EL MERCADER DE GALERA,        Capítulo XXV AL XXIX Atras>>>

CAPITULO XXX
 De inmediato se ordena a dos hombres que se metan en la iglesia y que hagan repicar las campanas durante un buen rato, para que los que están de por fuera de Galera les llegue la alarma y se vengan a cobijo dentro de el pueblo.
 No pasa mucho tiempo en asomar personas por los caminos, sobre todo algunos ancianos que no se les hizo juntar en este sitio, como el afable Atarluz el viejo, maestro de la cetrería y criador de halcones, que llega con mucho jadeo y resuello, cargado con media docena de palomas torcaces que ha logrado cazar con su rapaz preferida y que a buen seguro tendrá sustento algunos días, de unos sabrosos y ricos pucheros.
 Para asegurarse de que nadie quede por enterado, mandan a un jinete por cada camino, con la consigna de que no se alejen más de media legua de este sitio.
 Me alegra avistar a lo lejos a los míos, que vienen hacia aquí y se nota que todos son con la juventud, pues se aproximan con mucho correr y nadie queda rezagado, que hasta las dos hembras parecen liebres por delante de los galgos.
 Por fin llegan a esta puerta, donde aun quedamos algunos vecinos y capitanes, que siguen dando las órdenes a sus hombres.
 Entre sudores por el esfuerzo dado en tomar lo más de prisa posible la vuelta a este sitio, mis zagales me dicen que han tenido en disfrutar de las sensaciones que se siente al manejar tales cosas de pólvora y que después de el primer disparo de prueba, nos les hizo falta mas consignas, pues no les costo en demasía aprender su funcionamiento y que solo tuvieron que tomar de cómo se tenia que apuntar de por la mirilla del arcabuz.
 Encuentro a Álvaro algo mas serio de lo que tiene por costumbre, pues no tiene demasiada conversación con nosotros, incluso con la que esta mañana compartía risas y bromas.
 Parece que intenta serle indiferente cada vez que ella toma la palabra e intenta hacer disimulo haciendo sacar la sonrisa forzada y es que nadie mas que yo conoce a mis hijos, por eso creo que alguna cosa ha podido suceder entre ellos, al contrario que Diego, que anda despistado junto a la que a buen seguro le ablanda el corazón y le endurece lo viril y que se han apartado a un lado del portón, estando sus caras y cuerpos muy cercanos a rozarse y habiendo pasado yo mismo por esta tontera y cosas del amor, me da que estos no tardaran mucho en probar lo que se siente con los placeres de la carne y que lo mas cierto es que pronto pidan que les desposen.
 Alacero que también a observado el hecho en una de sus protegidas guerreras, me da palmada en la espalda y con el semblante en felicidad, a pesar de la que tenemos encima, me da la enhorabuena y yo se la doy a él, pues se de lo mucho que estima a estas hermanas Zarzamoras, pues les son como hijas propias.
 Antes de subirnos a la casa me queda averiguar que barrunta Álvaro y con disimulo le aparto de la montonera y le pongo en conocimiento de que me tiene en preocupación, a lo que me explica que la Zarzamora que el pretendía, le dejo claro que no podía entrar en su corazón, pues una de la razones es que después de averiguar que hay otra a la que le calienta las sabanas y que no quería interponerse, ni hacerse enemiga de una hermana de el Santo Alá y aunque este hijo mió le puso en conocimiento de que la única cosa que le llevo a la viuda, era el sosiego que daba el fornicio y que era solo ella la que le había atrapado en los adentros. Pero lo que mas le dolió en lo mas profundo, es que esta le dijo que en verdad su corazón ya tenia dueño desde hace ya algunos meses y que no era otro que aquel que les dio compaña en el adiestramiento, El Ferí, pues le dijo que se veían furtivamente casi todas las noches, desde hace ya algunos meses y que no encontraban la ocasión de decirlo en publico y por miedo a la reacción de su capitán por tenerlo tanto tiempo en secreto, sin aparente necesidad.
  Es entonces cuando Alacero le da el viento de que algo no andaba bien y se acerca a nosotros de nuevo. Nos da pregunta de porque motivo estamos en conversación sacando las palabras a escondidas en lo bajo y apartados de el tumulto.
 Álvaro intenta hacer el disimulo como mejor sabe y viendo que no sabría evitar la verdad, tomo por dar mentira de piedad diciéndole que le estaba dando consejo sobre como debía de perdonar la ofensa que recibió de esa viuda esta mañana, cuando tomábamos la bajada de las cuestas.
 Me responde con la media sonrisa, esa que sacamos todos cuando lo escuchado no nos complace en demasía y sabemos en lo cierto que no son palabras sinceras.
 Que no hacia falta que le diéramos explicación de lo sucedido, que como perro viejo y hombre con mucho camino en las cosas del amor. Que sabia de antemano que su protegida no tomo por recibir los sentimientos de mi hijo, pues el ya estaba al tanto de la traición de esta hermana, pues nada de lo que pasa con sus soldados se le escapa a su conocimiento, pues prosigue diciendo que mandó una noche a vigilar sus repentinas salidas de los campamentos, dándose por enterado también de que persona la desfloro y que solo por el hecho de ocultarse a los ojos del que la quiere como de la misma sangre, será castigada su osadía, cortándole la mitad de su bella melena y ese tal Ferí de igual manera probara el látigo empapado en vinagre por unas diez veces y mas tarde serán desposados sin fiesta, ni leila alguna y que lo harán esta noche dentro de el patio del improvisado cuartel.
 Finalmente se da vuelta con la intención de irse a buscarles, pero me doy  cuanta de que no lo hace de tal manera, pues toma por reunirse con los demás hombres de mando, pues creo que dejara la reprimenda y castigo para el lugar que nos dijo, por no hacerlo en sitio publico y ante las indiscretas miradas de las alcahuetas y cuanta chismes, como la anciana Zoripeta, que anda todavía husmeando por los corros de hombres de guerra y vecinos, esperando que alguno le pida que le de lectura a sus manos o que le tire las piedras en la mesa, para adivinar que le espera en el futuro, pues esta mujer se dice que es hechicera y medio bruja, además de dedicarse también a vender multitud de amuletos y nominas que llevan escritas invocaciones a Alá.
 Entre tanto van llegando los hombres que mandaron a dar busca a los no enterados del peligro que se aproxima, menos uno de ellos que asoma a lo lejos por el camino de Castillejar y que al parecer escolta una carreta. Nos deja a todos los presentes con la incertidumbre e interés de quien a de ser tal visita y entrando ya por el recodo del camino que bordea la iglesia no podemos reprimir la curiosidad y nos vamos a su encuentro.
 Algunos de los de guerra al llegar a la altura, van diciendo que es el, que le conocen como Al-Zindij, el berberisco, junto a su criado negro Ben Bahat, guerrero de mucho mas haya de el ancho mar y que dicen que es hijo de el rey de Gualatha, en un sitio al final de el gran desierto.
 Escucho decir que estos estaban afincados en Castril y que este hermano fue persona muy acaudalada y con muchas casas y fanegas de tierra, pero que no se sabe como, entro en locura y se desprendió de casi todas sus riquezas, dándoselas a los pobres de todos los pueblos de Granada y que solo quedo con una casa vieja, esta carreta y su fiel esclavo y criado, pues le tiene desde chico, cuado se lo compro a un negrero en el mercado de Cartagena.
 El amo lleva túnica blanca y turbante de el mismo color, cincho de cuero, con hebilla gorda plateada de donde le cuelga la funda de un alfanje grande y el tal Ben bahat viste todo en azul, menos un chaleco en remaches de por encima de el camisón de madias mangas. No va cubierta su cabeza ni en turbante, ni en nada de pelambrera, que más bien parece una sandia con su brillo. Lo que mas me da impresión es la altura que tiene, que el mismo turco, siendo también con muchas cuartas, seguro le llega a este a los hombros. Tiene gran corpulencia y no es hecha de manteca, sino de marcados músculos, pues se le pueden dar aprecio en sus brazos descubiertos.
 En cuanto a Al-Zindij es persona más o menos de mis años, pero observo que le aqueja algún mal en la salud, pues se le nota en su brazo y mano izquierda unos tembleques que no le cesan y los pasos se le hacen con algo de cojera. Se dirigen hacia la puerta y saludan a los conocidos  que parece que no son pocos, sobre todo a los de Castillejar.
 A mi me extraña mucho que conociendo a mucha gente de Castril y yendo casi treinta años, cinco veces en cada uno, que no le de reconocimiento ni jamás escuche nada de este hermano.
 Así se lo hago saber a “El Gordo” que estaba a mi lado y me dice que es persona que no tenía parada fija en ningún sitio, pues tras llegar a la ruina, tomo por andarse las ferias y mercados de Jaén y Córdoba, dondese gana la vida y el sustento participando con el negro en los torneos perseguidos de “lucha morisca”, llevándose casi siempre un buen puñado de monedas, pues no hay nadie en todo Al-Andaluz que le haya derrotado sin él consentirlo, ni que hubiese algún amaño en las apuestas.
 Se reúne con los capitanes en la puerta y les dice el motivo de su llegada a Galera, tras pagar bien pagado a algunos cristianos de vigilancia de varios pueblos. Que estando acampado cerda de un sitio al que le llaman Cazorla se dio con mucha gente de guerra de nuestro rey Abenabó y que su propio general, El Habaquí en persona, le encomendó en nombre de Alá, que tomara por el intento de llevar pólvora y plomo a esta Galera tan valiente, aprovechando la confianza que tienen los cristianos en él, dándole el general unas talegas de monedas para comprar su paso. Le dijeron también que en cuanto les sea posible mandaran a sus hombres a socorrer este pueblo y que mientras tanto aguanten lo que mas puedan en su defensa.
 Quedamos impresionados de tal hazaña y contentos de tener noticias de nuestro salvador, cosa que nos llena de esperanza a todos los presentes.
 Caracax le hace pregunta de cómo se dio apaño en trasportar la munición y la pólvora sin ser vista en los registros, antes de dejarlo pasar, a lo que sin decir palabra le da gesto con la mirada a su discipulo y este con paso firme se dirige hasta las tres mulas y toma por ponerse en la trasera de una de ellas. Con una mano levanta la cola y con la otra toma un nudo colgadero, atravesado con un palo pequeño, que hacia de pasador y tope y sorprendentemente estira con fuerza de por lo de parir, y saca como una tripa gorda rellena e impregnada de sangre, de lo que parece ser la pólvora y que es de larga como dos brazos y de ancha como la muñeca de la mano y no queda aquí la cosa, que de nuevo estira de otro nudo y le extrae otra tripa igual. Así lo hace con las otros animales, solo que en uno de ellos extrae las balas de plomo. Finalmente pide que le lleven algún caldero o vasija de agua para lavar dichas piezas sacadas de las entrañas de las bestias.
 Luego el amo se acerca y se saca de una taleguilla de tela, un recipiente de a cuarto, de algún tipo de aceite o mejunje y le pide que le introduzca a cada animal unas gotas de por donde sacaron tales provisiones y tras unos momentos después de hacerlo y con mucho sufrimiento y relinchar, sacan de sus entrañas muchos litros de orín y sangre cuajada, no habiendo nadie que aguantara el tremebundo olor que desprendían tales chorros al dar con el suelo y que mas de uno no pude contener lo que tenia comido y lo soltó entre los presentes.
 Algunos reían y otros, como yo mismo quede sin poder dar ninguna expresión ni sentimiento y a lo sumo mirarnos los unos a los otros, pues a todos se nos tomo el color pajizo de nuestros semblantes.
 Al-Zindij nos explica que si Mahoma quiere, estos animales salvaran las vidas, pues estos jugos de hierbas, les hará lavado de vientre y en no mas de tres días, estarán para la faena.
 Dice que están aquí para serles útiles en la lucha o en alguna otra cosa que les manden, que aunque este ya por viejo y su cuerpo en piltrafa, trae a este hijo de el desierto, que vale por mas de cinco hombres de lucha, pues desgraciado aquel que le amenace de cerca o le rete en lo abierto, sin arma de fuego, que a buen seguro le hará crujir el pescuezo sin casi mover las manos y sin esfuerzo alguno, pues había visto ya muchas veces los ojos en blanco y las lenguas de por fuera de muchos hombres, que se enfrentaron a él y que hasta una vez tubo en darle muerte a un toro que nos salio al encuentro de mala manera de por el camino de Bailen.
 Reclama que le dejen algún techo para la carreta y los animales, en algún lugar resguardado, por el mucho cariño que les tenía.
 Como andaba por este sitio mi primo el de la cuesta y su hijo les digo que hablen con esta persona y se ofrezcan a dejarle el sitio donde yo guardaba la mía.  Así lo hacen, sin pedir nada a cambio y solo recibir las gracias sinceras de tales personas, en cuanto a darles cobijo han tomado la decisión de tomar el cuartel  de Castillejar, por tener alguna amistad.
 Parece que ya todo viene a su sitio y la fingida calma llega a donde estamos, por eso los capitanes toman por vocear a las personas que andamos en cuchicheos, para comenzar lo acordado, antes de esta inesperada visita, que no era otra cosa que dar acarreo a las vigas y maderos del trabuquete, que a lo mas tardar se armara entre esta tarde y la noche.
 Antes de cerrar el portón y ponerle la traviesa, hacen subir a la torre de la iglesia cuatro hombres diestros en el arcabuz, junto con las raciones de comida y agua para cinco días ya que estos tendrán que vigilar que ningún cristiano intente cruzar esta puerta, pues desde aquel sitio puedan disparar sin ser heridos ellos, pues dicha torre quedo intacta tras el fuego que le dieron, pues tiene puerta en hierro macizo, con cerrojo gordo de por dentro, pues la otras partes de lo cristiano esta en ruina, y solo quedan los muros que sostenían el tejado.
 También es verdad que algunos intentaron ultrajar los santos y cosas de la misa, pero que los ancianos ordenaron que no era prudente el manchar el buen nombre de Galera, utilizando las cosas de la fe cristiana como diversión y que si alguna de salvare de las llamas, quedara en tal sitio sin tocar.

 

CAPITULO XXXI

Se disponen en cerrar la puerta, pero como a quedado maltrecha por los anteriores asedios y cuyos sostenes para el tronco que hacia de cerrojo, habían saltado de la pared, donde estaban sujetos entre yeso y piedra, no se tiene mas remedio que poner detrás algunos sacos de tierra y unas vigas de álamo clavadas en el suelo y vencidas hacia los travesaños que quedan de dicha puerta, que aunque se sabe que con el primer cañonazo que reciba de nuevo, quedara para pasarla.
Cuando llego a la altura de la fragua no queda mucha cosa que subir, pues los que se me adelantaron en el camino se afanaron en cargar las piezas más grandes y no es que yo quisiera esconderme del trabajo, sino que conforme subían, no esperaron a los demás y tomaron por castigar el lomo.
Manrique me hace llamar y me rodea el hombro con una buena madeja de soga gorda de cáñamo y me dice que lleve cuidado y que tome descanso cada cien pasos, pues aunque no pesa en demasía, si se hace penoso el hacerlo en cuesta a lo que yo le contesto que son los años con mas arrobas que la soga.
En el camino me doy con algunos que ya terminaron el acarreo, entre ellos el mestizo y mis hijos, que quieren arrebatarme la carga y evitarme el sufrimiento, cosa a la que no accedo de ninguna manera, pues soy de las personas con cabeza gorda y les digo que lo empezado a de terminarlo uno mismo, quedan estos perplejos de mi tozudez y atrevimiento, pues lo que me queda de camino es con mucho desnivel y sobre todo las escalerillas que llevan a la muralla de bajo y que salen desde el final de el callejón de “el salegon”, justo al lado del portillo que lleva al camino de los llanos de la Alquería de Pedro Ximenez.
Finalmente llego a un pequeño rellano entre las dos tapias de las murallas, con los dos hombros en carne viva, pues tuve que ir cambiando dicha soga de lugar, cada vez que hacia parada.
No me preocupa en demasía el escozor que me producen los “despellejos”, pero si la reprimenda y enojo de mi esposa por haber echado a perder la camisa de abajo, pues con el roce de la soga a quedado como roída por los ratones.
Estando para bajarme me doy con mi buen amigo Albarrani y con Diego el Habid, vecino de este y me dicen que si nuestro viejo maestro Carracuca, me dijo algo sobre la mina, púes en su día les menciono de otra salida oculta en algún recodo de ella, pero que por ser hace tiempo no recordaban a que altura estaba. Enseguida recordé aquel pedazo de cuero escrito que encontré al anciano, en donde me decía que vivían otras dos personas mas en Galera que sabían de aquella escapatoria secreta, pues el mismo fue quien les dijo lo descubierto.
Tras adivinar que ellos eran los otros elegidos por el ermitaño decidí contarles lo sucedido con aquel pobre hombre en los campos de Caravaca y que fui yo quien le dio el último adiós, siendo el destino que un hijo de Alá hiciera sepultura a este siervo de Jesucristo.
Quedan sus rostros apenados y se lamentan de no haber podido hacer nada a favor de este, pues ellos también guardaban amistad y respeto por él.
Solo les tuve en secreto aquello que me decía sobre una entrada a aquella inmensa cueva, en donde yacía aquel montón de huesos, y en cuyo lado aguardaba un valioso tesoro.
Me dicen que ya han estado algunas veces en dicha mina, intentando averiguar por donde se podía salir hacia el barranco y que no tuvieron la debida suerte, pues aunque encontraron algunos agujeros, estos se encontraban en derrumbe y con muchas piedras gordas atravesadas.
Decido con ellos de que pasada la media noche nos subamos hacia ella, pues yo si que tenia en mi cabeza el numero de escalón, que me dio por escrito y que se suban varias teas, antorchas y candiles de aceite, para tener la certeza de no quedar a oscuras y unos ovillos de cordel o lana, para marcar el camino de vuelta.
Tomamos la bajada juntos, recordando todas aquellas cosas que nos decía y aconsejaba este viejo sabio y que jamás se olvidan, pues calaron muy hondo en nuestros corazones. Después cada uno toma para su carril en busca de su hogar, donde esperan los nuestros.
Llego a la puerta y como es costumbre están esperándome para purificar el cuerpo, antes de la Zalá y sentarnos a engañar el estomago, pues ya son pocas las cosas que quedan en la despensa.
Álvaro y Diego me dan la noticia de que al terminar las comidas, todos los hombres han de reforzar la vigilancia, ya sea desde las ventanas que dan vista a los caminos o desde los sitios mas altos del cerro, pues algunos jinetes ya se fueron a esconderse por los cerros para dar aviso de cuando empiece a verse la serpiente asesina de cristianos.
Mis hijas y mi esposa parece que se les fue la sonrisa y la alegría desde hace ya algunos días y no puedo sino darles mi cariño y la única forma que tengo en este momento es pellizcarles las mejillas y un beso de animo, diciéndoles que todo este mal sueño había de pasar pronto.
Sin querer, la tarde se esta echando encima y en el horizonte caminan unas nubes de el color de el fuego, cuyos destellos al hacerse con el sol, le dan a toda Galera unas sombras que me inquietan.
Decido tirar para el castillo, de donde se escuchan los golpes de los martillos y serruchos, mezclados con las voces de los que las manejan, pues seguramente estarán en faena de armar ese artilugio que dicen que lanza peñones grandes a mas de doscientos pasos y que jamás había escuchado.
Cuando desemboco en la calle que sube hacia donde estaban, me doy con una hilera de mujeres y zagales grandes que tiran de unas cuerdas y en cuyo extremo hay un capazo grande de esparto, donde llevan dos piedras gordas y por el retumbar de ellas al restregarse por el suelo, han de ser muy pesadas.
Son todas gentes del capitán de Castillejar y de el mismo Caracax, que esta al pie de aquella cosa, dirigiendo su construcción, al lado de Alacero y Abenamir.
Es tanta expectación la que ha provocado esta, que mucha gente descuido la guardia y se vino a mojar en la sopa, pues no quieren perderse tal acontecimiento.
Es después de ponerle tres pieles curtidas de toro, cosidas entre si, al extremo de unas cuerdas, levantan las manos en jubilo, dando a entender que aquello ya estaba finalizado.
No quedaba otra cosa que probar tal invento y los capitanes han de mandar a los suyos, para que aparten a tanta gente que se arremolina en el patio de armas, pues hacemos mucho estorbo, por eso me busco algún lugar alzado y algo retirado, para darle vista sin peligro alguno y a un zagal que andaba encaramado en una tapia cercana, le pido que me diera la mano y ayudara en mi osadía de subir a su lado.
Ponen el trabuquete en dirección a el castillo viejo, por cuya ladera baja el camino de viene de Cullar y por donde a buen seguro pasara el mismo marques. Entre cuatro hombres fuertes y entre ellos el guerrero Ben Bahat, colocan un risco con muchas arrobas, encima de aquellas pieles y luego ellos mismos van dándoles vueltas a unas estacas puestas en cruz, donde se va liando la cuerda que estira de un mástil, de donde va colgada la bolsa y una vez tensado aquello, crujía como si se quisiera tronzar y tras ponerle un pasador de hierro gordo, como seguro, se disponen a lanzar aquella risca.
Se torno el silencio durante unos instantes, pues solo se escuchaba el incesante sonido de la madera al ser tensionada, se acerca el mismo esclavo negro hacia la barra de hierro, pues parece que es el que no le tiene miedo a nada terrenal. Estira de ella con un golpe seco y de inmediato aquella fuerza aprisionada despliega todo su poder y es trasmitida a la cuerda y contenido, con toda su furia, lanzando aquel risco con un tremendo zumbido, hacia el cerro de enfrente, a todos se nos escapa una exclamación de incredulidad al ver aquella gran piedra volar como gigante rapaz. Seria por el gran peso de ella, el porque no alcanzo ni el pie de el cerro, pues vino a dar gran estruendo en el mismo barranco, haciéndose mil pedazos al dar con el suelo. Los cálculos darían que a menor peso mayor distancia, pero con menos daño al enemigo y como no es cuestión de desperdiciar ni una piedra mas, los capitanes mandan desalojar el recinto y seguir en alerta.
Ates de bajarme vusco a Ozmín para pedirle que esta noche les de las necesarias consignas a los centinelas que vigilan la entrada de la mina, para que nos dejen pasar a reconocerla y para ello le tengo que poner en conocimiento el motivo de ello, pero que ha de quedar entre nosotros para que nadie nos de molestia. Me da el permiso debido y la suerte necesaria para tal fin y me dice que en este momento bajara a la entrada a dar el encargo. Mientras llega la ocasión del reconocimiento las noticias llegan de los que vigilan los caminos desde los cerros cercanos y cuando ya la luna se apodera del cielo, sabemos todos que las gentes de guerra y banderas con la cruz están acampadas en el llano de el Periate, que permanece como en ser de día de las muchas antorchas y teas que lo iluminan.
Hay uno de los atrevidos jinetes que llego casi hasta las mismas caballerizas de el campamento, arrastrándose entre los tochales del llano y que pudo escuchar algunos cristianos en cantares desconocidos y no se les notaba en preocupación.
Me despido de toda la familia sin decirles nada de lo acordado con mis compañeros, metiendo en unas alforjas de tela tres antorchas de esparto y dos botes de aceite, un candil y algo de abrigo, pues se de la humedad de la mina, quedando los míos algo preocupados, les digo que no tengan temor que nuestro profeta estaba a mi lado. Cuando salgo del portal ya están esperando Habid y Albarrani, sentados en un tranco.
Al llegar a la boca de aquella salida tan antigua y llena de cientos de historias y leyendas trasmitidas por boca de aquellas gentes que hicieron de esta tierra su patria verdadera, nos encontramos a los dos centinelas arropados al lado de una pequeña lumbre que iluminaba la entrada. Ya avisados de nuestra llegada no hacen otra cosa que darnos las buenas noches como buenos hermanos de Alá.
Antes de comenzar a bajar por aquellos peldaños de risca en yeso y espejuelo les decimos que llegada el alba no habíamos dado señales de vida alguna, que bajen a buscar el comienzo del cordel, pues estará atado de de un cincel que servirá como estaca y clavado en el sitio por donde entramos, por si en un caso hubiésemos quedado perdidos o sepultados por los muchos derrumbes que hay en este terreno tan falso.Damos lumbre a la primera antorcha que previamente había sido impregnada con unas gotas de aceite y comenzamos el descenso y soy yo el que toma la delantera, pues he de contar los escalones de uno en uno, pero con temor a equivocarme les paso a ellos también la cifra, pues aunque de números me tomo por entenderlos, no esta mal que ellos los cuenten también por lo bajo, que tres seseras juntas han de pensar mas que una sola.
El fuego de la primera antorcha se inclina cada vez mas hacia mi cara, pues se nota que sube desde abajo una ligera brisa que hasta parece que nos corta la respiración y hay momentos que parece que se nos apagara sin poder encender la siguiente, menos mal que Albarrani se trajo un mechero de semillas de chopo.
Al pasar por aquel escalón setenta y siete que también llevo guardado en mi cabeza, acerco la luz a la derecha con algo de disimulo sin que ellos tomaran por mi movimiento sospechoso y la verdad es que no me viene a la vista nada que me haga pensar que por este sitio estuviese la entrada a la misteriosa cueva.
Tenemos que echar mano de otra de las antorchas para proseguir nuestra penosa bajada, pues el pasadizo se esta haciendo cada vez mas estrecho, hasta llegar a las traviesas donde me encontró mi buen amigo, cuando volvía a Galera.
Sin el temor de que los cristianos se dieran por enterados de nuestra hazaña, removemos los trastos y pasamos sin mucho padecer al otro lado, aproximándonos cada vez más a nuestro objetivo que solo se encontraba a menos de media centena de escalones y para comprobar si andaba en buenas cuentas les pregunto las suyas.
Tenemos los tres el mismo escalón y por ello nos sentimos aliviados, no ya por la igualdad en los cálculos, sino porque pisamos el agua de un pequeño reguerillo que sale de las rocas y que viene a parar a los baños, de escalón a escalón, pues cunado éramos zagales, desde estos subíamos a beber el agua y es lugar conocido. Al llegar al escalón doscientos y noventa y nueve paramos en seco tras contar en voz alta los tres juntos, los diez últimos, como deseosos de llegar al final de nuestro camino. Para adivinar mejor el terreno damos llama a un candil de cobre y lo acercamos hacia la risca de la pared por nuestra derecha y nos topamos con una abertura que no tenia salida y en la cual, a lo sumo podía entrar una persona y aquello no tenia la pinta de ser ninguna cueva ni pasadizo alguno, e incluso no se adivinaba nada de derrumbe. extrañado de lo encontrado bajamos alumbrando unos pasos hacia abajo y hacia arriba, por si en un casual el ermitaño hubiese tenido error en contar, al igual que en el lado opuesto. Desilusionados y algo inquietos decidimos que habíamos de tomar el camino de retorno, pero no se lo que me retiene, que antes de hacerlo tomo por alumbrar de nuevo ese hueco, como queriendo llevarme alguna respuesta de tal fracaso y es cuando al pisar en el suelo con mi alpargata, hago sonido de losa canteada y apresurados mis hermanos se dan de rodillas a mis pies y con las palmas de sus manos retiran la tierra suelta que cubre una losa de piedra de brazo y medio de larga.
La retiramos no con mucho esfuerzo y descubrimos que hay un enorme agujero por donde pueden entrar dos personas juntas y al alumbrar este, nos damos cuenta de que a unas dos varas se adivina el suelo de lo que parece ser la entrada de el pasadizo y unas escaleras hechas a lo antiguo de palos y cuerdas, que se debieron de caer de su sitio y que a buen seguro estarán podridas.
Como no se nos ocurrió llevar alguna cuerda, Habid decide subir a donde los trastos en montonera y bajarse algo que sirviera de escala, para poder bajar a el rellano. Al poco tiempo aparece en jaleo de trastazos arrastrando por cada peldaño con una reja grande de madera de pino y nos afanamos en colocarla en el agujero y con la misma curiosidad de un zagal, nos disponemos a bajar por ella.
Al pisar aquel sitio me doy la vuelta y descubro que allí solo había una pequeño cuarto, sin salida alguna, pero es entonces cundo recuerdo otra vez el escrito de Carracuca en donde describía aquella puerta secreta y su mecanismo de poleas.
Les pongo en conocimiento de buscar alguna piedra de por el suelo en los lados de las paredes y nos damos con algunas, pero tras dejar nuestro peso sobre ellas, no tenemos la suerte de que den sonido extraño. Albarrani me dice con mucha razón que seria mejor retirar la los bordes de todo el sitio el mas de un palmo de tierra fina, pues con los años el polvo desprendido de el techo, bien pudiera haber ocultado esa risca que yo les dije.
Así lo hacemos y este mismo, cuando solo había restregado con su pie un par de cuartas, asoma una losa negra que no tardamos casi nada en dejarla al descubierto y si mis recuerdos son con la frescura necesaria, esta a de ser la llave.
Nos miramos los tres las caras entre aquella luz que daban las candelas, como preguntándonos quien seria el primero que pisara en ella y decidimos acercar despacio cada uno su pie derecho y a la voz que les doy pisamos fuerte, dejando caer nuestro peso al mismo son. Es entonces cuando un sonido del roce de piedra sobre piedra se hace en todo el cuarto y una polvareda sale de la pared de enfrente, pues hace movimiento y aparece aquella gran losa que me describió el maestro y que la cual queda abierta a la mitad, pero suficiente para poder pasar.
Aparece detrás aquel artilugio que no adivino a comprender y tras el se habría una mina que a primera vista se había de atravesar como en jorobado o como en gatas, según la altura de cada persona.
Antes de entrar para hacerle el reconocimiento decido subir a la entrada descubierta primero y dejar alguna señal y tomo por quitarme el pañuelo de el turbante y colgarlo de un saliente de una roca.
Decididos a intentarlo, no sin miedo, clávanos el cincel a un lado de la entrada y atamos un extremo del cordel de la madeja a ella, siendo el último el que debe de ir desmadejándola poco a poco, para que no se rompa,
De nuevo tenemos que hacernos con otra de las provisiones para dar luz y algo preocupados por terminar con ellas, pues no sabemos los pasos que nos quedan en oscuro.
Conforme avanzamos con mucho dolor de espalda nos damos cuenta de que el aire que nos llega se hace cada vez mas limpio y con menos humedad y es cuando al traspasar un recodo de aquella mina la llama de aquella antorcha se hace cada vez mas quemadora y cuando estaba al consumirse nos vienen a los oídos el sonido de lo que parece algún animal en gruñido amenazador y al acercar mas la claridad, unos ojos brillantes sobresalen de la oscuridad y lo mas seguro de que sea algún zorro que tiene por aquí su madriguera, pues al darle voz para ahuyentarle, se escucha su carrera hacia la que pueda ser la salida.
No ando equivocado pues como todavía es noche cerrada y sin luna alguna no caímos en la cuenta de que estábamos al final de aquella ratonera. Contentos por tocar con nuestras manos el taray y los arbustos que disimulaban la entrada no hacemos otra cosa que guardar nuestras palabras de alegría y apagar lo que nos guiaba, por encontrarnos ahora en desamparo..
Salimos uno a uno con cautela desmedida y en silenciosa conversación decidimos esperar un rato en aquel lugar, hasta estar seguro de no oír nada sospechoso por los alrededores.
Hamid propone quedarnos dentro de la mina para aguardar la primara claridad, pues solo quedan dos antorchas y media libra de aceite, cosa que no daría bastante para el regreso por el mismo sitio por donde llegamos, pero por otro lado yo le digo que si lo hacemos así, podemos tener la mala suerte de que en estas horas que faltan para el sol, los cristianos lleguen a cercar el cerro y será altamente difícil entrar de nuevo.
De una forma acordada tomamos por caminar barranco abajo, amparados en las retamas y matojos y a la altura de por debajo de el portillo de el callejón de por debajo de el castillo, escalamos la ladera, hasta tomar la cumbre de el cerretillo del lobo en donde encendemos una de las antorchas para dar aviso a los centinelas.
No pasa mucho rato hasta que oímos el crujir del portón de aquella puerta de donde salen cuatro hombres a caballo y toman la vereda que llega hasta aquí y tras darnos como conocidos nos escoltan hasta la entrada de nuestra Galera y damos glorias a Mahoma (que la paz sea con él) y gracias para Alá el Grande.
 

CAPITULO XXXII

 Una vez dentro y fuera de peligro nos llevan en presencia del cuerpo de guardia que estaba formado por mucha gente, por ser vísperas de la inminente llegada de los infieles cristianos y en donde todos los que mandan permanecen echados en las mantas, resguardados en una techumbre de cañas y juncos, en el corral y patio que hay para guardar el ganado de los mercados de animales que se hacen todos los meses y de donde sale una extraña niebla de el humo de los candiles y el vaho que desprenden los hombres al sacar el aire respirado hacia lo raso.
 Uno de los guardias nos pregunta quien estaba al tanto de nuestra salida, para darle aviso y una vez dicho, toma en darle busca entre la hilera de recostados.
No pasa mucho tiempo en aparecer a nuestra vista, nuestro paisano, que llega en bostezos, restregones en los ojos y alguna estirada de brazos, además de bien abrigado con la manta que le servia de camastro, pues estaba cayendo una escarcha de las que azotan este cerro, noche tras noche... Le cuento lo sucedido y lo descubierto por nosotros y que era una posible escapatoria para todo aquel que quisiera salir del asedio, sin tener peligro de ser descubierto ni oído, pero había que hacerlo en la noche, a pesar de que la salida esta algo alejada, pues se queda a la vista y que para poder salir del barranco había de ser penoso, pues los cerros que lo forman son con mucha pendiente y ni siquiera tienen vereda que ayude en el ascenso, por lo cual los lisiados o metidos en muchos años, habrán de hacerlo a gatas y con mucha cautela y ayudados por los de mas fuerzas.
 Albarrani le da el consejo de que lo antes posible manden algunos hombres a la entrada, para que vuelvan a cubrir el agujero y hacerle disimulo que por este sitio no hay nada que puedan sospechar los cristianos y que la barrera de trastos seria bueno armarla algo más abajo del sitio descubierto.
Alacero nos agradece nuestra valentía y toma los debidas premisas que le damos, pero también nos dice que al parecer los que antes quisieron aplastar la rebelión no se percataron de la salida de la mina de por los baños, pues decía Caracax que el otro día llegaron hasta ella y no encontraron nada mas que las huellas de las alpargatas de un hermano, en el blando barro y que no podían ser nada mas que las mías y que sus hombres la habían camuflado con arbustos y matojos, arrancados de el mismo cerro..
 Con el cansancio reflejado en nuestros rostros, las ropas en mucha polvareda y las cabezas cubiertas de telarañas nos bajamos de nuevo a nuestras madrigueras para por lo menos descansar lo que los acontecimientos nos den de tregua.
Mi esposa e hijas estaban recostadas sin desvestir en unos cojines de la cocinilla, al lado de las ascuas marchitas de la lumbre y al oír el crujido de la puerta se levantan medio asustadas, pero al verme se me abalanzan en gozo y alegría y he de quitármelas de encima, pues ya me faltaba el aire y el resuello, con mi cara remojada de remiendos en muchos besos.
Como es normal ya se encontraban con la preocupación, pues hice salida de esta casa en la media noche, faltando mi presencia hasta el principio del alba.
Aunque sea un derroche de agua, decido tomar por darme aseo antes de dormir algún rato y por eso las alhajas de mi casa me están calentando dos calderos de agua, en el renovado fuego.
 Tras despojarme de tales harapos de vestir me meto en la tinaja gorda para el baño, que esta en un rincón de donde estamos y poco a poco mis hijas me van derramando unas jarrillas de barro de por la cabeza, mientras mi buena y fiel esposa me da buenos friegues con jabón perfumado de azahar y a pesar de que ando en pocas fuerzas le doy aviso con la mirada, de que no se acerque mucho de por la entre pierna, pues cuando ella aproximaba sus suaves manos por las lindes de dicho sitio, notaba como aquel “pingajo” tomaba por levantar en dureza y campanear la pared del recipiente.
 Pero parece que las tres mujeres ya saben de mi preocupación y no hacen otra cosa que ser cómplices en las miradas y en las risas y sin apenas darme cuenta las zagalas se esfumaron de repente y me dejan a solas con esta mujer mía.
Es entonces cuando percibo que sus caricias se hacen cada vez mas con la intención de meternos a el cuarto, pero es tanta la calentura que me aflige en este momento, que me agarro a la tarima de entrar y salir de la tinaja y de un solo impulso salgo a su lado y sin apenas secarme y como Alá me trajo a este mundo la tomo de la cintura y levanto su cuerpo hasta dejarla encima de la mesa y allí mismo “mato la liebre” una vez mas.
 Nos miramos fijamente a los ojos y tras rozarnos con los labios, se nos escapan unas lagrimas, pues ambos sabemos que puede ser la ultima vez que unimos nuestras carnes y compartimos este placer y amor, que nos mantuvo juntos tantos años y de lo cual nacieron para nuestra alegría, estos hijos míos.
Con la temblequera en el cuerpo y en el alma, he de tapar mi cuerpo desnudo y tirar para el camastro, no sin antes preguntar por los hijos y por el mulero, que me dice que salieron anoche detrás de mí, para hacer los turnos de guardia.
Cuando los primeros rayos de sol alumbraban aquella estancia, por fin puedo descansar y no me cuesta nada en quedar en profundo sueño con el calor de las mantas y mi esposa, que se acostó a mi vera.
Como los demás días, el sueño se me hace corto, pues entre tantos espantos y quehaceres no descanso en condiciones, pues esta vez un griterío ensordecedor y el sonar de un añafil, hacen que mi cuerpo de brinco del camastro y tomando algo de abrigo me asomo al portal y es entonces cuando observo mucha gente subiendo hacia lo mas alto del cerro y casi todos con las armas en las manos y en muchas prisas y carreras. En las voces que llevan, les escucho que ya venían los cristianos. Sin bacilar un instante tomo por vestirme lo mas raudo posible y alcanzo la ballesta y el cestillo de la flechas, que la tenia colgada a la vista y me sumo a la hilera de hermanos con la misma incertidumbre y curiosidad que llevan ellos.
Otra vez mas casi toda Galera se encontraba asomada de por las peñas, terrados de las casas y murallas, que daban a el cerro de el castillo viejo, por donde discurría serpenteante el camino que viene de Cullar.
La locura e histeria se hizo por todas las calles y rincones, entre los llantos de mujeres y zagales chicos, el repicar incesante de las campanas, los redobles de los timbales, el jaleo de las zancadas, las voces de capitanes y soldados, el relinche de los caballos, espantados de tal desorden.
Me cuesta trabajo encontrar un sitio de por donde dar vista a los que llegan, pues ya hay una gran fila de gente amontonada, desde las tapias de el castillo, hasta la misma torre de la tramontana y es en este sitio, donde al adivinar algún clareo, tomo el lugar por donde mirar, no sin mucha tranquilidad, pues todo el mundo intenta de apostarse en el mejor sitio posible a costa de muchos zarandeos y vaivenes.
Siendo ya por la media mañana, empiezan a asomar por el recodo del camino, una docena de jinetes que abren la comitiva, llevando a la vista dos estandartes, uno de ellos blanco, con una cruz en oro y otro mas grande con un escudo bordado, el cual podría ser del marques, a muy pocos pasos les siguen una centena de los de a pie, con algunas mulas y bueyes, donde llevan las palas y picos y si no ando equivocado serán los que revisan y limpian el camino, pues desde el mismo Cullar, los nuestros atravesaron árboles y peñones, derrumbaron tapias y ribazos y abrieron las acequias contiguas para anegarlo.
 Es en la mitad del cerro cuando estos camineros han de apartar barios obstáculos que impedían el paso, sobre todo algunos peñones grandes, pues con palancas los hacen rodar por la ladera, haciendo gran estruendo al dar con el barranco.
Pasado un buen rato se escuchan las voces de los carreteros alentando a los animales que tiran de los treinta carros de la intendencia que bajan con mucha maña, separados entre si como en unos cincuenta pasos, pues cuando el primero llega al recodo y cuesta de por el Salitre, el ultimo comienza el penoso descenso, pero uno de ellos que debería de llevar mas peso de lo debido y en un tramo con algo de pendiente hacia el exterior del barranco, la carga tomo por venirse a esta parte, haciendo que el carro se doblara hasta ponerse a una rueda y inevitablemente tomo por despeñarse, arrastrando con el, los tres caballos percherones, que quedan reventados al darse con el suelo y esturrear las tripas y mucha sangre al lado de toda clase de trastos de la carga.
 No es de buena persona el hacer burla ni risas de la desgracia de los demás, pero en este caso nuestra expectación era tal y nuestro odio tan profundo, que de todos nosotros salieron grandes carcajadas y regocijo al observar este incidente.
Es tal la algarabía que se forma entre nosotros, que llega a los oídos de los cristianos que acompañan la caravana y algunos de ellos nos desafían desde el camino, echándose mano a las “hueveras” y profiriendo blasfemias hacia Mahoma (que la paz sea con él) e insultos a nuestra raza.
 Es entonces que algunos de los míos, montan en cólera al ser ofendidos de tal manera, por no tener suficiente correa. No tardan mucho en responder de la misma forma con gritos contra Jesucristo y la cruz y continuas amenazas de muerte y los más exaltados llegan hasta lanzarles algunas piedras, a sabiendas de que por mucha fuerza que se tenga, no llegaran a su destino, a no ser que se tiren con la onda.
Los capitanes intentan apaciguar a la “jaterva” de la forma que pueden, pues es difícil pastorear a tanta persona junta y aunque se esfuerzan no pueden hacerse oír por tal escándalo y vocerío y algunos de ellos toman el látigo y lo hacen sonar por detrás de la montonera, cosa que hace que al poco tiempo vuelva la calma entre nosotros.
 Al templarse los ánimos solo queda el murmullo de las conversaciones y es entonces cuando de nuevo nos vienen sonidos de trompetas y tambores no muy lejanos.
Por el horizonte del cerro asoman las puntas de las picas, lanzas y banderas, y poco a poco aquellas figuras de guerreros que la portan se muestran a nuestros ojos.
Encabezan la marcha muchos hombres a caballo con una marcialidad propia de la milicia y sorprende las ropas de colores en amarillo, naranja y colorado, con armaduras relucientes, armados hasta los mismos dientes y detrás de ellos y de los de los tambores, una inmensa marea humana en filas bien ordenadas de miles de infantes con arcabuces al hombro, picas y espadas.
 Cuando los de la caballería estaban por llegar casi al final, aun seguían entrando más gente al camino, que mas parecía una serpiente de muchos colores, sin final alguno.
Es al llegar a la peña, donde tuerce el camino, para bajar a lo llamo, cuando de entre los jinetes se abre paso uno de ellos y al levantar su mano, todos se detienen en seco y se hace el silencio en todo el contorno.
Advierto en seguida que es propio marques, por los atuendos que porta, pues lleva el casco de forma diferente y auque esta algo distante se le pueden adivinar los adornos en sus mangas, bordados de oro y su armadura desprende grandes destellos, como si de un espejo se tratara.
Adelanta su caballo uno pasos, hasta llegar casi al mismo filo del precipicio que hay por debajo de aquella peña y de nuevo alza despacio su mano diestra hacia todos nosotros, como queriendo hacernos saludo.
 No acertamos a comprender demasiado el porque de su saludo y es que algunos como yo pensamos que pueda ofrecernos el perdón, a cambio de acabar con esta barbarie y dejar Galera en sus manos, pero de momento aquel gesto se convirtió en amenaza, pues apretó su puño enfundado en guante azul y dejo asomar el dedo índice, y señalar con el a todos nosotros, para luego despacio, bajar su mano hacia su garganta, para hacer el gesto de degüello.
Aquello nos dejo sin esperanza alguna de la posible paz y acabo de encolerizarnos por tal provocación y algunos que se subieron los arcabuces cargados, querían tomar posiciones para darle muerte, pero finalmente desistieron por la intervención de los que mandan, pues desde esta distancia poco daño o ninguno se le podía dar y no era cuestión de malgastar munición.
 Lo que si provoco de nuevo eran los cruces de insultos y amenazas, que duraron, mientras este demonio de cabeza de hierro estuvo parado en aquel sitio. Cuando este hacia intención de meterse entre sus soldados, de por encima del cerro, una figura de persona con cimitarra en mano, salta de tremendo brinco, viniendo a caer en medio de los jinetes y muy próximo a el marques, posiblemente para darle muerte y es cuando entre relinches de caballos medio espantados se escuchan las voces desgarradoras del asaltante.
A mi lado estaba un vecino que creyó haber conocido ese hermano, que yo no había adivinado por ser en sorpresa, pero según me dice, que esta convencido de que era Luis Haifa, el hortelano.
 La incredulidad se me aclara cuando de entre las patas de los animales aparece su cuerpo ensangrentado y uno de los soldados desmonta con espada en mano y le remata sin piedad alguna, pero he aquí que no acaba la cosa, pues el de los Vélez se aproxima de nuevo a la vista de todos y manda incorporar aquel cuerpo, sostenido ya por dos de sus hombres y tras desfundar su tremenda arma de filo y de un golpe certero, le separa la cabeza de su cuerpo, viniéndonos el chasquido de carne tajada, ordenando que uno de ellos cogiera aquella cabeza y la levantara hacia nosotros, para luego despeñarla junto a su cuerpo.
 A buen seguro que salpico la sangre mahometana en las ropas y cara de este asesino, pues pedía con insistencia algo de agua y trapo, para que le dieran limpieza y aseo.
 Un tremendo dolor me sale del alma y no puedo hacer otra cosa que poner mis palabras en gritos desgarradores, sacando toda la rabia acumulada, le profiero insultos en torno a su mala madre, por haberle parido y maldigo el día que lo hizo.
Como yo, todos los presentes acompañan mis requiebros con mucha algarabía y no tarda mucho, de nuevo, en desencadenarse la inevitable respuesta a tal provocación, pues aquellos que antes quisieron emplear su pólvora hacia aquellos mal nacidos, tomaron por dar varios disparos a los jinetes, lo cual provoco gran desorden entre toda la hilera de la tropa, que tomo por hacerse con las posiciones, para contestar con sus arcabuces y así lo hacen sin esperar ninguna orden, pues andan los nervios demasiado exaltados.
 Todos los que estamos asomados al cerro nos retiramos en estampida, hacia los adentros, para no ser blanco de los cristianos, pero al darnos cuenta de que las balas hacían polvareda algo más bajo de donde estábamos, tímidamente nos volvemos al filo del terraplén, cesando entonces los disparos, pues enemigos y hermanos se percatan de el inútil gasto.
Es estonces cuando los que llenan el camino prosiguen la marcha, hasta llegar a el río por la parte de enfrente de el molino de Eleno Mucelén, por donde han logrado vadear los carros, no sin quedar alguno en apreturas, pues cuando los soldados llegan para cruzar, han de echar las manos para sacar un par de ellos, que quedaron atrancados.
 Pasado un cuarto de la tarde, termina de asomar la gente de retaguardia, reforzada por unos veinte caballos.
Pero es estonces que nuestras miradas buscan en que lugar de Galera, tomaran sitio fijo y acampada y desde donde yo estoy adivino a la montonera ya casi reagrupada en las cercanías de las viñas de los tres caminos, casi pegados a donde les dimos sepultura a los suyos. Tal como algunos habían dicho, el marques no hace parada y toma el camino de Huescar, escoltado por media centena de jinetes.
Terminado aquel acontecimiento ya no queda otra cosa que salir para nuestras casas y encomendarnos a Alá y pedir en oraciones la ayuda divina, pero he hay que quedo sentado sin decir palabra en el sitio donde con mis ojos pude ver el vil asesinato de mi amigo Luis, abriendo con su sacrificio, la puerta de los mártires de nuestra fe, recibiendo así el perdón definitivo.


CAPITULO XXXIII
Al incorporarme de aquel aposento, observo que todos los hombres se arremolinan alrededor de un pequeño "cerretillo" de risca, donde el turco esta encaramado, dando gestos con los brazos a los que todavía permanecemos al filo de las laderas, para que nos encaminemos hacia aquel sitio.
 Una vez que todos los presentes esperábamos con mucha curiosidad de cuales serian sus palabras y tras pedir algunos que calláramos las conversaciones, Caracax nos da las premisas de que bajemos cada uno a su casa y que le demos alimento al cuerpo y a el alma con serenidad, pues como bien sabemos a partir de este día no tendremos sosiego alguno. Que saquemos provecho y disfrute de nuestras familias, en lo que queda de tiempo hasta mañana, pues en el alba, había que estar todos en las posiciones asignadas por nuestros capitanes.
Nos da la noticia de que en la noche habían huido de Galera un puñado de sus hombres, acompañados de un capitán, engañando a los centinelas de la puerta grande, con el pretexto de que salían a relevar los de los cerros del camino de Castillejar.
 Nos pide perdón por haber tenido en sus filas tales cobardes y renegados de Alá y que pedía que todos ellos fueran castigados con la muerte más dolorosa posible, por su brazo todo poderoso. También nos trasmite que demos la voz a toda persona que no están para la lucha y que pueda temer por su vida que era libre de que en la noche intente salir por las minas, sin ser descubierto, hacia su salvación, pues de aquí en adelante será muy difícil la huida.
 Al finalizar aquella reunión espontánea, reconozco la voz de mi hijo Alonso que me reclama de por mis espaldas y quedo algo sorprendido y molesto, al comprobar que lleva a su lado a aquella viuda de la cuesta, pues desde que contemplé a esta, dar ofensa a mi hijo, no me cae en nada de gracia, pues no merece mi aprobación ni respeto.
 Quedo extrañado, porque les acompañan las dos bellas mujeres de guerra, junto a Diego y el granadino El Ferí. Mis buenos hijos me dicen que anoche antes de la guardia se bajaron hacia el cuartel de Alacero, para pedir el perdón para la hermana Zahira la Zarzamora y su furtivo amante y que Alonso, Diego y algunos mas, rogaron del galerino que fuese misericordioso con su ahijada y pretendiente, pues no habían pecado con nada de sangre ni fueron dados a lo ajeno y que tampoco con injurias a el mas grande, ni a los profetas.
 Que siendo días de guerra y muerte no tenían sentido los castigos por menores desobediencias e inocentes cosas del corazón y enredos de camastro.
 Por un casual estaba Alacero en compaña de Hernando Jafáz, uno de los ancianos del consejo que había bajado a retar en una partida de ajedrez a uno de los hombres de guerra y natural de Almuñecar, pues le había venido a sus oídos, que este tenia fama en todo Granada y Almería por su destreza en dicho juego.
 El sabio Hernando tomo interés y parte en los ruegos que le mandaban los zagales al capitán y queriendo intervenir, le dio consejo, de que estos habían hablado y pedido el perdón para almas ajenas, de una manera sensata y digna de personas en madurez, poco propias en sus edades.
 El de Galera no tuvo otro remedio que hacer llamar a las hermanas Zahira y Habiba y al que había dado desvirgue a una de ellas.
 Relató al anciano lo sucedido con todo detalle e intento exagerar el daño que le habían dado, diciendo que la falta de respeto se paga en castigo de sangre o vergüenza.
 A pesar de la dureza con que se expresaba, todos sabían que finalmente cedería paso a la voz de su tierno corazón, pues la pareja de enamorados fue a caer en rodillas pidiendo el perdón necesario.
 Fue entonces cuando Jafáz les hace levantar y tras darles consuelo le pide a su amo que les deje en su cargo, para prepararlos en el rápido despose.
 Parece que después de mucho cavilar, Alacero tomó por dejar caer cada una de sus manos en sus frentes. Con este gesto accedió a darles misericordia, aprobación y consentimiento para tal unión, pues aunque no era el padre verdadero, hasta este día, así Alá lo había dispuesto.
 El consejero decide que dicha boda se celebre al salir la luna de este día, cerca de los muros de la antigua mezquita, donde Ferí y Alacero habían de traerse tres padrinos, sin llevar dote alguna, por ser tiempo de penuria, dejando esto para otra ocasión por si Alá tenia a bien dejarlos en vida y en libertad.
 Les hace saber que no es necesario que vengan vestidos en lujos ni alhajas, pues ni habrá convite ni Leyla alguna, por la escasez que hay de alimentos y abiós.
Antes de despedirse les recita algunos consejos del Corán.
“Que no se casen solo por la belleza porque quizás esta sea luego la causa del declive moral, ni que lo hagan por la riqueza, porque quizás esta sea luego la causa de la desobediencia. Que se casen con conyugues, quienes provengan de familias religiosas, pues ellas darán mayor seguridad al futuro de su hogar.”
 Después de haber conseguido no sin mucho esfuerzo que todo terminara de buenas maneras y con certera cautela mis hijos se encaminaron a sus lugares de guardia y queriendo estar presentes esta noche en tal despose, habían acordado al terminar sus turnos, salir cada uno a por compaña de mujeres.
 Diego con la hermana de la novia y Alonso con esta, que no le merece, la joven viuda, Isabel Sahifa, que parece que al perder la que el quería para su alma, ha tomado por buscar hembra para saciar el cuerpo.
 Al parecer todos ellos habían visto la venida de los cristianos, desde la atalaya próxima a donde yo estaba, pues se fueron todos juntos a buscar a Diego, que había tenido que hacer su último turno de centinela en este lugar,
 Me dicen que quedaran por aquí las tres parejas, pues necesitan estar a solas para hablar de sus cosas, antes de el despose entre Zahira y El Ferí.
 Antes de tirar para mi casa no puedo remediar el recriminarle a Alonso la elección de su compañera. Algo enojado le tomo de el brazo con fuerza y lo aparto de los demás, aconsejando que, piense bien lo que hace, pues jamás le daría el permiso para si en un casual me viniera a pedir mi aprobación para el despose, a no ser que ella se ganara con hechos notables y sinceros, el cariño y respeto de toda nuestra familia.
 Sin yo esperarlo, este monta en cólera desmedida mas bien creo yo por darle la atención delante de los demás, que por mis palabras y sin verle la intención, me agarra con fuerza con puños cerrados de por la camisa a la altura de mi pechera diciéndome que ya andaba en colmo de que le tratara como niño de pecho y que había llegado el momento de ajustar cuentas y aclarar que de una forma u otra llegaría el día que le perdiera para siempre, que aunque no era amor lo que sentía por aquella mujer, si que le guardaba gran cariño y amistad, ya que había descubierto en sus brazos y caricias la ternura y cosas placenteras. Que si Mahoma (que la paz sea con él) así lo quiere, más tarde o más temprano, la tomara como esposa.
 Mi hijo Diego no tiene otra, que intermediar en los zarandeos que me estaba dando, pues falto muy poco para dar con mis huesos en el mismo suelo pues era demasiada fuerza y juventud a la que yo no podía apaciguar.
 Por fin me puedo zafar de tales garras con la ayuda de su hermano que intenta ahora calmar la ira de Alonso, pero viendo que este no callaba y seguía faltándome el respeto, se vino también con la rabia contenida, tomando por lanzar el puño hacia su cara, dando con el, entre las piedras.
 Sin soltar palabra alguna se levanta y espolsa nerviosamente sus ropas y tras mirarnos en falsa sonrisa, se dirige hacia la viuda, tomándola de la mano, llevándosela hacia el y en silencio comienzan a bajar la cuesta sin despedirse de los presentes, pero le adivino en lagrimas y sufrimiento, cosa que me duele tanto como herida mortal en el corazón, como puñalada de alfanje.
 A Diego también le debe de haber venido la preocupación por su hermano, pues le queda la cara en blanco crudo y el cuerpo en temblequera, pues jamás había tenido pelea ni discusión seria con Alonso.
 Este hijo me dice que no tenia que haberle recriminado en nuestra compañía, que seguramente hubiese sido más certero a solas y en la intimidad de la casa, y que ya era hora de que me diera en cuanta de que Alonso andaba con la misma tozudez que la mía.
 Sin yo esperarlo me hecha en cuenta algunas cosas que mi mujer les había contado de la vida tan azarosa en cosas de mujeres antes y después de tomarla como esposa y que andaban enterados de que tenían hermanos de padre en Orce y que andaban por aquí en Galera desde que empezó la revuelta, no teniendo nunca la osadía de conocerlos.
 En este mismo momento no quiero entrar mas en pelea ni discusión alguna, pues sus palabras me vuelven a hurgar en la misma herida y aunque reconozco el error cometido hacia Alonso, no acepto los requiebros sobre los desmanes que cometí en años pasados, pues aquí pocos se libran de tales pecados en cosas de la carne, pues esta toda Granada llena de hijos bastardos y mujeres preñadas sin esposo.
 Así que con el alma traspasada y con algo de miedo a enfrentarme a esta situación no tengo otra cosa que decirle a Diego que no tarde en demasía en volver a la casa para la hora de la cena y que si por un casual se de con su hermano, le pase el recado de que lo esperamos en brazos abiertos, como si nunca hubiese pasado nada.
 Me encamino hacia mi casa en pasos torpes como zopo y cavilando por todo lo acontecido y dicho en esta tarde.
 Al llegar a mi casa encuentro a mi esposa e hijas en faena del hogar, pues andan preparando un potaje de verduras, “papas” y huesos de cordero. Tomo por sentarme en el poyato de al lado de la ventana de la cocinilla con la cara en preocupación, y aunque intento hacer disimulo, mi buena compañera cae en la cuenta de que algo me afligía, intento tirar la conversación para el camino que mejor me interesa y le explico lo acontecido con los cristianos y la vil muerte de nuestro amigo y vecino Luís Haifa, cosa que le llena de gran amargura y desaliento.
Pero en mis adentros más profundos me siguen dando grandes pellizcos las ofensas y palabras recibidas por mis dos zagales y a duras penas puedo mantenerlo amarrado, para no dar más tormento a mis tres mujeres. Acuerdo conmigo mismo por dejarlo para cuando ellos tomen sitio junto a nosotros, delante de la mesa, donde si Alá quiere, se aclarara con palabras en llano, dados al perdón y dispuestos a hacer sepultura de rencores y requiebros.
 Extrañado de no ver al mestizo desde que anoche yo salía hacia la mina, doy pregunta a las hijas, alo cual me dicen que salio para la guardia de por el cerro del “hacho” y que debía de haber puesto fin a tal encomienda para este medio día, pero que le habían venido a decir las alcahuetas de el callejón, que les pareció a los guardias de la puerta, reconocerlo entre los jinetes huidos.
 Parece que en este día todo me esta viniendo de al revés y de nuevo mi confianza a sido mancillada de forma cobarde, cosa merecida por ser yo tan dado a fiar en las personas y que es poco o nada lo que me pasa por tener defecto o virtuosa bondad.
 Solo espero que el turco no le venga a la memoria el consejo que me dio, cundo tome por pedirle la libertad de tal mulero, pues a buen seguro que me lo había de echar en la cuenta.
 Quizás le pudo el ansia de vivir o la agonía por no saber nada de sus hijos y esposa, pensando que estos podrían estar en miseria y necesidad o perdidos por las sierras frías de lo de Murcia. Debo de ser sincero conmigo al pensar que no le acerté nunca nada de cobardía o no supe adivinarle cual podía ser su dolor, por eso espero que encuentre la paz junto a los suyos, si en su destino así estaba escrito.
 Casi sin darnos cuenta la oscuridad reclama al día su reinado y las sombras se apagan entre los callejones, para dar paso a confusas siluetas que forman los tenues reflejos de los candiles y lumbres de las casas, a través de sus ventanas.
 Espero como siempre a los demás de la casa de por alrededor de la buena chimenea, buscando el calor de la llamas y el aroma que desprende la cazuela, mientras las hijas terminan de poner en orden la mesa, mi esposa remueve con maestría lo de la cena, en tanto yo como es costumbre atizo con palo de mimbrera en las muchas ascuas.
 Ya bien metida la noche aparece por la puerta mi hijo Diego, que viene en tiritones, continuos frotes de manos y zapateos. Nada mas echar los pies en el tranquillo busca lo caliente y toma asiento a mi vera diciendo que era mucho el frío que había pasado en la boda de sus amigos, pues parece que en esta noche tomaran por cubrirse con tortas de cristal, los aljibes y acequias, pues cuando “hiela con tramontana, hiela con gana”
 Cavilando por la tardanza de su hermano, me avisa de que no le vio en dicha ceremonia y que tiene sospecha de esta noche no había de dormir bajo este techo, por encontrarse resentido y menospreciado por nosotros.
 No puedo evitar de que callara las palabras, pues mi esposa que permanece atenta se percata de que algo no andaba en orden.
 Con cansina insistencia nos pide la debida explicación de lo sucedido con Alonso, no teniendo más remedio que desatarlo todo.
 Como buena madre no tiene otra que caer de nuevo en lloros y protestas hacia nosotros, por haber llevado la situación hasta el punto de las manos.
 De nuevo escucho los mismos requiebros por parte de toda mi familia, doliéndome en exceso tales acusaciones, intento hacer mi propia defensa.
 Quiebro la vara de atizar en mis rodillas y he de ponerme en pie, pues el genio guardado se me viene al momento.
 Con altiva voz comienzo a sacar lo que todo hombre tiene guardado en sus entrañas, por ser poco conveniente y que para no hacer mas herida no le saca jamás.
 Que siendo yo el amo y guardián de esta casa me sentía en agobio y acosado de una forma más bien injusta, pues toda mi vida la dedique a quitarles miseria, desvivido cada día en darles sustento, techo y cariño Que no merecía el trato que me estaban dando en este día y que reconocía haber pecado muchas veces en mi larga vida en cosas de entre ingles y del vino, pero si alguien debía de pedirme cuentas no seria otro que el mismo Alá.
 Tome siempre la doctrina impuesta para no poner en peligro todo aquello que amaba, no olvidando nunca mi fe verdadera, inculcando lo mejor de ambas creencias en la educación de los míos.
 Obligado a desposarme en lo cristiano y como todo hermano de Mahoma (que la paz sea con él) en secreta ceremonia con nuestras tradiciones.
 Hacer bautizarlos en la iglesia y darles nombre castellano, para luego tras la zambra en la casa, lavar con agua los ungüentos recibidos para ponerles identidad mahometana.
 Que es costumbre muy antigua buscarles las mejores y buenas esposas a los hijos, como así lo mandan nuestras leyes, aunque ha veces se cometan torpezas dolorosas por tener ellos el corazón puesto en alguna otra. Como bien sabe esta esposa mía yo andaba por el amor de aquella molinera de Orce, pero mis padres tomaron por desposarme con la hasta hoy y por muchos años mas, mi amante y compañera, pues con los años aprendí a quererla con locura, cerrando la herida que me quedo abierta.
 Porque quería lo mejor para ellos no había de ser motivo para entrar en desobediencia hacia el que siempre trabajo por y para la familia, pero en este caso cometí la imprudencia de dar consejo a Alonso sobre la elección de la mujer, pero que intente remendar, diciéndole que si ella se ganaba de nuevo mi confianza, no tendría impedimento en darles mi bendición.
 Es de nuevo mi mujer la que interrumpe mi locución, diciendo que no me ofuscara mas en las explicaciones y me daba la razón y las gracias por tanto amor regalado a todos, que lo único que quedaba por hacer, era bajarse esta noche a buscar el hijo en casa de Sahifa.
 Sabiamente mi hija Elvira se ofrece a bajar las cuestas, junto a sus hermanos, a pesar de que la noche andaba muy oscura y fría, pues aconseja que tanto su madre como yo mismo quedemos en espera en la casa.
 Bien pertrechados con ropas de abrigo toman el camino callejón abajo y al salir con ellos hasta el portal observo por el camino de las eras y el de para Castillejar, varias fogatas encendidas, lo que me hace pensar que puedan ser los centinelas cristianos que de nuevo han tomado las posiciones de vigilancia, para evitar escaramuzas y huidas.
 Rápidamente he de tomar los adentros del hogar, pues andaba descubierta mi pelada sesera ya que me había despojado de caliente turbante al lado de la chimenea.
 Esta noche debía de ser larga y tortuosa, por la incierta noticia sobre como se encontraba Alonso y sobre todo por lo que nos tenía guardado el destino para todos los de Galera.
 Pasado poco tiempo nos vienen sonidos de pisadas y resuellos y creyendo que pudieran ser los hijos, damos asome al portal, pero he aquí que eran varios vecinos bien conocidos, las viudas de Coxobría y Albohali, ambas con dos hijos todavía chicos y los ancianos Lorenzo Abiz, Amo el Viejo y la hechicera Zoripeta.
 Les damos las buenas noches y extrañados por tal hora de caminar en noche cerrada les damos pregunta a donde les llevan los pasos.
 Lorenzo nos dice que tomaran por escapar de la muerte segura por la mina recién descubierta, pues ya les andaban esperando dos jóvenes soldados de Alacero para llevarnos a la salvación.
 Les deseamos suerte en el intento, no sin antes advertirles del peligro de ser descubiertos y la mucha dificultad que tenían que pasar antes de quedar a salvo, diciéndome ellos que era poco lo que debían de perder en tal encomienda, pues Zoripeta había visto de entre la lumbre, bajar ríos de sangre por los callejones y que pudo sentir también su propia muerte, degollada sin piedad.

 

CAPITULO XXXIV

 Después de tomar estos vecinos la cuesta arriba y al punto de que nosotros buscábamos lo cubierto, avistamos el resplandor de algún candil por la boca del callejón y al hacerse visibles los que lo portaban, reconocemos las figuras de nuestros vástagos que suben sin el hermano que fueron a buscar.
 Una vez dentro de la casa les pido explicación de lo acaecido con Alonso, pues ya andaba yo con el largo tormento que me daba la larga espera y lo incierto del encargo.
 Es mi hija Elvira la que toma por decirnos que a su hermano le encontraron ya encamado con la viuda y que tras aporrear la puerta repetidamente tuvo a bien recibirlos en zaragüelles y sin mediar palabra se les abrazo con agüillas en sus ojos, incluso vino primero a los brazos de Diego, el cual le acompaño en el saludo de tal manera que parecían uno solo y con tal fuerza y sentimiento que ellas no tuvieron otra, que unirse a tal brazada
 Les hizo entrar al lado de la lumbre, donde Isabel atizaba las pocas brasas que quedaban.
 Prosigue diciéndome que ambos hermanos se dieron el perdón y que Alonso no dejo de preguntar por mi y por su madre, que aunque andaba dolorido no me guardaba rencor alguno, pues después de algunas horas había comprendido que todo fue fruto de la calentura de el momento, pero que en esta noche seria mejor para todos que la pasara en esa casa, para enfriar los ánimos y templar el alma. Que mañana si Alá quiere luchara junto a mi, en defensa de nuestras vidas y no teniendo miedo a la traicionera muerte y que sobre todo subiría a darme el perdón necesario de hijo para padre..
Estas palabras no hacen otra cosa que tranquilizar los malos pensamientos que me daban tormento al pensar que podía tener por perdido el cariño de mi hijo.
 Entre unas cosas y otras se nos paso el tiempo de llenar el buche y dándome con que no padecía nada de retorcijones ni ruido de tripas, dejo mi parte para mañana.  Parece que de tanta preocupación los demás de la casa se les hicieron nudos en las panzas, pues intentan meter algo de potaje. Con muy poco afán ni ganas no llegan a los cuatro viajes a sus bocas y mi esposa ha de vaciar lo sobrante en el todavía humeante cacharro, que si no sirvió para esta noche, será beneficio y ahorro de cara a los venideros.
 Tomamos juntos la purificación en la jofaina de afuera, para hacer la última zalá de la jornada e intentamos no sacar conversación de lo que nos deparara mañana en la inminente briega con los hijos de la cruz, aunque llevamos por adentro toda clase de temores e inciertos destinos.
 Cada uno se hace apaño para descansar lo mejor y lo más que le deje su sesera, pues al estirar los lomos en lo blando comienza sin remedio a venirle el desasosiego propio en tales casos de peligro.
 Cuando me pareció que ya todos dormían no pude amarrar mi deseo de darme un “arrejunte” con mi hermosa compañera Najma, a la cual le busque el calor de su cuerpo para el mío, asiéndola de tal forma de por sus espaldas, que sin tardar mucho tiempo entra en espabile al notar la dureza de lo alzado. Como tantas veces adivina mis intenciones, comenzando el remangue de camisón para dejar paso libre a tal calentura.
 Al terminar dicha refriega me dice con mucha razón que con lo que había de caer, como todavía andaba con las ganas de lo placentero, a lo cual yo le respondo que tenia por engañar las preocupaciones, pues ella sabe demás que es medicina milagrosa para los males del sueño tardío.
 Poco antes del gallo, empezaron a oírse de nuevo los tremendos golpes a las tensas pieles de los timbales y las desafinadas notas de los añafiles y esta vez hasta mandaron hombres haciendo llamada por las calles y puertas, y acostumbrado a tal algarabía, alzo mi huesudo y pellejero cuerpo sin darme en muchas prisas y me hago con la ropa de más abrigo, pues notaba el hielo de afuera, pues como siempre lo sentía en mi rostro al colarse por las finas rendijas de las ventanas.
Anímo a quitar la pereza de los hijos y mi esposa que no terminan de dejar lo caliente. Mientras tanto se ponen en derecho, me salgo bien cubierto a lo de afuera de la casa y como había previsto, todo blanqueaba como en poca nieve y de las canales de los terrados asomaban los "chorreos" en afilados “chuzos”.
 No siendo faena mía por tantos que hay en la casa tomo por acarrear de donde la leña, un par de troncos de almendro y una gavilla de sarmientos para la lumbre. Al entrar ya salían todos en bostezos y tiriteras.
 Una ves calentado el cuerpo con unas sopas de migas en leche , comienzo a prepararme bien el cincho para colgarme el alfanje y colocar a mi hombro la ballesta y el cestillo bien apretado de flechas y doy aligero a mi hijo Diego que todavía permanecía acorrucado en la cocinilla, que al escuchar mis prisas sale en busca de el arcabuz asignado, junto a el morral, donde portaba las balas y un saquillo de pólvora, pero he de pararle antes de partir para la capitanía, pues no le vi bien pertrechado de buena ropa para la lucha ni para la fría mañana, pues parecía que salía a dar paseo en sol de primavera, de tal forma que le aconsejo de ponerse chaleco de cuero y una chilaba corta de lana gorda y sobre todo dos buenos pares de calcetines y turbante ancho con orejeras, para evitar los dolorosos sabañones.
Una vez preparados y dispuestos a tirar para abajo no nos queda otra cosa que despedirnos de las tres mujeres que quedan en llantos por no saber si nos verían más en vida, hasta el punto de que a duras penas nos podemos zafar de sus brazos.
Son mis hijas las que me recuerdan que Alonso tenía que subir necesariamente a nuestro encuentro, como había prometido el mismo, pero ya con mucha tardanza no tenemos otra que bajarnos para el rejunte de la defensa y decido descolgar de la pared su arcabuz y aparejos para si estuviera todavía en la casa, donde moja en lo caliente.
 A punto de comenzar a echar las alpargatas en las primeras losas del camino lo vemos que sube en grandes zancadas y al llegar a mi altura no hace otra cosa que colmarme en besos por toda la cara, devolviéndole yo el mismo saludo al tiempo que le decía que callara las palabras en perdón que tenia para mi, que mas bien había de ser yo el que tomara por pedírselas a el y que cuanto antes nos dejáramos en olvido afrentas y punzadas, mejor había de ser para el buen discurrir de las cosas.
 Dado que las hembras aun permanecían al borde del portal, donde habían salido a darnos despedida, contemplaron la escena del encuentro y como es normal tomaron por darle abrazo, sobre todo su madre, que estando todavía secando las lágrimas por nuestra partida, no pudiendo impedir de nuevo humedecer sus mejillas.
 Como a Diego, le doy el encargo de que entre a la casa y tome por darse buen abrigo y no tardando mucho se une de nuevo a nosotros tras pasarle sus cosas de guerra.
 Hay vamos los tres barones Abemuza, bautizados en cristiano, yo Diego el padre, como hijo de Alá, Salmán el seguro. Diego el primogénito, como Azhar el luminoso. Alonso el segundo varón, como Halim el paciente. Con paso firme y cabezas alzadas bajamos bien alineados cantando alabanzas a Alá.
 Mientras lo hacemos se nos van uniendo otras cuadrillas de vecinos, que también venían con tardanza, como nosotros y al llegar al recodo para tirar para lo de mi capitanía pude ver que ya éramos unas dos docenas.
 Al llegar a la puerta de donde el valiente galerino nos hacen pasar de nuevo a aquel enorme patio, el cual ya colmado de gente esperando la ordenes, se nos es penoso tomar sitio sin apreturas.
 Vemos desde el lugar finalmente elegido a Ozmin y Abenamir asomar por la balconada interior de barandilla de madera, rodeados de sus mejores hombres y engalanados en ropas de combate. Armados de tal manera que tenían barios cinchos plateados entre cruzados por el pecho, donde portaban toda clase de artilugios de filo y descalabro.
 Nos dice nuestro paisano que a su orden salgamos a la calle para formar la tropa en filas de a tres, para bajarnos hasta el rellano de la puerta grande, donde con sumo cuidado se le dará revisión a toda arma y se nos repartirá algo de sustento de tortas y agua, por si se nos hacen largas las esperas.
 Se nos dotara por cada cuadrilla de una botija de vinagre para lavar cualquier herida y un trozo de cordel para si en un casual había que parar hemorragia en torniquete.
 Que para los de arcabuz se les rellenaría la petaca de pólvora y un puñado de balas de plomo y mecha bien seca. Una vez hecho todo esto, nos subiremos para la calle de “la tripa”.
 Nos tranquiliza sabiamente diciendo que para que nadie se sintiera perjudicado en la desventaja de las posiciones y receloso por adivinar favores en otras personas, había decidido que serian los cinco nobles caballeros de su amigo Abenamir, los que tenían el encargo de repartir a la gente por cada casa, no siendo mas de siete en el terrado y uno en el interior, como el otro día se había acordado, que para él, hubiese sido mas justo echarlo en suertes, pero son tantas las prisas, que falto el tiempo necesario para ello.
 Nos hacen salir hacia fuera de una manera ordenada para no liar montonera en la puerta, donde algunos hombres organizan la formación para comenzar la marcha.
 Cuando ya todo estaba preparado para emprender la bajada es Abenamir, junto a las Hermanas Zahira y Habiba que requieren voluntarios para alguna cosa que yo no acierto saber, por lo cual reclamo la atención de la recién desposada y tras darle   felicitación, le digo que para que, pide ofrecimiento de los alineados.
Es cuando me dice que al parecer algunas mujeres con maña en aguja y dedal han tenido el trabajo de confeccionar varias banderas y estandartes con retales y sabanas viejas, previamente teñidas y que buscaban gente para entrar a por ellas en un lugar del cuartel para portarlas en el desfile.
 Me puede la curiosidad, además de ser honor tomar alguna en mis manos, por lo tanto me ofrezco para que sea yo uno de los abanderados de esta capitanía. Sin ningún impedimento me señala el lugar de donde debo recoger una de ellas y sin bacilar entro con la incertidumbre de cual me tocaría cargar. Había cuatro apoyadas en la pared junto a unas diez mujeres tapadas en pañuelos y entre las cuales podían estar las artesanas y algunas esposas de los soldados. Por ser yo el primero en acercarme no tarde mucho en elegir, la que a mí me pareció mejor y más adornada, pues tenia una estrella de ocho puntas bordada en rojo y oro, en fondo verde, además que me pareció recordar que aquello era algún símbolo antiguo de nuestro pueblo.
 Cundo ya me disponía a salir, escuche mi nombre árabe de entre aquellas mujeres que permanecían sentadas en cojines alrededor de un brasero.
 Gire mi cabeza preguntándome cual de ellas reclamaba mi atención y de entre todas, una había dejado el aposento y permanecía ahora en pie.
 Dando ella unos pasos suaves y cortos hacia mí, otra vez me dio palabra de que como andaba. Al ser frase mas larga pude recordar aquella voz tan generosa y apacible, mi corazón comenzó en galope de corcel, después de tantos años sin escuchar aquella mujer que me robo el alma. Estaba de nuevo delante de mí, sacando todo aquello que había sentido por ella.
 Sin yo esperarlo fue descubriendo su cara oculta en pañuelo azul oscuro y aparecieron aquellos grandes ojos negros como en noche sin luna, con mirada apasionada de brillosa locura. Pestañas grandes como abanicos de cara seda, mujer de quijada fina y labios en dulce sonrisa adornada en blancura, pelo moreno y lascivo que en lecho y desatado le venia a la cintura.
 No era otra que Nazira, aquella molinera de Orce a la cual me dedique en amarla tanto que termino por dejarme marcado para toda mi vida, pues desde que nuestros caminos se separaron, llevo mucho remordimiento por dejarla sola y en desamparo con dos criaturas chicas.
 A pesar del tiempo trascurrido parece que los años no le dieron mal de vieja, pues permanecía en ella algo de aquella belleza y frescura.
 Me dedicó una leve sonrisa y de nuevo quedo tembloroso no pudiendo remediar sacar lágrimas en pena. Acerco mi cara a la suya y sin importarme el que dijeran las demás mujeres, le rozo levemente con mis labios en los suyos. Sin soltar palabra alguna salgo medio aturdido de aquella habitación pues no había encontrado la manera de decirle las cosas guardadas, además uno de los hombres de afuera me daba llamada en voces para que saliera en prisas, pues solo faltaba yo por tomar mi puesto en las hileras de gente.
 Tras recibir una buena reprimenda de Ozmin me hacen colocar junto a mis hijos en el principio de la formación, detrás mismo de los capitanes y justamente delante de Almocatar y sus otros dos zagales grandes.
 Comenzamos la bajada al son de tambores y fanfarrias y animados por los guerreros damos voces y jolgorio para que los centinelas cristianos ya puestos en lo alto de los cerros contiguos puedan adivinar nuestra moral y disposición a no dejarles pisar este sitio, haciéndoles parecer que andaban equivocados en las cuentas de los que defendemos Galera.
 A punto de llegar el sitio acordado y en el cruce con la calle de “el gato” nos damos con las gentes de el capitán Hernando Alazfí,”el gordo” que bajan de su cuartel a tomar los sitios de por la puerta y las casas que hacen de muralla, por lo cual hacen frenar nuestras banderas, pues llevan delante un falconete subido en hombros por unos diez hermanos y había que darles prioridad de paso por lo costosa y pesada de tal carga.
 De tal manera que al finalizar ellos de interrumpir nuestra bajada, nos unimos justamente a continuación, cubriendo por completo el tramo que falta para llegar a la puerta.
 Una vez mas tenemos que esperar a que ellos tomen los sitios y alzar con cuerdas la pieza de artillería en una plataforma de unas cuatro varas de altura, hecha de piedras y yeso que han fabricado detrás de una de las casas, para a buen seguro tenerla protegida de los cañonazos cristianos.
´Sin tardar mucho tiempo comenzamos la revisión de las armas y en fila recogemos lo prometido por el capitán.
 Cuando ya nos tienen en formación para repartirnos por el carril se escuchan en la distancia varios disparos de arcabuz y unos avisos de añafil que vienen de la atalaya de por encima de los baños, dando notas de alerta a la población.
Necesariamente se monta gran pánico y desconcierto entre nosotros, por lo que nos tienen que apaciguar como pueden para no entrar en desorden.
 Debido a la incierto de lo que sucedía de por fuera de Galera, algunos no podemos aguantar la espera y no tomando en serio las directrices dadas por los que mandan, vamos a buscar sitio por donde dar vista a lo que acontece.
 Ayudado por mis hijos me puedo encaramar en lo alto de los sacos de tierra que protegen el maltrecho portón, hasta poder dar asome por encima de ella, pero con mucho peligro de que se desmorone aquella defensa y pueda hacerme descalabro.
 Desde aquella posición no podía adivinar ningún movimiento, pero se pueden oír los gritos de los que ya posicionados sobre las casas que hay al principio del camino.
 No tardando demasiado tiempo se pueden percibir relinches de caballos y al aparecer por donde mi vista me doy cuenta de que vienen desbocados y sin montura alguna, pero mi piel queda como de gallina, al darme cuenta de que cada uno de los ocho animales traen en cuerda larga y arrastre una persona.
 En lo poco que me dejan ver por las prisas de los corceles que toman para el camino de las eras, el horror se me hace una vez más al contemplar aquellos cuerpos ya casi desnudos, despellejados y teñidos de colorada sangre.
 Uno de los que estaban cerca de mi da la voz de que le pareció reconocer algunos animales, diciendo que son de los que se dieron por huidos cobardemente en la anteanoche.
 Al parecer fueron sorprendidos por las patrullas de cristianos, que a buen seguro vigilan los caminos de los pueblos cercanos.
 Tras bajarme como puedo, de nuevo me dan la atención por negarme a la orden, pero como al ser muchos los que no la cumplieron, todo queda en poca cosa.
 Ya colocado en mi sitio y con bandera en hombro, escucho a uno de los enlaces con lo alto de el cerro, como le dice a Alacero que a los huidos ya les traían muertos desde Castillejar y que al llegar cerca de el puente les dieron espante y latigazo a lo caballos para que tomaran para la iglesia.
También le da la noticia de que el marques entro en el campamento cristiano, no hace mucho, con seis piezas de artillería de los de Huescar y que los de trabajo estaban fabricando ya unas plataformas en donde irán colocadas.
 Vino a decirle también que el turco había dejado en la mano de el galerino, si se hacia misericordia y sepultura a los renegados, pero que aconsejaba no hacerlo por el peligro de vidas al salir a buscarles al descubierto y que para el, no merecían tal entierro.

 

 José Antonio Blázquez Romera       Edición y diseño, Fermín Guillen

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