una bandera de trapo blanco, para que los centinelas cristianos vean que no van para la lucha. Darán también aviso a los de la torre de la iglesia que cubran las espaldas de los jinetes y vigilen algún movimiento extraño. Explicada la encomienda, nos hacen mover de nuevo hacia el reparto de todos y cada uno de nosotros, tomando la cuesta arriba por la calle del comercio, la más ancha, recta y menos angosta de la villa, además de no tener barro cuando llueve, por estar toda ella empedrada en losas grandes que según dicen los ancianos las trajeron los antiguos del cerro romano o castillo viejo, pues de este lugar también bajaron muchas piedras y columnas para fabricar casas, mezquitas y murallas.
De tal manera que a partir de la tienda de Guadixi los encargados de posicionarnos toman por ir separando en grupos como ya se había acordado y tras pasar por la tercera traviesa un soldado al que le conocen como Juan Zaho el “siete vidas” se viene hacia nosotros tres, diciéndonos que le diéramos compaña hasta el sitio elegido, pero viendo que son los dos hijos en arcabuz y enterándose que somos padre e hijos toma por señalarnos la casa que es de el regidor Luís Hamo por ser con dos alturas, para así poder colocar el fuego en cada una de ellas.
Alonso pide a Zaho que le coloque en la planta de abajo a pie de calle, cosa que molesta en poca cosa a Diego, pues no quiere que su hermano este con mas peligro que él , pero finalmente ha de acceder a la petición por mucho que ambos discutan, así que entran los dos por la puerta bien maciza y fuerte a tomar cada uno la posición, pues Diego ha de subir por la escalera interior hasta las ventanas de arriba, pero antes hemos de darnos abrazo por tener miedo por ellos y ellos por mi.
Tras poner cerrojo por dentro, el soldado de Alacero me dice que he de subir por la escala de afuera hecha con palos largos de álamo con peldaños en nudos de tiras de cuero que lleva justo al terrado de la casa de Luís y que hace a su vez portal de Álvaro Idán, cabrero que había sido hasta hace unos días de Pedro García. Con mucha maña comienzo a trepar por aquella alta escalera, temeroso en cada vez que dejaba descansar mi peso sobre cada una de las traviesas, ya no porque me preocupara la altura, sino por la aparente fragilidad de aquel entresijo de palos secos astillados que crujían a cada uno de mis movimientos.
Cuando ya me faltaban muy poco para llegar, desde arriba me ofrecen una mano dándome ayuda para dar fin a la penosa subida. Aquella mano no era de otro que la de el “hosquerino”, aquel pastor diestro en la onda y que tanta fama había tenido en la primera defensa de Galera, matando de una sola pedrada a dos soldados. Me doy cuenta de que somos los dos primeros en colocarnos en este sitio y habría que esperar a los cinco restantes, para cumplir lo acordado. En aquel portal o terrado, según hablen sus dueños, había preparados cuatro espuertas de piedras de todos los tamaños, no siendo mas grandes que las que puedan coger en la mano, uno haces de lanzas de madera con puntas afiladas con alfanje, un saco de trastos de metal llenos de herrumbre y un pellejo grande de agua colgado de la puerta de Idán.
Decido dar asome por ver como iba el reparto, percatándome de que todavía quedaba la mitad de la gente y que los hombres de Benamir andaban ajetreados en la encomienda.
Pasado no mucho tiempo el de Huáscar y yo oímos algo de jaleo por el pie de la casa y desde allí podemos observar como ya tienen preparados para subir los que faltaban a nuestro lado.
Tras ascender todos, atino a conocer solo a dos de ellos, Gabriel Alaxoxes vecino de Galera y Juan el Negro de Orce.Tras un rato preparándonos cada uno el sitio tomamos todos por hacernos presentar y como yo había cavilado por sus atuendos y armas que los otros son gente de lucha y hombres de Alacero o Abenamir.
Eran Pedro el Fara, que portaba también una ballesta mucho mejor pertrechada que la mía. Antonio Boloya y Francisco Albú, con poderosos arcos beréberes y sus receptivas y mortales cimitarras turcas.
Los que somos de esta tierra comentamos entre nosotros la suerte que Alá nos había deparado por la altura del sitio y sobre todo, tener junto a nosotros aquellos hombres de guerra con los cuales nos sentimos protegidos por ser ellos aventajados en estas contiendas. Es Fara, al que le dejaron el encargo de mandar en esta cuadrilla, el que toma por darnos las posiciones definitivas en este portal elevado y dándome a mi la esquina de la izquierda por donde pueda lanzar las flechas a los cristianos que sobre pasen el fuego cruzado de esta posición y la de enfrente que esta situada encima de la casa de el molinero Diego Soto.
Desde abajo se nos da el encargo de retirar la escala y dejarla aquí en lo alto, fuera de el alcance de los asaltantes y para tenerla nosotros disponible para la posible huida hacia las casas que cuelgan por encima.
Me llevo una grata sorpresa al entrar en la casa de Idan y comprobar que justo al lado de la cocinilla había un pequeño hueco con puertecilla, pues al abrirla me doy con un prefundo túnel en escalones que tiraba hacia abajo, dándome la sensación de que llevaría hasta la casa de Hamo, donde se encontraban mis hijos, pues si la memoria no me da engaño, creo que hasta hace unos años estas dos casas eran de la misma familia ya que aquí en Galera hay la costumbre de hacer pasadizo en la risca de casa a casa, entre vecinos de confianza o de la misma familia, con puertas en cerrojo y los que no se han de fiar o estar en conflicto son tapiadas de por medio para poder así aprovechar la parte de cada uno, para despensa bien fresca.
Enciendo el viejo candil que colgaba de la misma entrada y decido bajar a ver si yo no andaba equivocado en tal presunción. Llegando por la docena y media de escalones me doy con lo que debería ser la puerta de abajo, pero como era normal esta tenia cerrojo de por la casa, con lo cual he de aporrear un par de veces para llamar la atención de alguno de mis zagales.
De inmediato tengo respuesta de Diego que pregunta quien venia a verles, quitando el pestillo tras decirle que era yo y a pesar del poco tiempo trascurrido desde la última despedida la alegría nos viene a la cara después de que voceáramos a Alonso de que andaba yo por aquí abajo.
Les aconsejo dejar esta mina abierta por si los de arriba o los de abajo necesitásemos auxilio.
Me despido de ellos una vez más y subo de nuevo por aquellas estrechas escaleras a tomar mi posición, pues no quería que me sorprendiera alguna alerta inesperada.
Ya llegando al medio día, la calma se hacia insoportable por no adivinar en que momento el fuego cristiano comenzaría a derramar sangre Mahometana, pues desde aquel sitio ya se podía ver el brillo de los cañones asesinos y el discurrir de caballos y personas al rededor de ellos, los cuales apuntaban hacia nosotros desde la era de Pedro Albarote y de el cerro de el Hacho.
No había que tener buena vista para adivinar que poco a poco los muchos soldados de la infantería escoltados por algunos de a caballo se iban amontonando por todos los caminos próximos a este sitio y tomando las posiciones al son de los tambores.
Había por todo el pueblo un inquietante silencio que hacia presagiar que muy pronto resonarían aires de muerte, hasta el punto que nos podíamos escuchar nuestros propios resuellos al respirar, mezclado con los sonidos de cascos de caballos, trajines y murmullos de enemigos. De pronto aquella quietud es rota de forma repentina al escuchar voces que venían de muy cerca, avisando a los de la puerta grande de que abrieran con rapidez, siendo con toda seguridad los que salieron en busca de los hermanos vilmente asesinados por los perros cruzados.
La incerteza de no saber si el cometido se había llevado a cabo seguimos en aquel sitio esperando acontecimientos y ya algo cansados, no tenemos otra que tomar asiento en el mismo suelo.
No pasa mucho tiempo que de nuevo el rechinar y retumbe de cascos de caballerías en las losas de la calle. Nos hace levantar medio asustados y vemos que suben los cuerpos de los huidos ya preparados y envueltos en sabanas blancas con amarres en cordeles, trasportados en una reata de cinco mulas.
Al llegar a nuestra altura El Fara decide bajar a tomar noticia de lo sucedido, pues nos dijo que uno de los encargados del rescate Luís Calífaquí es un gran amigo y temía por si en un caso le hubiesen dado mal.
De tal manera que al llegar de nuevo a este sitio nos trasmite que los suben a colocar en el fondo del aljibe antiguo ya en desuso que hay cerca de la cuesta del Salegon, en donde después los cubrirán con unas cuartas de cal viva. Dice que Mahoma (que la paz sea con él) ha tenido ha bien darse los que fueron a por ellos, con una patrulla de cristianos que mandados por un cabo de buen corazón, al que los suyos le apodaban “el rubio” y que por lo poco que pudieron hablar con él, parecía de tierras lejanas por notársele no dominar bien el castellano. Al parecer les dio el permiso y paso, para dar acarreo de los muertos, porque tenía por considerar que era de buen hombre dar sepultura y descanso a los fallecidos y les mando decir que en nombre del mismo, Daniel Meyer, felicitaba a nuestro capitán por tal orden y atrevimiento.
Ya por el tiempo de la comida, el vaivén de cristianos parece que tomo mesura, ya que al parecer habían sido colocados en sus posiciones a la espera de las órdenes y viendo además que permanecían sentados en faena de llenar las panzas.
Aprovechando la aparente tranquilidad, desde lo alto del cerro nos avisan de la hora del rezo y del alimento, cosa que hacemos como cada día. Así que después de una corta oración metemos mano a las talegas buscando algo para medio engañar las tripas.
Todavía afanados en masticar, Juan el de Orce nos alerta al adivinar una larga fila de soldados a caballo que tiran hacia el camino de Castillejar y que al llegar a la altura de el molino de Carrachila cruzan el río, siendo con seguridad el propio marques con su escolta que viene hacia la artillería de las eras.
Sin duda era así como lo había vaticinado, pues aunque no se podía ver desde allí la figura del infame asesino si se podían oír los toques de trompetas, para alertar a las tropas de su llegada, pues ningún hijo de cristiana quedo sin alzarse, temerosos de los que les mandaban, con la disciplina propia de militares.
Tras unos instantes de incertidumbre nos llegan voces de alarma desde las posiciones en donde están nuestros capitanes y unos redobles de timbales, notas de nuestras trompetas y avisos para que las personas indefensas vayan a los refugios lo mas raudo posible. Me viene entonces la preocupación de no saber si mi esposa e hijas ya se guardan de la mortal artillería que se avecina, pero conociendo lo precavidas y temerosas que son, presiento que han tomado por tirar para la cueva de “los muertos”.
Observamos que las tropas enemigas se reagrupan a ambos lados de los cañones, cosa que a todos nosotros nos hace tirar el cuerpo a tierra, llevados por nuestro miedo e instinto ante la inminente salva de fuego. Es el propio Hozmin desde a pie de calle que nos da la consigna de que tomemos por meternos en el fondo de las casas y en los sitios mas resguardados de ellas.
A pesar de la “temblequera” que tengo y que no me deja casi de ponerme en pie, tomo junto a mis compañeros lo cubierto de la casa y antes de que nos sintiéramos protegidos, se escucha un gran estruendo que hace temblar todo el cerro y tal era la sacudida que los muchos cacharros de la casa vinieron a caer al suelo, junto a una lluvia de polvo cegador que se desprendía de el techo y todo ello acompañado luego de un gran silbido y finalmente el enorme impacto en algún sitio de esta Galera mía.
Aquel primer cañonazo había de ser el comienzo de muchos mas, pues no tardando mucho comenzaron ha oírse los tremendos truenos que venían de distintos sitios y que al parecer tomaban por sembrar la destrucción en muchas casas, ya que en alguna ocasión se podían escuchar gritos de auxilio y horror.
Aquel incesante ruido lleno de muerte, se hace casi hasta que la noche reclama el trono a la luz.
De pronto el silencio tomo forma de nuevo y solo se podía escuchar algunos gritos desgarradores y llantos de dolor, que nos legaban desde el exterior. Damos gracias a Mahoma (Que la paz sea con él) que ninguno de los zarpazos del diablo, viniera a dar acierto a estas dos casas.
Es cuando temerosamente, nos incorporamos de aquel hueco de la escalera de risca para salir a contemplar el efecto de este primer ataque, cuando me viene a mi nariz un aire pestilente de cuando se va a letrina ajena y sin bacilar pregunto no sin mucho humor quien había sido el desafortunado que hecho a perder los zaragüelles, a lo que mi paisano Gabriel me mira con la cara desencajada, haciéndome ver que le entro la “cagalera” sin poderlo remediar, lo que a pesar de todo lo que estábamos pasando, las carcajadas afloran en todos nosotros.
Queda el en el interior deshaciéndose de tal enfrasque, mientras los demás contemplamos con la poca luz que todavía permanecía una gran cantidad de casas con tejados hundidos y otras con grandes portillos en sus paredes.
Solo la de el alfarero Pedro Tahó, próxima a las eras, estaba en llamas, pues previsiblemente le vino ha caer en el horno que tiene para cocer los cacharros.
Dos casas mas arriba de donde nosotros, parece que alguien cayo herido o muerto, pues algunos de los de su frente se descuelgan de las terrados para dar auxilio.
Cuando yo mismo quiero bajar a dar socorro me retiene el que me manda para que no abandone mi puesto, a no ser que los capitanes den dicha orden pues ya parece que son atendidos por mucha gente.
Ya con lo oscuro de la noche sigue habiendo trasiego por la calle y no pudiendo bajar a darme con las noticias y novedades de todo el mal que habían podido hacer las brandes bolas de plomo y la incertidumbre de si mis mujeres andaban sin haber recibido algún daño, me asomo esperando reconocer a alguna persona de las que suben y bajan con candiles y antorchas, para recabar lo acontecido.
Es cuando adivino que Habiba la Zarzamora, aquella que pretende a mi zagal, llama a la puerta de donde están mis dos hijos y con el debido permiso de “El Fara”, tomo de nuevo la escalera interior para encontrar respuestas de ella.
Cuando llego a donde ellos la emoción me embarga de nuevo, pues he aquí que les veo los tres fundidos en un abrazo, dando gracias a Ala de seguir con el corazón en latidos.
Me uno a aquel bello sentimiento como si fuese sido un encuentro después de muchos años y tras sentarnos donde bien podemos, aquella morena de ojos de miel nos relata lo que ella pudo ver y escuchar de los capitanes y emisarios.
Con las lagrimas todavía frescas, lo primero que nos dice es que el esposo de su hermana, El Ferí cayo herido gravemente al venirle a dar un cañonazo en el terrado de al lado de donde estaba colocada una de las culebrinas y de donde dirigía los infructuosos lanzamientos hacia la artillería enemiga, pues dicha arma no tiene el alcance suficiente para acertar a tan lejanos objetivos, que le quedaron tronchadas las dos piernas y la espalda, pues se vino a caer de gran altura y que ha buen seguro no tardara mucho en dejar la vida, pues parece que quedo reventado por dentro, pues de vez en cuando arroja sangre por la boca y la nariz. De los que estaban encaramados con él, dos quedaron en trozos al darle de lleno y otro milagrosamente quedo solo con “sollejones” y rasguños.
Nos dice que a pesar de la tremenda lluvia mortífera, solo había que lamentar cinco bajas y diez heridos, aunque alguno de ellos ya se le puede dar como fenecido, por la evidente gravedad, pero que uno de los que tomaron el camino eterno era un zagal de algo mas de catorce años que defendía junto a su padre una casa de por debajo de el castillo en su parte de levante.
Nos dice que de boca de Caracax ha escuchado que esta noche saldrán algunos por la mina con el afán de hacer venganza y entre ellos el padre de el desafortunado joven y que mañana habrá que prepararse para la lucha de cuerpo a cuerpo, pues a buen seguro que el marques no quedo contento con el primer ataque.

 Continuara...............

 José Antonio Blázquez Romera       Edición y diseño, Fermín Guillen

 Capítulo XXV AL XXIX Atras>>>

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Estos escritos posiblemente tengan algunas faltas de ortografía, porque ni el autor ni el editor somos unos catedráticos en la materia, pero si alguien ve algún fallo y quiere corregirlo, pues nada que mande un correo y se arreglara, "lo importante es que se entienda", GRACIAS

 

 

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