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EL MERCADER
DE GALERA,
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CAPITULO XXV
En la siguiente jornada me pongo en faena de prepararme lo que me encomendaron y
para tal menester afilo bien la faquilla y recojo una flecha del cestillo, para
tenerla de comparación en su tamaño con las que debo de fabricarme.
Cuando ya me dispongo a tirar para abajo me doy de frente con mi hija
Elvira que viene entre grandes lloros y lagrimas, dándome un abrazo me dice que
su amado, hijo de Gonzalo Maxinia termino su larga agonía, feneciendo entre sus
brazos y que quedo en sueño para siempre.
Intento apaciguar su dolor y me doy cuenta de que es mejor dejarle en desahogo y
doy aviso a su madre para que este a su lado mientras le dure este padecer, así
que retomo la bajada hacia la casa que fue de Pedro García, el cristiano mas
odiado de todo el contorno, pues nos trataba peor que a las bestias y era tal su
forma de castigar a los esclavos, que alguna vez se le fue la mano y los dejo
lisiados para siempre y que mas de uno le tenia guardado la venganza , además se
quedo solo hace unos años, pues cuando una noche este se fue a calentar las
sabanas del catre de una esclava, su esposa y cuatro hijos salieron de Galera y
jamás se supo para donde tiraron, pues ellos también vivían envueltos en miedo y
tomaron la forma de huir de sus garras para siempre.
A este demonio le dieron los míos lo que se había ganado en muchos años,
pues me dijo mi esposa que cuando el día que se alzaron los míos, los servidores
y esclavos moriscos que ya estaban al corriente de lo que sucedía se fueron para
sus aposentos y le sacaron en arrastre hasta la calle y le dejaron sin vestido
alguno, haciéndole correr calle arriba y calle abajo y que cuando ya estaba
cansino y bien apaleado, le degollaron sin compasión y se lo llevaron a colgar
en una higuera de las eras y que al pasar los cuatro días, cuando llegaron los
de Huescar solo quedaban algunos pellejos y huesos, pues los buitres, cuervos y
demás alimañas le tomaron como alimento.
Esta casa es la más grande y lujosa que hay en Galera, pues dicen que tiene más
de una docena de cuartos, tres cocinillas con sus tres chimeneas y que los
sirvientes los tenía amontonados en un cuarto grande al lado de las cuadras.
Dicha casona esta situada por encima de la cuesta de los baños y forma parte
ella “mesma” de la muralla de abajo y a un lado tiene un gran patio con más de
treinta pasos a lo largo y unos veinte en ancho y que tiene un pequeño huerto y
varios árboles frutales, como un cerezo, una higuera y dos melocotoneros, aparte
de varios que dan sombra, un paraíso grande y varias acacias y todos los lados
de la tapia esta con muchos rosales y enredaderas y en su centro una alberca en
redondo.
Como me temía la puerta se encuentra abierta de par en par y al cruzar el umbral
me encuentro que ya no queda trasto alguno en ella, pues los míos a buen seguro
se hicieron con ellos para su beneficio o bien para tener parte en las
montoneras y traviesas que hay por las calles y me dispongo a curiosear por todo
los rincones y cuartos e interminables escaleras y al llegar casi a la cámaras
escucho unos golpes como si estuvieran haciendo derribo de paredes y tapias y me
boy hacia donde escucho tal desorden y me doy con una persona a la que no me
viene en conocerla.
Estaba con la maza de hierro dando golpes en las paredes de una pequeña despensa
que se situaba a un lado de la puerta de dichas cámaras.
Le doy pregunta a lo que estaba haciendo y me dice que sigue con la faena de
buscar los caudales y joyas del rico cristiano y que nadie hasta ahora se tuvo
en la suerte de encontrar nada y tenia la intención de hacer derribo de lo que
sonara en hueco y que le llamaban Juan Abulaya “el tuerto” y que era uno de los
de Elmalev, que no se quería ir de Galera sin un buen botín.
Me di cuenta al momento de que su apodo estaba por su defecto, pues tiene uno de
los ojos en negro de aceituna, le digo que le sea el día con suerte y me dirijo
escaleras abajo hacia el portón que da a el patio y me encuentro tal destrozo y
desorden que no se como puedo pasar, pues parece que se había labrado sin
miramiento alguno con las azadas y se veían grandes hoyos y zanjas , suponiendo
que mis hermanos se afanaron en dar con los tesoros y riquezas de el infame Don
Pedro, que hasta el pasillo de losas que había de por en medio las tenían
levantadas de su sitio, menos mal que a los inocentes árboles no le dieron mal
alguno y las montoneras de tierra y riscos me sirvan para dar alcance a las
ramillas de abajo, que e de mirar con sosiego las que me sirvan para mi
ballesta.
Tras un buen rato cortando esas varas chicas y mas rectas las pongo apiladas y
me fabrico un haz y me las cargo a el lomo, con intención de subirme a el carril
, a buscar a el de la fragua que no es de Mahoma (que la paz sea con él) sino de
raza gitana que le llaman ellos y que son mas o menos de la condición de
cristianos bautizados por el interés que por ser con fe verdadera y que se
quedan en Galera sin temor alguno y se que algunos han peleado con fiera
valentía al lado de los míos.
Al salirme del patio me encuentro a “el tuerto” sentado en un peldaño de donde
comienza la escalera, como cavilando, echando por su boca toda clase de
maldiciones y blasfemias por no tener la recompensa debida por su trabajo y me
dice extrañado que no era posible que nadie hubiese dado con lo escondido, pues
los servidores dicen que siempre manejaba muchos ducados y reales y que una
mujer que la tenia para montarla le vio sacar una noche medio costal de monedas
y que las tomaba a puñados del saco y luego las dejaba caer desde alguna
altura para escuchar el sonido de su metal.
La verdad es que yo también me quedo en la duda, como con tanta gente que vino
a escarbar no se dieran con algo de monedas ni riquezas y le digo a tal Juan que
fuera paciente y se pusiera a pensar el sitio donde tal avaro escondiera sus
caudales a buen recaudo de sus cientos de enemigos y sin tener intención de
abrir lo ojos de tal persona con tanta ansia de riqueza fácil de tomar, que mire
por el pozo donde las letrinas o escarbe entre lo sacos de paja de las cuadras o
que se vaya a la majada que tiene cerca de la Alquería de Pedro Ximenez, si
tiene atrevimiento de burlar la vigilancia de los centinelas cristianos o a los
muchos bancales de riego y secano que tiene repartidos por toda Galera, pues
algunos tienen chozones cerrados con llave.
Me despido de el dejándolo entre dudas en lo que le solté en palabras, queriendo
tomar parte en tal hazaña, o si por el caso yo hubiera acertado con el escondite
tan codiciado, me encamino cuesta arriba a lo que me voy encontrando por las
calles y portales muchos corros de gente y aprovecho para descansar de la carga
que llevo, haciendo parada en cada uno de ellos para quedarme con lo que se
comenta y se dice de todo lo que sucede y en uno de estas reuniones de calle que
se montan sin quererlo, en la puerta del horno están discutiendo en voces tres
hombres al parecer de los de guerra, pues llevan buenas y relucientes armas.
Como yo, hay alrededor de la acalorada discusión varios vecinos, que no se
atreven a tomar parte en tal jaleo, al parecer por tenerles demasiado respeto y
temor le pregunto a Ricote “el chico” que quien eran tales personas y me dice
que uno es un capitán natural de Catillejar y los otros dos dicen que son de
Seron y que todos se habían venido con Elmalef y que tenían discusión, al
parecer por tomar algunos el intento de huir de Galera, ante la venida de muchas
tropas cristianas y ver que no hay escapatoria alguna cuando Galera este
sitiada.
Como les noto mucha fe en su discusión y andan con las manos puestas en las
fundas de sus puñales no me conviene meterme en sitios donde no me llaman,
retomo el ascenso pensando que estos que tanta valentía quieren hacernos
demostrar, no están muchos de ellos en disposición de dejar la vida por Galera y
que a la primera ocasión que tengan saldrán para el monte, buscando refugio y
huida y dejándonos solos y en desamparo.
Entre unas cosas y otras la mañana se me esta pasando sin darme cuenta y me
aligero al ver la puerta de Enrique Moreno el de la fragua que andaba con la
faena en el yunque y al verme entrar por su puerta me recibe dejando dicho
menester para hacerme saludo y luego me dice que le siga hasta un rincón de la
fragua donde ya tiene preparado lo encargado por Caracax y la verdad sea cierta
que se esmero en su encargo, pues tiene preparada una espuerta de puntas de
flecha bien afiladas que había sacado de las sobras de otras cosas de su faena,
algunas eran tan pequeñas como para tenerlas en la yema de los dedos , pero con
tanto filo y punta, que me avisa de que este en cuidado de no hacerme mal o
herida con ellas. Tienen una especie de rabillo en la parte de atrás para que
las pudiera engarzar en las varillas y les de amarre para que no se suelten.
Después contamos a buen ojo las ramas cortadas para que no se le de desperdicio
a tal metal ya que me dice que hay otros dos con ballesta y tres con arco
antiguo y estarán por venir a por ellas y solo a de dar media docena mas de las
necesarias por si en un caso no sirviera alguna.
Este gitano tan aplicado en su trabajo me hace sentar a su lado y me dice que
anoche vinieron los ancianos de la Aljama y le dieron el encargo de dar los
azotes a Luís y que me lo soltaba en mi persona, por estar en la certeza de que
tendría lo de la palabra con cerrojo, a pesar de que dichas personas le dijeron
que ni los suyos habían de saber lo dicho, pero que como lleva toda la noche sin
pegar los ojos, dándole cientos de vueltas a su conciencia del mal que tenia
que dar a tal vecino, se quedaría mas manso si recibiera consejo de mi, que me
dice que me tiene como hombre cabal y misericordioso.
Se levanta de la butaca y debajo de un cesto me enseña los ropajes y la mascara
de cuero cosido en forma de capucha larga con tres agujeros que le han traído y
con cautela mira hacia los lados de la fragua y los vuelve a dejar en su
escondite. Dentro de mi humilde sabiduría solo le puedo dar ánimos y palabras
que le quiten la importancia de tal cosa y que no este en preocupación, pues es
voluntad de los que representa las leyes de nuestra gente y que lo mas seguro
que se fueron para el, por no estar con Ala ni con Jesús y así no pagara pecado
alguno
Me dice que esta tarde poco antes de que se esconda el sol será el momento de
subirse a la explanada para comenzar lo acordado y que no a de sacar palabra
alguna para que nadie le de reconocimiento y que saldrá de su casa con el habito
puesto y si por el caso asomara gente por la calle, esperaría detrás de la
puerta, para que nadie pueda verle salir y señalarle.
Después de esta conversación me pone unas cincuenta puntas de flecha liadas en
una bolsa de trapo y me la pongo como bien puedo en el hombro y el haz de
varillas sobre la espalda y poco a poco y sin prisas me acerco a mi hogar
Después de la comida me saco la alfombra vieja que tengo y en donde, en los días
de verano me doy unas merecidas siestas y sin miedo alguno en esas noches de
sofoco me duermo a lo raso.
La coloco en el portal buscando ese sol tan placentero de puro invierno y me
saco todas las cosas necesarias para terminar de fabricarme las
“mata-cristianos” y tras hacer asiento comienzo a quitar las cortezas y nudos a
las ramas y cuando termino vuelven a mis manos y les doy una pequeña muesca en
uno de las extremos y les hago un pequeño corte en donde he de engarzar las
puntas.
Termino luego atando en vueltas y nudo con cordel fino mojado en aceite y con
gran impaciencia me levanto raudo a por la ballesta que antes de probar lo de
mis manos artesanas le doy chorreo al canecrin y la llave, y tenso la tripa del
arco. Sin bacilar apoyo dicha arma en el suelo y meto el pie en el estribo y le
doy tensión, hasta quedar en disposición de cargarla y así lo hago, metiendo una
de mis flechas en la canal y queda lista para probarla
Con sumo cuidado y con el apunte hacia el suelo, por si en un casual se me
dispare sin yo quererlo me pongo hacia el final de mi portal y apunto desde unos
quince pasos a la montonera de leña que tengo a un lado de la puerta y así lo
hago y quedo la mar de contento al darme cuenta de que funciona con perfección,
pues queda tal flecha clavada en un buen tarugo y que al darle vista, quedo el
hierro todo dentro de la madera y que a buen seguro en la carne sin hueso
alguno, entrará hasta un cuarto de varilla, pero he de probarla a la distancia
mas larga y me asomo a la peña de poniente, dando disparo hacia el cerro de
enfrente que debe de estar a unos cien pasos mas o menos y compruebo que llego
sobrada pero con menos fuerza por la distancia.
Me vuelvo a la casa muy satisfecho de lo encargado y me encuentro que están
todos los míos en la morada y la hija, que deje afligida por el dolor de haber
perdido a su pretendiente, parece que ya se le paso el mal y esta en ayuda en la
cocinilla con la madre y la otra hembra esta con sus hermanos tomando unos
dulces dátiles que traigo de levante o Murcia.
Diego me pone al día de las cosas que se dicen y que se están preparando para la
defensa de Galera, que mañana después de el primer rezo se a convocado con
muchas prisas una reunión publica de todos los capitanes y todos los hombres y
mujeres que pasaran de los doce años se subieran a el castillo para tener en
organizar la formas y los sitios por donde se luchara e intentara repeler a los
soldados del marques y que estaba por que esa junta se hubiera llevado a cavo
esta tarde, pero que el consejo de ancianos dijo que estaba por hacer el castigo
a Luís el hortelano y que así no pudiera librarse de su deuda con Ala, pues el
comienzo de la pelea estaba al caer.
Llegado el momento nos subimos todos a la replaceta para acompañar en oración a
nuestro vecino, mientras sea azotado y ser testigos de dicho daño, mas de
corazón que de cuerpo, pues son estas heridas mas duraderas en cicatrizar y ser
el centro de las miradas, pero no a de tener vergüenza de su arrepentimiento
sincero y que después de todo esto será redimido y perdonado por los profetas y
nuestro misericordioso Dios.
Cuando llegamos ya espera una multitud en corro, alrededor de el palo de azote,
que de momento esta sin su próximo pecador. No tardando mucho se escucha el
murmullo de la gente, pues se ve asomar a el verdugo, que anda despacio y sin
prisa alguna y que queda un poco mas debajo de donde estamos todos, esperando a
que suban los de el consejo, dando compaña a Luís.
Por fin dan asomo por el callejón y al acercarse los principales de esta
ceremonia se hace un silencio en todos los que aguardamos y abriéndose el
circulo dejamos pasar a la comitiva, pero he de decir que nuestro buen
arrepentido nos da sonrisa y saludo a los que guardamos amistad con él,
notándose que esta con el alma en sosiego y sin temor alguno.
Uno de los ancianos le pregunta si quiere que se le de amarre a dicho puntal o
por el contrario se hacia sin tal atadura, si se daba en no salir corriendo para
huir de tal daño, alo que este le respondió que no hacia en falta tal cosa, que
aguantaría sin desmayo ni cobardía lo que tenia merecido.
Le despojan de el camisón y le dejan en torso y espalda descubierta y a las
personas que estamos presentes nos dan la señal de que comencemos las oraciones
y nos ponemos las palmas de las manos como en libro y damos con las rodillas en
lo firme y acto seguido Ramón “el viejo” levanta su mano y se dispone a dar
orden a el que azota, pues cada vez que la tenga por bajar a de dar el latigazo
con la trenza y lo ha de hacer sin la menor duda y con la mayor fuerza y
destreza, pues cada uno de los diez golpes no ha de darlos en el mismo sitio.
Suena estremecedor el primer azote al dar dicha trenza de esparto en las carnes
y por la boca de Luís sale un grito desgarrador que se extiende por toda Galera
y que a buen seguro llegara hasta los propios guardias cristianos que acampan
pos los pies de este cerro
Y en los cinco siguientes parece que el castigado ya no sentía dolor alguno y
aguantaba sin sacar quejido alguno y cuando Ramón se disponía a bajar su brazo
de el que seria el séptimo latigazo y cuando la luz se escondía de por las
sierras de Castril, el silencio se trunco de golpe viniendo por debajo de
donde estábamos unos disparos de arcabuces, acompañados de grandes gritos y
algarabía, de lo que parece voces de guerra y de quejidos de muerte entre los
relinches de caballos, alo que el anciano no pudo seguir con lo que Mahoma (que
la paz sea con él) había guardado para mi amigo el hortelano y todos los
presentes nos fuimos a las peñas y puntales para ver que estaba sucediendo por
los caminos.
Al dar vista por encima de la casa de “alpanchia” y de por el camino de
Orce y el camino de el salitre se veían mucha gente a caballo que pasaban a galope
tendido entre unos pocos soldados de la guardia que les daban grandes tajos con
las cimitarras y espadas en las cabezas y cuellos y otros se bajaban de sus
monturas y disparaban con los arcabuces a aquellos que tomaban por huir por el
camino o los ribazos y como eran muchas mas docenas los de a caballo que los que
les sorprendió en pie de tierra no tardaron en darles muerte sin compasión, pues
se bajaron los que seguían en lomos de los animales y degollaban a los heridos
sin compasión alguna, que desde aquel sitio algo alejado se escuchaban los
gritos de misericordia que no fueron atendidos.
Suben algunos de los que estábamos en la replaceta, que se fueron a la peña que
da a la iglesia y de por detrás de la muralla chica y nos dicen que los jinetes
se hicieron con las carretas de provisión de víveres y pólvora y que los mataron
a todos y que algunos cristianos les dio tiempo de montar los caballos y
salieron para las eras y para el camino de Castillejar, pero que les dieron
alcance muy pronto a estar los animales parados y en frió y los otros ya andaban
al parecer con mucho rato en caliente, por venir en galope.
Al poco tiempo se escuchan unas voces de a lo que parece de júbilo y alegría que
vienen de por la iglesia o la puerta grande y que pregonan en voces muchos vivas
a Galera y a nuestro Profeta y nos damos cuenta de que son gente de armas de
nuestra condición y han de ser hermanos que acuden en auxilio de nuestro
destino.
Tomo la decisión de bajarme con mi familia a ver tales personas, pero al pasar
por donde se estaba dando los latigazos doy con mi vista a Luís que esta en
rodillas junto a Ramón y Enrique y al dar cercanía escucho como le dice el
anciano a el castigado que a sido voluntad de el mas grande que quedaba pagado
su pecado y seguidamente se saca de una taleguilla un pequeño recipiente en
cristal y un trapillo blanco y le pide a el que azota que le de con ese mejunje
en las heridas que a buen seguro conozco esa medicina que sirve para que no le
de infección alguna, que esta hecho de hojas de
ortiga y manzanilla borde, dejadas en agua en maceración
Estamos unos momentos dando animo a el que dio y a el que recibió y con mucha
inquietud nos bajamos en prisas cuesta abajo en compaña de mi esposa, pues mis
zagales les pudo la impaciencia y salieron delante de nosotros
Al legar a la puerta ya esta casi toda Galera recibiendo con estruendosos voces
y abrazos a aquellos que les tomaron como salvadores de nuestras vidas y que
vienen para darnos las necesarias esperanzas.
Hay un jinete que esta en rodeo de mucha gente y a de bajarse de el pura sangre
y retener al animal desde abajo, tirándole de las riendas y apaciguándolo,
pues le falto poco de entrar en espante y hacer mal alguno y al acercarme mas a
este valiente adivino porque esta con tanta gente haciendo saludo, pues es un
capitán de monfies, natural de Galera al cual se le conoce como Alacero Hozmín,
hermano de mi ya enterrado suegro y tío de mi esposa, y que hace ya cinco años
que salio de estas tierras por no pagar a la ley , después de herir de muerte a
un recaudador de diezmos de Baza, que venia todos los años a cobrar a los de
Galera y que una noche que fue a casa de Alacero en condiciones de tener mucho
vino embuchado y no estando presente, el de la casa, quiso aprovecharse de su
esposa y llevar la intención de forzarla y que cuando ya la tenia en desmayo y
con la túnica levantada y dispuesto a introducirle el badajo, fue sorprendido
por el esposo que en aquel mismo instante entraba por la puerta y este le asesto
tres puñaladas mortales en la misma espalda a tal Bastetano.
El caso es que se fue como fugitivo y se tiro a los montes de Almería y Granada
y dicen que tomo gran fama entres los escondidos por su fiereza en la lucha y
sabiduría de letras, pues era persona dada a la escritura y las cuentas...
CAPITULO XXVI
Como guardábamos cierta amistad, sin llegar a mucho trato y siendo algo
mas joven que yo, parece que nos da reconocimiento y se dirige entre los
que le aclamaban, hacia nosotros y nos da abrazo a todos, en especial a
su sobrina por ser de la misma sangre y linaje al igual que a los
zagales, que pasaron muchos días cuando eran chicos, en su casa,
mientras yo andaba por los caminos.
Me doy cuenta en su conversación que no ha cambiado en sus formas y
educación, sacando mesura en sus palabras, dándoles ese aire que le
señala como hombre refinado e ilustrado.
Parece que este tiempo que estuvo en revuelto con tanta gente de chusma
y mal vivir, no le ha quitado esas virtudes.
Me dice que hay otro capitán que viene con ellos, que le dijo que tenía
el gusto de conocerme y que quedo agradecido por señalarle el camino de
la sierra de María y de darle consejo y techo. Fue entonces que recordé aquella gente que conocí en la majada de
el Moral y que sino me falla
la mollera le llaman Benamir, aquel que andaba buscando mas gente de
guerra para unirse a la pelea. Le pregunto si por casualidad le decían Benamir el de “Villena” a lo que Alacero me afirma que es el, al que yo
nombro. Levanta su mano diestra y con gran voz de mando hizo sonar su
nombre entre el escándalo que se había formado y de inmediato aparece
con aquel gran caballo, haciéndose paso por entre el hormiguero de gente
y al llegar a mi altura no hizo otra cosa que abalanzarse hacia mi
persona y darme abrazo y palmada en la espalda.
Con alegría me dice, que es de hombre cabal y valiente haber vuelto con
los míos, estando fuera del peligro y sin que la muerte me diera vista
y lejos de Galera.
Tras hacer conversación durante cierto tiempo y entre empujones y
saludos de las gentes que estábamos en gozo y siendo inútil tener en
calma tal dialogo, Alacero acude a mis hijos y les dice que se bajen dos
o tres mulas y algunas sogas y que se suban los dos falconetes y los
tres barriles de pólvora y que recojan todas las armas a los cristianos
muertos, que deben de estar aun con la sangre a borbotones y para tal
fin les dice que se esperen con dichos animales en esta puerta, hasta
que la gente se suba a sus casas, pues habiendo pólvora cerca es cosa de
pocas luces trastearla con tal jaleo, que les ayudaran y tendrán en
darles escolta tres de los suyos.
En ese mismo instante aparecen por detrás nuestro, el tal capitán turco
(Caracax) junto al de Serón y algunos de su bando y con algo de
arrogancia se dirige en palabra hacia mis zagales, diciéndoles que
queden quietos, que sus hombres se encargaran de todo y que aquí dentro
de Galera se haría lo que el mandara y que nadie había de cambiar su
orden.
Se notaba en dos leguas que tal capitán andaba con la envidia de por
dentro, pues los vivas y alabanzas que los nuestros estaban voceando a
estos jinetes, que altamente valientes han dejado sin enemigo estos
caminos y alrededores, parece que no le deben de haber sentado nada bien
a las gentes de armas, que aquí estaban, por quitarles el reconocimiento
y afamada valentía y sobre todo que
entre estos nuevos defensores esta uno de Galera y deben de temer que
les quiten el mando.
Alacero se da cuenta de el tono que se gasto el turco y sin temor alguno
hace unos pasos y se pone en su frente diciéndole que sosiegue las
palabras y deje de hacer valer su condición y presumir de que el que
manda, había llegado, como queriendo decirles que no tenían parte en el
entierro.
Que aquel botín que habían conseguido con tanto afán seria de los de
Galera y que sus hombres y el mismo darán por administrarlo, pues fueron
ellos los que pusieron la vida en peligro y era justo que ellos lo
tomaran y ordenaran la que se debía de hacer y que no pretendía
usurparle la capitanía a nadie, pues dentro del pueblo tenían que
estar todos unidos, sin recelos ni discusiones por quien tiene esa faena
y que era necesario dejar en claro las funciones de cada uno.
Caracax parece enfurecido por haberle parado su soberbia, el paisano
Alacero y monta en cólera sin motivo alguno, pues a mis entendederas no
le ofendió en nada, pues solo le dijo de buenas palabras de lo que
pensaba hacer con las cosas de los guardias cristianos. Así que este
empieza a decir que como tales desacuerdos sigan entre ellos tomaran por
salir de Galera, al lado de su caudillo.
No soy dado a meterme donde no me llaman, pero esta vez viendo que
la discusión vendría a mas y temiendo que se enzarcen con las manos
decido tomar parte y mediar entre ambos capitanes.
Les doy unas palabras diciéndoles que no es momento de que entre
nosotros brote el rencor, la envidia ni el odio y que de lo que se debe
de discutir es la forma de hacer de este pueblo una fortaleza, difícil
de tomar por nuestros verdaderos enemigos y le propongo a el turco que
sea mas indulgente con los que vienen a estar con nosotros y que ceda en
que estos hermanos dispongan de las armas, pólvora, víveres y animales
de los fenecidos y que una vez dentro de Galera se reparta y administre
de la mejor forma y mas justa y que cuando surjan los desacuerdos poner
a todos los capitanes en dar su parecer y hacer aquello que se diga en
mayoría, pero que las cosas que no sean de guerra habían de ser para los
de el consejo.
También me dirijo a Ozmín diciendo que Caracax había hecho de este sitio
parte de su corazón y que defendió con valentía y arrojo cuando los de
Huescar y de los de Antonio Enríquez pretendían tomar esta plaza y que
dejara las cosas tal como están, con el mando en su persona.
Extrañamente ninguno de los dos me deja sin razón y ambos asienten con
la cabeza mi consejo y mis palabras, pues entonces el turco reclama a
mis hijos y les vuelve a dar el permiso para el menester que le dio el
Galerino y se acerca a este y le saluda como buen hermano y los demás
que venían con el también lo hicieron, saludando entre voces de alegría
a todos los recién llegados.
Entre unas cosas y otras se va deshaciendo el tumulto, quedando solo los
guerreros y capitanes que están en conversación y saludo, pues parece
que muchos de ellos se conocían de otras revueltas y escaramuzas.
El de Villena va preguntando donde han de quedar bajo techo los mas de
cuarenta que eran y esta por entre nosotros Almocatar, que les dice que
todos le den compaña para dejarlos en el sitio donde descansen ellos y
los animales y al yo preguntarle en donde los llevaba, me dijo que a la
casa de Pedro García, por ser de mucho sitio y con patio grande para
tantos caballos.
Para entonces mi esposa se había subido con los hijos e hijas, pues
ellos tenían la encomienda de pedir a los vecinos dos o tres mulas, para
acarrear lo dicho.
Sigo en curiosidad de todo lo que se hace de por la puerta y es entonces
cuando mis ojos se detienen en unos jinetes que están sentados en el
tranco de la puerta de la iglesia, que por estar algo alejada de la
entrada de esta villa no los tenia por vistos, pero cuando Alacero los
reclama para subirse para donde se les dará techo y sostén me quedo
pasmado al adivinar que no eran hombres, sino dos hembras casi vestidas
como ellos.
Eran estas jóvenes mujeres muy espigadas y con buena anchura de pecho y
caderas y extrañamente no les cubrían nada en sus cabezas, salvo unas
diademas de plata que les tomaba parte de la frente y el pelo negro y
largo atado en cola de caballo que les llegaba hasta por la cintura y
los pantalones en bombacho, abiertos desde los tobillos hasta algo mas
arriba de las rodillas, con camisas de seda en rojo y chalecos de cuero
remachados en bronce, a modo de armaduras, y botas negras con adornos
relucientes haciendo juego con las muñequeras y con tal belleza de cara,
que es difícil distraerse mientras pasan, pues tienen los ojos grandes y
con brillo y sus labios bien formados y carnosos, de donde les asoman
sus dientes, mas blancos que la sal de la mar, además están bien armadas
con espadas de Damasco, con empuñaduras labradas en marfil.
Se da cuenta Abenamir de que me quedo ensimismado con tal visión y tras
hacer sonar unas carcajadas me pone al corriente de quien son estas
hermosas guerreras y me dice que son dos hermanas e hijas de un rico
comerciante de Orán, que vino a vivir a Granada hace ya muchos años y
que tras ser acusado de dar cobijo y dineros a los que estaban tirados
por las sierras le dieron tortura los de la inquisición y en grades
sufrimientos quedo muerto y que las hijas todavía chicas se fueron a
buscar refugio y se criaron entre las gentes de armas, teniendo ahora el
respeto de todos por su destreza en la pelea de el cuerpo a cuerpo, no
habiendo nacido nadie que les iguale ni les ponga en dificultad. También
me dice que se les conoce como las “zarzamoras” apodo dando por las
gentes de Las Alpujarras que se les hacia difícil hacer sonar el nombre
de una de ellas que es Zarzamodonia, la de mas edad de la dos y que la
única misión que tienen es dar venganza a los cristianos mientras tengan
la vida.
Prosigue diciendo que lo se les conoce amantes ni pretendientes y a
pesar de que muchos las desean con locura, no se atreven a hacerles el
necesario cortejo, por miedo a que se lo tomaran a las malas y sabiendo
que un día cerca de Guadix, cuando hacían el camino con cinco de los
suyos y habiendo pecado estos con el vino se propusieron hacerlas suyas,
cuando las sorprendieron bañándose con poca ropa en la poza de un
nacimiento, pero les dio tiempo entre el forcejeo de hacerse con las
espadas y les dejaron a los cinco sin vida y que sus cuerpos los
metieron en tal poza, quedando toda ella teñida en rojo.
Así que seguramente están sin estreno a esperas de que alguien les quite
su preciado tesoro, que aquel que fuere el primero seria nombrado Califa
de estas tierras y ser de privilegio seguir con el linaje de estas
valientes servidoras de Alá.
Tomamos ya el carril arriba, y me pongo al final de tal reata de
caballos, jinetes y antorchas encendidas, junto a Benamir, menos a tres
hombres que han dejado para dar ayuda a mis hijos, pero como ya es noche
cerrada les dieron orden de que cuando tomen la carga, la suban a donde
harán el descanso y que siendo tarde y peligroso andar por los caminos
en lo negro de la noche, que dejaran la encomienda de traerse las otras
armas que quedaron al lado de los muertos cristianos, que mañana al ser
en día bajaran a por ellas y darán montonera de tierra a tanta carne
tirada, pues no se quiere que se meta el tufo a podrido por las ventanas
de Galera.
Nos cruzamos con Alonso y Diego que bajan con cuatro mulas y algunas
sogas y algo de leña menuda y esparto para hacer hoguera al lado de la
puerta, al parecer para que de por alumbrarse algo por donde esta la
carga y les prevengo de las chispas de la leña, no sea que tomen para
los barriles de pólvora y el de Villena solo les da consejo de que la
enciendan a contra viento de donde alcen dichos recipientes y que antes
de cuando tomen por atravesar la puerta, la apaguen con seguridad de que
no queden ascuas.
Me doy cuenta de que no ponen mucho afán en escucharnos, pues vienen
entre risas y carcajadas, no parando de echar la mirada hacia por detrás
y es que parece que vieron a las mujeres y se les removió la sangre al
contemplarlas, pero quedamos en sorpresa al ver que desde la mitad de la
hilera de gente que hacíamos la subida, dichas hembras se habían parado
y salido de la reata estando también en carcajadas y dándoles vista,
hasta que al adivinar que se paraban con nosotros siguieron el ascenso
haciendo disimulo.
Mientras ellos se bajan a tal fin de la carga, estos guerreros tuercen
por la esquina del “callejón del gato”
tomando para donde les conducía Almocatar y tras despedirme de los que
tenia mas cercanos me subo para mi casa, que a buen seguro me tendrán
por esperarme para la cena y no demasiado tarde tomare el camino de el
cuarto de dormir, pues mañana nos espera otra jornada con mas cosas que
preparar, entre ellas tomar las ordenes y consejos sobre los
preparativos de la defensa de nuestras vidas y que no he de quedar
tranquilo y en paz hasta que estos zagales míos, estén con nosotros para
pasar la noche.
Algo mas tarde de la media noche aparecen por la puerta de la casa estos
buenos hijos, que me encuentran esperando con mucho sueño junto a mi
esposa, que tenemos el sitio al lado de la lumbre después de haber
cenado hace ya rato y que la perola del guisado esta a lo caliente,
para que ellos dispongan su bocado. Así que les dejamos solos y en
tranquilidad, pues aparto para mañana el preguntarles como les ha ido con
el cumplimiento de las ordenes de esta noche y nosotros tomamos para el
cuarto adentro a descansar.
Algo más pronto del alba nos despertamos todos de forma repentina y
alterados, pues se escuchan los golpes de timbales y el repique de las
campanas de la iglesia y voces de gente que nos avisan que demos por
terminado el descanso, a eso que me asomo en zaragüelles (calzoncillos)
a ver que pasaba con tanta prisa que se daban en interrumpir el sueño y
me doy con Gonzalo Abulací y Diego Amoleyla dando grandes porrazos a los
timbales que los llevan colgados en bandolera. Me dicen que tienen orden
de reunir pronto a toda la gente en el castillo para dar las encomiendas
a cada uno para que se sepa de antemano y no tire la gente desbocada
cuando estén los cristianos al pie de el cerro y dispuestos a el ataque,
no sea que nos den por encontrarnos sin preparar la defensa y que además
esta mañana a de hacerse gran trabajo por cada uno de los que aquí
estamos, el cual ya nos lo dirán los capitanes.
De nuevo, como en el día anterior hacemos subida a la replaceta de losas
de el castillo, donde esta toda Galera, menos los que están de
centinelas, las madres preñadas o las que tengan zagalillos de pecho y
las ancianas o ancianos que les sea penoso subir hasta aquí.
Están los siete capitanes subidos encima de las escaleras de la entrada
de la fortaleza y por debajo de ellos los doscientos guerreros de
Elmalev y los casi cincuenta de Alacero, todas las personas de Galera y
los que vinieron de Orce y Castillejar.
Haciendo las cuentas me salen casi un millar y medio de gente que pueda
hacer defensa o hacer mal a los cristianos, contando con las mujeres y
zagales de mas de los doce años.
Cuando ya esta colmada la plaza hasta no verse el suelo de tanta
gente, que hasta algunos mas, con la agilidad de la juventud se han
subido a los terrados de las casas de al lado y otros que treparon por encima
de las murallas que rodean tal replaceta, Caracax manda callar a todos
los presentes haciendo disparo al aire con su arcabuz, tomando de golpe
el silencio y comienza diciendo con voz alta que estamos aquí todos por
la voluntad de Mahoma (que la paz sea con él) y que debemos de estar
preparados para lo que el nos tenga encomendado, que estos días pasados
se defendió este sitio con valentía y coraje, pero que lo que hay por
venir no es para comparar con lo vivido, pues anoche un hermano de
Benamaurel se pudo escapar de dicha villa con un mensaje de un espía que
vive en Baza y que esta escrito en vuestra antigua lengua y que dice que
el Marques ha juntado mas de cuatro mil soldados, entre ellos mas de
doscientos a caballo, con algunos cañones y mucha pólvora, y que los que
tenia acampados en Fuentenueva se han subido a Cullar a esperar a tal
demonio y que a buen seguro estarán en Galera no mas tarde de tres o
cuatro días, prosigue diciendo que a buen seguro vendrá lleno de venganza cuando se
de por enterado de que los mas de cincuenta guardias que tenia a los
pies de Galera han sido muertos y que no tendrá piedad alguna, ni vendrá
a ofrecernos misericordia ni negociara nuestra rendición, como lo hizo
el buen cristiano Enríquez y que todos los hombres y mujeres que tengan
cualquier cosa que pueda hacer daño, como las hoces, azadas, hachas,
palos, garrotes, orcas, ondas, las tengan preparadas en sus casas y los
que no dispongan de nada de eso que se bajen con las mulas y llenen los
serones y espuertas de piedras que sirvan para matar y las pongan en
montones encima de los terrados de las casas.
Parece que la voz se le amansa y no puede sacar las palabras y
sorprendentemente le cede la palabra a Alacero que se dirige a nosotros
con el mismo tono de voz que el turco, diciendo que habían acordado
entre los capitanes que las personas que dispongan de cualquier arma,
como arcabuces, arcos, ballestas o lanzas se queden aquí con nosotros
para repartirles la pólvora y dividir en grupos y decirles los sitios
por donde harán el daño y que los zagales grandes se bajen a las
alamedas y a las riveras de los ríos a cortar ramas largas y rectas, que
no sean demasiado gruesas y pesadas y que luego les den punta con las
facas o hachas , haciendo de ellas unas lanzas mortales y da la idea de
hacerse con ellas unos pinchos largos, atándoles en la punta los puñales
o faquillas chicas o alguna cosa de metal en punta y que los que
rebusquen las dichas piedras, no dejen de echar a las espuertas y
serones las de espejuelo pues son altamente cortantes y en especial las
que les llaman “rosas de el desierto”, por las puntas afiladas que
tienen.
CAPITULO XXVII
Finalmente todos los capitanes y su gente sacan sus armas y las levantan
hacia el cielo y comienzan a dar gritos de guerra y vivas a Galera,
contagiando a los que aquí estamos, que no hacemos otra cosa que hacer
más grande la algarabía.
Cuando parece que se hacen más calladas las voces el turco levanta las
manos pidiendo ser escuchado y nos dice que quedemos en rodillas y
tomemos la oración, cosa que hacemos todos los presentes, quedando todo
el cerro en profundo silencio mientras permanecemos en rogativas a
nuestro profeta.
Cuando terminamos el rezo se empieza a ver clareo entre la muchedumbre,
pues muchos se bajan a prepararse a sus casas, de las cosas necesarias
para lo acordado y quedamos unas tres docenas de hombres de Galera y los
refugiados de los pueblos vecinos, que somos los que tenemos alguna
clase de armas, junto a todos los capitanes y sus soldados.
Los que nos mandan nos hacen poner en fila de a uno, y nos hacen pasar a
su frente y como estoy casi al final de dicha fila me doy cuenta
de que según van pasando, los separan en grupos y uno de los soldados de Alacero esta tomando escritura de sus nombres y armas.
Al llegar a dicho sitio el capitán que le llaman Hernando Alazfí
“el gordo” me pregunta nombre, edad y arma que tengo, a lo que le
respondo que soy Diego, hijo de Luis Abemuza, de algo mas de cincuenta
años y que dispongo de una ballesta antigua de cuerdas de tripa y
después de que el que hace de escribano tomara nota, me señala el puñado
de hombres al que debo de unirme
Una vez separados en seis grupos de seis hombres cada se hace recuento
de las armas que tenemos y lo dice en voz alta para que los capitanes
estén al tanto de lo escrito.
Tenemos siete arcabuces de mecha, diez cimitarras, tres arcos antiguos,
dos ballestas, cuatro picas o lanzas, cinco hachas largas de las de
guerra, cuatro con ondas de tirar plomo y un falconete que dejaron los
de Huescar.
Seguidamente a cada grupo se nos unen unos cuarenta hombres de los de
guerra, y su necesario capitán, quedando Caracax al mando de todos y me
alegra y regocija que me cayó en la suerte de recibir las órdenes de
Alacero y el amparo de sus hombres y las dos hermanas Zarzamoras. Nos
dicen que cada uno de las montoneras de hombres sepan a que capitán
tienen y que cada uno acuerde donde y como se han de agrupar, para
recibir las necesarias órdenes y que mañana harán juntar a los que se
bajaron a fabricarse las cosas que puedan hacer mal, para repartirles en
las cuadrilla.
Creyendo que esto ya estaba por tener su fin y darían por decirnos de
bajarnos a nuestras casas y queriendo buscar a los míos para ayudarles a
la rebusca de piedras y varas, nos dicen que hoy habían de darnos faena
a cada medio centenar de hombres y tras estar todos los capitanes en
conversación, acordaron el menester de cada uno. Unos se bajaran para hacer
paso en las diez traviesas, para que las mulas y personas que suban
cargadas, les sea mas fácil el paso y dar ayuda a las mujeres que lo
necesiten, otros se bajaran con las carretas llenas de tinajas y
cantaros y toda clase de cosas que puedan llenarse de agua y se vayan a
el río, las fuentes y pozos y los suban a llenar los aljibes y pocetas,
otro de los grupos de encargara de salir a la vega a recoger lo que se
pueda comer y el forraje para los animales y a su vez hagan boquetes y
den derrumbe a las acequias de por al lado de los caminos, para que
estos queden anegados, para que a los cristianos nos les sea fácil
pasar y que además atraviesen grandes peñones y talen algunos árboles y
dejen los grandes troncos en el camino. Al resto nos dan el trabajoso
menester de bajarnos a recoger los muertos de anoche y darles sepultura,
hacernos con sus armas y aparejos y subirlas para hacer reparto. A los
que tienen arcabuces les dicen que esta noche se pasen por la casa donde
están los de Alacero, donde se les dará una taleguilla de pólvora y
algunas mechas y que las guarden al fresco hasta que llegue la ocasión
de darles uso.
De nuevo afloran las voces de todos los presentes y los vivas me
estremecen de tal manera que la piel se me hace de gallina vieja y los
sentimientos dejan salir un llanto callado.
Antes de partir para las dichas faenas, los capitanes nos agrupan de
nuevo para bajarnos con algo de orden y pretenden llevarnos en desfile
cuesta abajo, pues el turco llama a Abulací y Amoleyla que aguardan con
los timbales y les da orden de que comiencen ha hacer sonar toque de
marcha, colocándose a la salida de la explanada y los capitanes toman la
delantera de cada grupo, comenzando la bajada, cosa que agrada a los
presentes de tal manera que las sonrisas se nos escapan a todos, pues
bien parecemos aquellos hijos de Alá que ganaron tantas guerras y
batallas a los que hoy pretenden borrar nuestro pasado y nuestra fe y
que nos recuerda a los que mas estamos metidos en años, de aquella
fiesta que se hacia ya entrada la primavera, en donde todos los míos
tomábamos las ropas y armas antiguas para hacer unos desfiles, donde se
hacia una especie de batalla con los cristianos de una forma simulada y
que a la vez que servia para recordar aquellos tiempos de esplendor,
también servia para mofa de los señores y de nosotros mismos, pero que
hace ya mas de veinte años tomaron por no dejarnos salir con las armas,
ni dejarnos nada que recordara a nuestros ancestros y linajes.
Al son que escuchamos, vamos llevando los pasos acompasados, como si de
un ejército se preparara para la batalla y entonces al mirar hacia donde
iban los primeros, adivino que el anciano Pedro Tazarí sale de su casa y
le pasa a uno de los soldados una bandera vieja en verde, con una media
luna en blanco, que a buen seguro la tenia escondida desde hacia muchos
años, pues según me dijo su hijo uno de sus antepasados fue soldado de
Boaddil “el chico” y que salvo la dicha bandera de un torreón de el
“castillo rojo” de Granada, para que no cayera en manos cristianas.
A la vez que vamos bajando Almocatar se mete en las casas de los que
tienen bestias y carretas y les dicen que los aparejen con serones o
aguaderas y a los carreteros que enganchen las mulas o bueyes y se bajen
de igual manera, aunque de las siete que había en Galera, solo quedan
tres, pues como muchas estaban en la parte baja del pueblo, los de Henríquez
se las llevaron o le dieron fuego y la mía como es sabido, quedo en
Caravaca. Las gentes que todavía no se bajaron a las vegas y caminos se
asoman por los portales al escuchar el sonido de los timbales y las
zancadas de los que bajamos y algunos se unen al final de la marcha en
desfile, dándonos compaña hasta la puerta grande.
Algunos de los hombres de Caracax y Alacero han torcido hacia los
callejones a por los caballos, pues aparte de darles menester en la
carga, algunos de ellos han de salir a los cerros altos para vigilar
algún movimiento de cristianos, por los caminos de Orce, Cullar,
Castillejar y Huescar, para que las faenas se puedan hacer en sosiego y
sin miedo alguno.
Al llegar a lo llano de enfrente de la iglesia los capitanes hacen
reunir a los suyos y estamos para esperar los animales y carretas que
bajan despacio por la cuesta y Alacero me dice que como sabe de mi
maestría de carretero me hace tomar los dos bueyes de Francisco Manrique
que acaba de llegar a nuestra altura y que entre los dos demos enganche
a la carreta que tenían los centinelas cristianos y que esta por delante
de la puerta principal de la iglesia, que esta por el poniente.
Así lo hacemos sin mucho esfuerzo, pues estos animales toman por
hacernos fácil el enganche y desde encima de ella damos vista a todo el
gentío que se derrama para todos lados y caminos y una de las agraciadas
y valientes mujeres nos trasmite la orden de que tomemos el camino que
rodea dicha iglesia, en dirección hacia el río, pues detrás habían
dejado muertos a una docena de centinelas tirados por el lado de las
tapias y por el terraplén que viene a parar a la acequia de Tarahal y
nos damos cuenta de que vienen detrás de nosotros, todo el resto de el
grupo de Alacero que viene montado a caballo, junto a una docena de sus
jinetes y el resto a pie, cargando a el hombro las azadas y palas para
hacer las fosas donde dar tierra a los fenecidos. No andamos mas de cien
pasos y ya nos damos de frente con la escabechina, pues en medio de la
vereda que bordea las piedras de la iglesia hay cinco soldados y un
alférez que a buen seguro mandaba los puestos de guardia de el marques y
al darnos mas de cerca , parece que nos vienen los primeros olores de
muerte y damos gracias a que quedaron sus cuerpos en la umbría y que aun
no les dio el sol, pero los rastros de sangre reseca, están por todos
lados y la hierva esta teñida de rojo oscuro, y la tapia y muros
salpicados como de ramalazos en gotas grandes y algunas huellas de manos
manchadas. Dicha visión no hace nada mas que ponerme el cuerpo en
retorcijones, pues nunca había visto hasta hoy tal carnicería, que hasta
uno de ellos, tenia la cabeza solo unida a lo que parecía algún tendón o
piel del cuello y algunos los miembros separados y esparcidos por su
lado, pues casi todos recibieron la muerte con las armas de filo. La
otra media docena están unos veinte pasos Más Allá, a la altura de la
esquina del patio de la iglesia y tirados en la acequia de abajo y
parece que algunos ya tienen los cuerpos hinchados, al estar medio
sumergidos en el agua. No tengo el valor suficiente de bajarme a ayudar
a los soldados que los cogen de manos y pies y los cargan por mis
espadas a la carreta, pero les cuesta mucho trabajo subir los de la
acequia, y toman por echarles lazada de por las cintura con las cuerdas
y los de arriba tiran de ellos hasta lo llano y terminan de colmar de
muertos y despojos dicha carreta.
Manrique que si tuvo la osadía de bajar a ver mas de cerca tal macabro
acarreo , me dice que tiremos para las viñas de los tres caminos, pues
tenían por darles entierro en ellas y que cuando sean descargados
tiremos para donde empieza el camino de Cullar, que de por enfrente de
la puerta de levante hasta el final de la cuesta de la “zorra” están el
resto de los cristianos fenecidos, salvo dos que fueron cazados y
muertos por el camino de Castillejar y que según les escucho a los
jinetes ya habían salido a por ellos con los caballos y a buen seguro se
los traerán en arrastre.
Conforme va avanzando el día, mi todavía renqueante cuerpo me esta dando
aviso de que esta soportando demasiadas emociones,
Pues es mucho el horror que estoy contemplando en este día, que a buen
seguro quedara por dentro toda mi vida, si Alá tiene a bien dejarme que
muera de viejo.
Hasta tres acarreos mas tenemos que hacer a las viñas, donde una
veintena de personas ya comenzaron a cavar y mover la tierra y cuando
llevamos la ultima carga ya esta casi terminada la sepultura.
Como llevo toda la mañana sin poner los pies a la tierra, mi compañero y
vecino de fatigas me alienta una vez mas para que baje, aunque sea solo
para dar estirada a las corvas y esta vez tomo por hacerlo, no solo por
la recomendación, sino porque llevaba buen rato con la botija del orín a
punto de reventar, tomo para un ribazo de un bancal, pues están las
hermosas mujeres muy cerca y el pudor me hace buscar el sitio a
lo escondido y desatar el nudo de por lo de mear
Al volver al sitio observo que a los muertos les están despojando de
todas las cosas que se les pueda dar utilidad, sobre todo las armaduras,
petos, zurrones, botas. las bandoleras de la pólvora, las mechas y
mecheros y sobre todo las balas de bronce y las armas de filo, como
machetes o cuchillos, pues las armas grandes y mas dañinas, ya las
tenemos cargadas en el fondo de la carreta y en simple mirada se habrán
recogido unos diez arcabuces, veinte espadas y tres lanzas de pica y una
culebrina con mas de treinta de sus balas.
Llegada la hora de comer aún no se termina la faena, pues solo queda
arrojar los cuerpos a la zanja, que es mas larga que ancha, por estorbar
las cepas cuando de excavaba y de profundo como para dos muertos
tumbados uno encima del otro y así se hace bajándose algunos hombres a
ella, para ir apilándolos en parejas.
Se nota que todos tenemos ya ganas de terminar la encomienda, pues
miramos hacia los caminos y no divisamos ya a nadie, pues deben de estar
por llenar las panzas y descansar del ajetreo de esta mañana tan larga
y penosa y uno de los soldados ya enojado de tanto trabajo se dirige a Alacero diciéndole que estos perros no merecían haberles dado entierro y
que les tenían que haber dejado tirados aquí, para que cuando llegasen
las gentes de el marques, se dieran cuenta de cómo se las gastaban los
de Galera y que ellos se encargaran de los suyos dándoles entierro , que
a buen seguro que a nuestros muertos no les darán el trato que estos
recibieron.
Hozmín al escucharlo se dirige a su lado y le dice que amanse las
palabras, que además de que esto se hace por ahuyentar la peste y las
miserias que da la carne podrida, era de buen mahometano ser
misericordioso con el enemigo muerto, pues al fenecer deja de serlo y
que si no estaba en acuerdo con lo dicho, que cogiera y tomara por salir
de Galera a lo cual este hombre le responde que jamás dejaría de estar a
su lado y que le diera perdón por sus palabras, que todo había sido por
el agotamiento y desmayo y que no pudo retener la rabia que llevaba por dentro, y el de Galera le dijo que estaba en la razón de que se
excedió en esta faena tan penosa y que si lo llega a adivinar antes
hubiese pedido mas gente para tal fin, pero que ya metidos en ello no
hay otra cosa que terminar lo antes que nos sea posible y que hará
llegar a Caracax que los hombres que cavaron no tendrán otra faena hasta
que estén con el debido descanso.
Así que ya colocados los cuerpos en la zanja esta vez todos los que
estamos en este lugar empezamos a echar la tierra, unos con las palas y
azadas y los demás como bien podemos, a puñados y dando empuje con los
pies y no tardando mucho se termina de cubrir todos los cristianos y
Alacero coge una pica de la carreta, que tiene atado un banderín con una
cruz y la clava en la tierra suelta en donde descansan los muertos y
seguidamente nos forma a todos y nos dice que nos subamos todos a donde
los suyos, que sacaran los alimentos y provisiones que tenían los
centinelas y se dará la comida merecida, pero que antes seria mejor que
tomáramos para el río para darnos aseo.
Es de sabios lo aconsejado, pues algunos no se les adivina la cara en
mezcla de sudor y tierra y otros con las manos en rojo de sangre
cristiana. Tomamos para un poco más debajo del puentecillo, donde el
agua viene mansa y sus orillas están en llano con muchas “chinas”
blancas.
Al llegar al sitio toman la mayoría por descalzarse y dar remangue a
los calzones o chilabas y algunos hasta se atreven en quedarse en
zaragüelles , aun estando las guerreras por muy cerca, pero por lo que
adibino no se les pone nada de vergüenza, ni a los unos ni a las otras,
pues entre carcajadas , chapotean como zagales chicos, dándoles por
mojarse unos a otros en plena juguesca y hasta estas tienen la osadía
de dejar las botas en los juncos y unirse a tal escándalo, cosa que me
sorprende de buena manera, pues jamás tenia por haber visto hombres y
mujeres haciendo el baño y eso que nuestra fe no permite tal cosa, pero
al observar a Alcero que no se ha bajado de su montura y que acompaña en
las risas de sus hombres no les tengo como que estén haciendo pecado.
No tenía en bajarme al remojo, pero viendo que se lo pasaban con gran
felicidad, me descalzo las alpargatas para quitarme la mucha tierra que
llevo en los pies y al posarlos en la orilla, noto como se me hacen en
hielo, y me salgo en correntiílla y tiritera y no entiendo como estos
curtidos hombres pueden aguantar tanto rato en remojo que a buen seguro
ellos están ya en costumbre de hacerlo durante muchos años en la sierras
y que lo hacen con las aguas de nieve.
Terminado este rato de alegrías nos subimos hacia la casa de Pedro
García a tomar el necesario bocado que nos prometió el capitán que nos
manda y algunos de los que van a pie, piden que les llevemos en la
carreta, pues deben de estar en reventar de tanta faena y al llegar a el
frente de la puerta han de bajarse, pues tenemos la orden de dejar dicha
carreta en donde estaba esta mañana, para si en caso sirviera esta tarde
para otras cosas, no sin antes subirnos entre todos las armas
requisadas.
CAPITULO XXVIII
Después de apilarlas en un cuarto de los de arriba nos bajamos al salón
grande, pues aunque somos medio centenar de personas hay sitio para
todos y damos asiento a todo el alrededor de dicha estancia, pues
estamos por esperar algo que llevarnos a la boca, pues ya son muchas
horas sin probar bocado alguno, dándome las ideas de subirme a mi casa
donde a buen seguro me habrán guardado mi parte de potaje , pero por
otro lado quisiera aguardar y hacer la comida con mis compañeros y
hermanos.
Me da por levantarme de la impaciencia que llevo y me asomo a la cocina,
donde se ve una gran perola de cobre colgada po unas cadenas hasta una
cuarta de las llamas de la lumbre, que atizan dos personas y que parece
que son los que tienen por costumbre hacer de comer a los de Alacero.
Uno de ellos se dispone a dar vueltas con un palo largo a lo que se esta
cociendo y al hacerlo me viene un aroma que me es gratamente familiar,
pues si mi nariz no me traiciona, a de ser un cuscús acompañado de unas
tajadas de cordero y verdura, las cuales ya las tienen cocidas en otro
recipiente y que lo tienen cerca de la lumbre, para que se mantenga en
caliente, también descubro en unos capazos de cañas, muchas docenas de
tortas de queso frito, donde a buen seguro nos pondrán por encima todo
lo que se a de comer.
Me atrevo a entrar en dicha cocina con la curiosidad de saber que es lo
que cogieron de los cristianos y con algo de recelo me acerco a uno de
los cocineros que me da mirada de extrañado por verme casi encima de la
lumbre y me dice que no debería estar allí, pues solo haría estorbo, y
que si era por ver como iban las minutas, que no tardarían mucho para
comenzar el reparto que andemos con paciencia y amansemos con agua los
retorcijones de las panzas. Le digo que ya me retiraba, pero que si
estaba en darme el favor de decirme que botín de lo de comer se había
conseguido coger, a lo cual me responde que detrás mía en una despensa
grande estaba todo y que yo mismo entrara y le diera repaso, pero que
confiaba en mi para que no me echara nada en la talega.
Así lo hago, tomando un candil de aceite que colgaba de al lado de la
puertecilla, entro y me doy con dos sacos de papas, medio costal de
garbanzos, dos calderos de harina, un lebrillo de habichuelas, una
arroba de aceite, tres cestos de frutas, tomates y verduras y algunos
pescados secos en sal y lo mas curioso es que tenían en un capazo de
esparto todo lo del cerdo y me dio extrañeza que no lo dejaran o lo
tiraran por las terreras. Al salir les pregunto que utilidad se le dará
a lo prohibido y me dicen que se los guardaran para echarlos entre las
montoneras de cristianos en cuanto pasen a la altura de la primera
traviesa, pues en una de estas casas tienen atados tres fieros mastines,
que los llevan con hambre varios días y al soltarlos saldrán para donde
hubiesen caído los trozos, pues ya los tienen en su olfato desde hace
días, pues el que debe de darles suelta les da de comer de vez en
cuando, para que no queden muertos y a buen seguro que algún cristiano
se llevara algún recuerdo de sus afilados colmillos y fauces.
Al cabo de un rato comenzamos mascando aquellos manjares que nos han
cocinado y no tardamos mucho en pasarlos al buche, pues andábamos ya
traspellados, y cuando estábamos en la fruta la mayoría ya estamos en la
calle preparados para salir cada uno a su sitio, y es entonces cuando
Alacero nos reclama para decirnos que estamos todos sus hombres
perdonados de faena para esta tarde y que mañana nos juntaremos en esta
misma puerta, después del primer rezo. Cuando yo estaba por bajar la
cuesta de aquel portal, el de Galera me llama y me dice que tenia
pensado que dos de los arcabuces requisados serian para mis dos zagales,
y me dice que les haga saber que mañana se bajen con migo, que mandara
alguno de los suyos a las eras para darles enseñanza del manejo de
dichas armas de pólvora, pues dice que se les nota listeza y valentía,
que si ellos están por recibir los consejos, hará de ellos soldados de
Alá.
Entre unas cosas y otras se ha hecho tarde encima, pues cuando subo la
cuesta en compaña de Pedro Albarraní y Almocatar, que llevan el mismo
camino que yo, nos vamos cruzando con las mujeres y zagales que de nuevo
bajan a seguir con lo acordado y entre ellos nos damos con la mujer y el
hijo chico de el alguacil y nos da la noticia de que el grupo del
capitán turco ha cogido preso a un cristiano mestizo que se escondía por
el cerro romano y al parecer lo tienen en el castillo. Me da por pensar
que este no vera la luz de otro día, conociendo como se las gasta este
Caracax, pues a buen seguro le estarán haciendo martirio y tortura, para
que hable y le saquen la verdad de lo que estaba haciendo en Galera.
Con el cuerpo algo estropeado de tener falta de descanso, llego a mi
casa deseoso de encontrar a los míos, a no ser que ya tomaran para
bajarse, pero al encontrar la puerta sin cerrojo, es señal de que
alguien me dará la bienvenida necesaria. Al entrar me doy con uno de los
de Elmalev que esta sentado junto a mis hijos y me dice que estaba
aguardando mi llegada, pues su capitán (Caracax) le mando ir en busca
mía, para subirme al castillo, pues me dice que el cristiano cautivo no
hace nada mas que pronunciar mi nombre, pues también dice que me llamen
para que no llegar hacerle tortura, que yo le salvaría de tal
sufrimiento.
De nuevo he de ponerme en marcha con algo de mala gana, pues tenia por
echarme un merecedor descanso y temiendo enojar a el, que esta por
encima, no tengo otro remedio que dar compaña al que enviaron a
buscarme.
Al llegar al cuarto grande de la fortaleza me di con el turco, que
estaba junto a cinco de los suyos y el reo, que se encontraba atado de
pies y manos a unas argollas de la pared, al darle vista parece que
todavía no le habían dado mal alguno.
El capitán me dice que este cristiano les dice con pesada insistencia, que
es de los nuestros y que me son conocidos todos los de su familia, cosa
que al contemplarle mas de cerca no atino a darle por reconocerlo,
aunque su cara me deja en duda, como si a este le hubiese visto antes,
así que me doy frente a el y le digo, que me dijese su nombre o el de su
padre, a lo que el con la voz desgarrada y a medio llorando me dice que
le llaman Ezequiel Carretero, hijo de Virgilio Carretero “el mulero”,
es entonces cuando a esa cara la puedo comparar con la de su padre, pues
como ya dije a sus hijos solo los vi una vez cundo eran chicos y en
verdad que tiene parecido.
Pero me quedo algo intrigado al no comprender como me dice que me
conoce, después de tanto tiempo, pues cuando hace unos días pase por la
casa de su padre, los hermanos estaban ausentes, pues fueron llevados
por los cristianos.
A continuación le pregunto esto que me inquieta y me dice que estando hace
cuatro días en el campamento cristiano, acordaron los hermanos huir de
aquel sitio, pero que antes había de darle muerte al alférez que mandaba
a los cristianos que deshonraron a su esposa y dejaron en pobreza a los
suyos y de esta manera que en la noche cerrada dieron con tal perro en
profundo sueño en su tienda y mientras uno hacia vigilancia por fuera,
los otros entraron en sigilo y mientras le tapaban la boca, Ezequiel le
degolló en el camastro y salieron sin ser vistos ni oídos a los caballos
que habían dejado preparados debajo de unas lomas y salieron siguiendo
un barranco que daba a los llanos.
Prosigue diciendo que en pocas horas llegaron a su casa y que al decirles
a los suyos lo que había acontecido tomaron toda la familia por huir de
aquel sitio a las sierras de Moratalla, pues a buen seguro que mandarían
soldados para llevarlos ante la justicia, pero que este hermano tomo la
valiente decisión de venirse a Galera para ser participe de su defensa y
que Virgilio, su padre, le dijo que preguntara por Diego Abemuza, que yo
le daría cobijo, por eso que me buscaba y que anoche al llegar a este
termino y cruzar el río se topo con los muertos en el camino y quedo con
mucho miedo , pues no adivinaba en lo oscuro de que bando eran y
temiendo encontrarse con los soldados de el marques se refugio entre
unos riscos de el cerro del “castillo viejo”(el real ) esperando a que
el día asomara y por la mañana cuando se disponía a bajar viendo que
mucha gente de Galera salía a los caminos, fue sorprendido por los
soldados del turco.
Así que escuchado lo dicho por este mestizo no tengo nada mas que
decirle a el que me manda que es cierto que conozco a su familia, pues
me ayudaron en mi regreso y le pido que le deje en libertad, que a buen
seguro será uno mas de los nuestros.
Caracax me dice que así lo hará, pero que queda con algo de duda, pues no
se fiaba en demasía si la historia contada pueda ser verdadera, pues
bien pudiera haber sido enviado por los cristianos para hacernos
vigilancia y como alcahuete , para en el primer descuido se vaya para
donde están ellos para decirles como estamos armados y cuantos de guerra
somos en Galera, a lo cual Ezequiel insiste en negar tal acusación y que
jamás se pondría a las ordenes de aquellos que le dejaron sin la pureza
de lo que mas quería, y que además la mitad de su sangre había de ser
árabe, pues le venia de sus abuelas que eran naturales de Alcalá del
Jucar y que fueron traídas como esclavas a Murcia. No tardan mucho en
desatarle de aquellas argollas, no sin antes decirme el capitán que le
dejaba a mi cargo y bajo mi vigilancia y tutela, pues confiaba en que
este no le saliera en garbazo negro.
El mestizo que se le nota con muy pocas fuerzas me da las debidas gracias
por mediar en su libertad y nos dice lo que mas o menos ya sabemos, que
el de los Vélez a juntado cuatro millares de soldados de a pie, y unos
trescientos a caballo y que según había oído, este saldría mañana desde
Baza hacia Galera. Nos despedimos de los de guerra y junto a Ezequiel
bajamos las cuestas, las cuales ya las tengo en hartura, pues ya son
muchas veces que les di subida y bajada. Por fin llegamos a mi casa, que
solo esta mi esposa, esperando mi regreso y algo desinquieta por no
saber de lo que me había acontecido en el castillo, pero al llegar lo
primero que hago es presentarle a tal mestizo, tras darle explicación de
lo sucedido le doy la noticia de que con el, le traigo mas faena y uno
mas para repartir lo poco que tenemos, pues ha de quedarse con nosotros,
como si de nuestra familia fuese y que en este mismo momento le saque de
la despensa algo de sustento.
Al mestizo le invito a sentarse en descanso, mientras mi esposa le
prepara el alimento, mientras yo me voy para los cuartos buscando las
mantas y cojines en desuso, para hacerle un camastro en el cuarto de mis
zagales, que a buen seguro quedaran algo apretados, pero no hay otra
manera, ni sitio para tal menester, esperando que estos hijos míos no
les de molestia por tal imprevisto y lo único que tenemos en
preocuparnos es en racionar y apretarse el cincho en lo del alimento,
haciendo solo una comida fuerte al día, pues solo en la mañana temprano
se pondrá en la mesa algo de conserva de fruta en almíbar. También le
saco algo de ropa, pues la que trae esta en jirones y llena de rodales
de miseria y en tufo de haber estado durmiendo entre las caballerizas y
le digo medio en broma y sonrisa, que después de comer a de bajarse a el
río a darse el necesario aseo, no sea que esta noche no demos por pegar
los ojos, debido a lo que viene por los aires y nos tengamos que salir a
lo raso, buscando ventilar nuestras narices, de igual manera se lo toma,
sacando carcajadas y dándome la razón de tal consejo, pues me dice que
los cristianos no les dejaban libertad para tal cosa y que al llegar a
la casa de su padre solo tuvieron por preparar la huida lo más rápido
que podían y no les quedo tiempo para lo personal.
Mientras el ya andaba hincando los dientes, yo me recline sobre los
cojines de la salilla y por fin pude tomar esa corta cabezada que me
deja casi nuevo y dispuesto para las horas que le restan a este día tan
ajetreado. Mi esposa me dice que mientras yo me tenia en estruendo de
ronquidos, Ezequiel tomo hacia el río con la ropa de le di, pues no
quiso interrumpir mi merecido descanso.
Ya con el sol por esconderse escucho a mis cuatro retoños que vienen de la
vega y que desde abajo de la esquina del callejón nos dan voces para que
bajemos a descargar lo que traen. Mi esposa y yo nos bajamos con mucha
curiosidad de dar vista a lo que llevan y me doy cuenta de que vienen
con las dos mulas de Ricote, pues me dicen Alonso y Diego, que esperaron
a que el terminara su faena, para pedirle prestadas dichos animales,
para acarrear lo que dejaron al borde del camino, que no son otra cosa
que dos haces de mas de diez varas de largas cada uno y que las hembras
llenaron un serón de piedras y chinas de mediano tamaño y al cual
tomamos por dar empuje desde un lado para descargarlas, pues nos es cosa
de sacarlas una a una, pero se arma tal esturreo de piedras que se nos
hace difícil dar los pasos, y que algunas salieron rodando por la
cuesta, pues a buen seguro algunas tomaran por bajar hasta lo llano o
astillar alguna puerta y no quiera Alá que no tengan por aporrear a
alguna criatura o persona alguna.
Las haces de varas, también pesan lo suyo, pero al tener buen agarre las
subimos al portal de la casa, pues mañana habrán de darles punta y
hacerlas como lanzas mortales.
Una vez hecho tal faena, Diego se baja a devolver las mulas a este
vecino, pero antes de hacerlo le digo que se meta en la despensa y que
coja una libra de carne de membrillo en una orza chica y que se la lleve
a los Ricotes, pues se de la mucha necesidad que tienen en alimento y de
alguna forma devolverle el favor y que les diga que estamos todos los de
esta casa en lo que les haga falta, pues aunque también nosotros andamos
escasos de alimento, no nos falta misericordia para los hermanos.
Una vez dentro de la casa y con la noche por fuera mi hijo Alonso me dice
que cuando pasaban por la puerta de la carpintería de Diego Manrique se
encontró con muchos vecinos arremolinados en corro grande con mucha
curiosidad y que al asomarse vio que estaban con este, tres capitanes
con unos diez hombres que parece que fabricaban algún artilugio y que al
preguntar lo que era aquel entresijo de vigas de madera y ataduras le
dijo el propio Alacero, que era uno de los que estaban en ayuda, que
hacían por intentar fabricarse un trabuquete (catapulta antigua) que
servia para lanzar grandes piedras a mucha distancia, pues le dijo
también que el de Villena recordaba haber visto una en la fortaleza de
su pueblo y que funciona mediante la fuerza de la gravedad de un
contrapeso que se izaba mediante unas cuerdas y una vez situada la
piedra, se sueltan las cuerdas y el dicho contrapeso, mas pesado que
dicha piedra que se quiere lanzar, la hacia salir disparada.
Me dice que les dio el encargo de que mañana se bajaran en compaña mía
que les darán explicación de cómo usar los arcabuces, cosa que yo ya
sabia, pero que hasta ahora no les pude pasar dicha noticia.
Un poco antes de la cena y el ultimo rezo aparece Diego por la puerta y
no tardando mucho el nuevo miembro de la familia, que no es otro que el
mestizo mulero, Ezequiel.
Ya todos reunidos les doy a conocer a esta persona a mis hijos y les
explico la condiciones y las nuevas normas de convivencia, sobre todo en
tener mesura en la despensa, pues desde hoy tenemos una boca mas que
alimentar y que espera que esto sea temporal y que nuestro profeta tenga
en salvarnos las vidas, pero que habían de pensar que los cristianos no
serán compasivos con los hombres y que a las mujeres y criaturas
esperaba que les diesen perdón y si no es así, es que su llamado Mesías
y salvador de los judíos no tiene misericordia con los de nuestra
condición.
En oración menciono a todos nuestros profetas y nos encomendamos a
nuestro Dios, para que nos de las necesarias fuerzas para afrontar esto
que nos viene, que a buen seguro será un camino muy largo y penoso, pues
los millares de hombres de guerra, que están al llegar, traerán aires de
muerte y desolación y solo pido que mañana nos den respiro para terminar
de preparar la defensa de esta Galera de Mahoma (que la paz sea con él,
que cuanto mas tarde sea la hora de derramar la sangre mas tiempo hemos
de estar en esta vida en compaña de las personas amadas.
Si es cierto lo que dijo el mulero, este marques asesino y demonio con
casco de hierro solo tardara una jornada en presentarse ante nuestras
miradas y preparado para hacerse con estos cerros y veredas, por eso
debemos de darnos las prisas de poner nuestra defensa lo antes posible y
a buen seguro que mañana el trabajo será mucho para todos, por eso
tomamos para dormir, pero mucho me temo que la inquietud que nos roe por
dentro , no nos dejara descansar en sosegada manera.
CAPITULO XXIX
Comenzamos otro día de poca tranquilidad y con el miedo entre nosotros,
pues aunque queramos hacer disimulo se nos nota a todos que llevamos los
nervios de por fuera, pues yo mimo al hacerme en pie esta mañana y
viendo que todos seguían en descanso me puse como perro rabioso a soltar
en voces y ladridos, para que tomaran por dejar los catres y camastros.
Cosa que luego me vinieron todos a mi encuentro con palabras de
requiebro por la manera tan escandalosa de darles despertar, que hasta
mi hijo Alonso, que jamás hasta hoy me falto el respeto, se dirigió
hacia mi, con el semblante desencajado, blasfemando de una manera propia
de el mismo Satán y tomando un palo me hizo amenaza.
No le quito ni doy importancia, pues reconozco mi pecado y mi testaruda
manía, de que todo el mundo ha de madrugar y en el fondo me alegro de la
manera que me vino mi zagal, pues ya es hora de reconocer de que ya esta
por ser hombre y que la raza y el ímpetu de juventud las lleva a flor de
piel, pero como se de la nobleza que tiene en su interior, espero que
enfriada la refriega, me venga y me pida el necesario perdón.
No tarda demasiado en hacerme salir al portal en compaña de su madre, que
viene en lágrimas y sin decirme nada mas. Se abrazan a mí y una vez mas
les acompaño en los sentimientos, dando remojo a mis mejillas, cosa que
me reconforta y me colma de orgullo.
Tomamos todos por purificarnos antes de la primera Zalá y terminada
esta, solo nos llevamos a la boca dos higos secos en azúcar.
Viendo que el invitado Ezequiel se encuentra con poca confianza de decir
palabra le intento dar conversación, pero a lo mucho que le saco es el
si o el no. Entre tanto le digo que esto que aconteció esta mañana nos
es costumbre en esta casa y no tiene nada que ver con que este a nuestro
cobijo y que no daba nada de estorbo.
Mi hija Elena toma por cogerle de la mano y decirle en confianza, que ya
estaba bien de estar sin hacer nada y que entrara leña del portal, para
la lumbre, a lo cual este se aplica sin rechistar y sino me engaña la
vista, creo que a mi hija le gusto este mestizo, pues se cruzan las
miradas y algunas leves sonrisas cosa que a mi no me cae en demasiada
gracia, pues este, aunque es joven y apuesto , ya tiene mujer e hijos y
no quisiera que a esta zagala, le viniera la “tontera” de desposarse al
ya desposado, dejando a los hijos y esposa de este, en desamparo.
Requiero a mi lado a todos los barones para bajarnos a donde se acordó el
día anterior, pues aunque ni el mestizo, ni mis hijos, no están
repartidos en ningún grupo, había ordenado mi capitán darles instrucción
en las armas y respecto a Ezequiel, tomare por recomendarle por si
quisiera Alacero dejarlo a mi vera.
Una vez en el improvisado cuartel los que hacemos noche en nuestras
casas, nos hacen pasar al patio, donde los de guerra están ya esperando
y me sorprende verlos vestidos a todos en túnicas blancas con turbantes
en rayas coloradas y verdes.
Llevan cargadas sus armas relucientes, pues lanzan destellos al venirles
el sol de la mañana. Estos al percibir que entrábamos junto a ellos nos
dieron los debidos saludos, como si la amistad fuese de toda la vida y
no tardo en adivinar que este capitán de Galera, les tiene bien
adoctrinados en las buenas formas y reglas de nuestro libro sagrado.
Al poco tiempo hace entrada al patio, Alacero y Abenamir, que parece que
ha tomado por ser la mano derecha del galerino.
Nos dice que tomaremos por bajarnos al llano de la iglesia, donde cada uno
de los capitanes se reunirán con su gente en este sitio y que se a
acordado que todos los que sirvan para la lucha y que con las cosas
fabricadas, se reúnan en el mismo punto, para repartirles las armas
sobrantes a los mas capaces de usarlas, para luego hacerles juntar a los
ya escritos, para después asignar la zona donde cada uno de estos
presentara batalla.
Cuando ya tomábamos hacia la salida de la casona, Ozmin llama a Alonso y
Diego, dándoles pregunta si tenían el valor de manejar los artilugios de
pólvora, a lo que ellos le dicen que jamás habían tenido en sus manos
tales armas, pero que a pesar de tenerles algo de miedo, les gustaría
aprender su manejo.
Le presento al mulero y le doy aviso de que es el que sorprendieron ayer
mañana en cerro del “castillo viejo” y que se ofrece con gran valentía a
luchar a nuestro lado y que como el turco me había hecho responsable de
su vigilancia, le pido que le deje a mi lado, a lo cual Alacero me dice
que no veía ningún impedimento para ello y al darle vista y saludo le
dio las mismas palabras que a mis hijos, ofreciéndole la enseñanza de
los mortíferos arcabuces.
Se dirige a uno de sus hombres mas cercanos y le da el encargo de llamar a
las Zarzamoras y a uno que le llaman Ferí “el chico” que según me dicen
es de linaje de personas adineradas de Granada y que junto a un pariente
suyo, El Chapiz, tomaron las sierras como su casa, pues dicen ellos que
andaban artos de que sus padres fuesen tan dados a pagar los desmanes y
caprichos de los cristianos poderosos y de engordar los bolsas de los
curas de San Blas y que en el Albaicin les tachaban de traición sus
propios hermanos y que de tanta vergüenza que sentían decidieron salir
de aquellas abundancias y tomar la vida de escasez y pobreza y sobre
todo en busca de emociones y aventura.
No tardan mucho en asomar las valientes guerreras, que son las únicas que
no tomaron por vestirse de blanco y siguen con su mismo atuendo. Detrás
de ellas viene El Ferí que se une a este corro, esperando el encargo de
su capitán. Les dice que cuando bajen al llano no esperen las
consignas que se van a dar y que escojan tres arcabuces en buen estado
tomando solo la pólvora y bolas de plomo necesarias para unos tres
disparos por cada uno de ellos, pues es aconsejable no gastar en vano la
poca munición disponible.
Prosigue diciendo que se lleven a estos valientes mozos a las eras mas
lejanas de por debajo del “pingorote” de el cerro de el “pelaó” (las
cruces) y les den el aprendizaje necesario, con todas las medidas de
seguridad, pues son buenas para no tener percance alguno, pues estas
armas, como bien dicen los cristianos, “las carga el diablo”.
Terminadas las explicaciones nos reúnen de nuevo y bajamos otra vez más
en zancadas largas y escandalosas a hacer rejunte con los demás.
Mientras llevamos la pendiente, observo que mis dos zagales se rezagaron
un poco y están en conversación animada y en risas con dichas hembras,
pues me da en la espina que estos andan buscando su atención y no puedo
remediar la envidia que me dan, pues si yo estuviera con sus años ya
estaría dándoles el necesario cortejo, pues jamás me había encontrado
con tan hermosas mujeres, que a buen seguro serán diosas en el amor y
una vez desfloradas, estarían para fornicarlas sin descanso.
Abenamir que también se da cuenta de los “tonteos” que se llevan las dos
parejas, me dice que Alacero a tomado esta decisión de enviarlas con mis
hijos, porque el otro día se percató de que ellas no les quitaban vista
y hacían “cuchicheo” entre ellas, además ya les hacían falta unos
hombres a su lado y que probaría una vez mas de emparejarlas, pues las
demás veces que intento hacerlo no llego a cuajar el despose, unas veces
porque ellas no les agradaban los pretendientes y otras porque ellos no
supieron cortejarlas, por ser demasiado rudos e ignorantes y que El Ferí
les da compaña por ser un gran experto en el manejo de el arcabuz, pues
recibió enseñanza de los cristianos pagados por su padre y que llego a
formar parte de la milicia de Granada, pues además será el encargado de
dirigir a los que harán disparar los falconetes y culebrinas.
Ya por media cuesta pasamos a la altura de esa joven viuda que esta
asomada al portal y que a buen seguro mi hijo Alonso ya le dio el
necesario consuelo.
Al darse cuenta de que venia este con mucho gozo y alegría al lado de
estas hermanas, se fue para el con pasos acelerados y sin decir ni
mediar palabra alguna, le soltó tal bofetada que lo dejo impasible,
tomando ella para su casa y echando el cerrojo, pero a buen seguro que
la vergüenza que siente mi zagal, le será de mas dolor que el mismo
golpe, pues todos los presentes quedamos enterados de el porque y el
motivo de tal ofensa. Que de gracias a Alá esta mujer por ser tiempo de
guerra, pues a buen seguro que seria castigado su pecado y no es
costumbre de mi estirpe de dar maltrato a las esposas y mujeres, pues
son las que conservan las antiguas tradiciones y. guardianas de la fe,
pues pienso que aquel que les levanta la mano, habría de ser condenado
al infierno y destierro, pero en verdad que no hay cosa mas dañina que
los celos de una mujer despechada, pues saben donde pellizcar y hacer
daño.
Estando ya todos en el llano que hay entre la iglesia y la puerta grande,
impresiona ver a casi todos los vecinos y soldados de Mahoma (que la paz
sea con él) y haciendo recuento a simple vista estaremos unos dos
millares y medio, sin contar a la mayoría de las mujeres y criaturas
chicas, que quedaron en sus casas.
Observo como el trío de los de mi casa se dirigen junto a los de la
instrucción, a coger el camino de las eras y espero que no tengan ningún
contratiempo serio.
De nuevo como en el castillo, los capitanes se reúnen y dan la consigna de
que los cinco pelotones tomemos por separarnos de la montonera de gente
y es entonces cuando los que están de segundo mando nos hacen formar en
hileras de a dos, luego los capitanes van pasando vista a todos los que
deberán engordar estas filas y me doy en la cuenta de que a los que se
les ve mas fuertes y jóvenes, les reparten las picas, espadas, machetes
y demás armas sobrantes, pues parece que las de fuego ya han sido
asignadas, dejando apoyadas en la tapia de la iglesia, la cosas que se
bajaron, entre ellas algunas hoces, hachas de las de leña y guadañas,
sin contar con las lanzas de madera que habían ideado.
Lo que mas me llama la atención, es que han bajado algunas mujeres y están
en discusión con algunos que manejan a la muchedumbre, pues parece que
estas quieren que las dejen luchar junto a los hombres y en especial una
vecina a la que le llaman Juana Janína, una viuda ya metida en años .
Mujer bien corpulenta y con un genio que nadie le ha podido amansar y
que además ha criado ella sola a sus siete hijos sin ayuda ninguna y no
es que nadie se ofreció ha hacerlo, sino que esta jamás quiso favores,
pues decía que mientras sus manos le valiesen, cargaría con tal
menester, porque Alá todo lo disponía.
Una vez separados y apuntados, de nuevo se hace el recuento y poco a poco
se están uniendo mas personas a cada uno de los cinco capitanes y se
hace de tal forma que seamos cinco compañías de unas dos centenas y
media, por cada una.
Curiosamente las mujeres que se enzarzaron en alaridos y ruegos a los que
dirigen esta multitud y que no pasan de una docena, les colocan al final
de la gente de “El gordo” pues parece que finalmente vinieron a negociar
con Caracax y a buen seguro que tomaron por aceptarlas en la gente de
guerra, mas bien por no seguir con el alboroto, que por darles como
necesarias en la futura contienda..
Cuando Alacero se dirige a darnos las necesarias órdenes se escuchan unos
estruendos que no venían de muy lejos, tomando algunos por asustarse y
romper la fila, cosa que era de lo normal, pues son ignorantes de que
son disparos de los nuestros, por eso Ozmin les pide calma y les dice
que son el sonido de fuego de los que aprenden el manejo de la pólvora
en las eras.
Reclama a uno de sus hombres que le sujetaba su caballo por detrás de el y
montando este hermoso animal ordena a Benamir que los de la compañía se
reagrupe en filas de a diez, para estar mas próximos a su voz y que
nadie quede ignorante de las ordenes y desde su montura y en voz alta,
nos dice que nosotros rechazaremos a los cristianos a partir de la
tercera traviesa de la calle de “la tripa” y hasta la altura de la
tienda de Guadixi y que los que son diestros en el manejo de las de
fuego se esconderán dentro de las casas con las puertas bien atracadas
con cerrojo y desde la ventanas chicas harán todo el mal que se pueda,
pues desde estos sitios será difícil ser heridos por las cosas del
enemigo y tener la ventaja de estar a salvo mientras se le da una nueva
carga a dichas armas, pues ya saben los que las entiende, lo penoso que
es rearmarlas en plena refriega, pues mientras lo hacen se esta
desamparado y que no olviden dar aceite a las baquetas , para que no
queden en atranque mientras se carga.
Prosigue diciendo que no se malgaste munición, pues la tenemos escasa, al
igual que la necesaria pólvora y que sin un casual se acabe las dichas o
el arcabuz se encasquille o reviente, se suban al terrado por las
escaleras de adentro, tomando para luchar cualquier cosa que este a
mano, pues en estos, estarán subidos los demás y que no serán mas de
siete hombres en cada casa por no fiarse de que algunas se vengan abajo
de el propio peso y para que los cristianos no tengan montonera donde
disparar, pues cuando la gente esta en mas clareo hace falta mas tiempo
y paciencia para apuntar.
Como en las veces anteriores, cuando se defendió este sitio de las gentes
de Huescar y de los soldados de Antonio Enríquez y de de comienzo la
artillería, nosotros tomaremos por meternos en el cuarto de adentro,
pues todas las casas de Galera disponen de este, pues esta excavado en
la risca y que normalmente tiene el menester de hacer como despensa y
donde se tienen las tinajas del agua, donde permanece en fresco en los
meses de calina.
Que no nos olvidemos de decir a las gentes que no estén para la pelea, que
al escuchar las voces de alarma se vayan todas a meter en la mina o en
la cueva de “los muertos”, la cual atraviesa el cerro desde la calle de
poniente que sube al castillo, hasta la muralla chica de levante. Esta
cueva tiene este nombre por decir los ancianos que en tiempos remotos un
judío que vivo en Galera la compro con la intención de hacerla para
morada, pero que estando haciendo nivel en el suelo con el pico, le
aparecieron muchos huesos y calaveras de personas.
Según cuentan esta legendaria historia, les saco con espuertas y les
dejo caer al barranco y que algunos le avisaron de que esto le traería
alguna desgracia. Al cabo de siete días el mismo, y toda su familia
entraron en fiebres y fenecieron todos y no tuvieron los suyos por darle
sepultura, pues se pensaban que estaban apestados, por lo que el Alcaide
de aquellos años tomo por amontonar mucha leña y rastrojo en ambos lados
de dicha cueva y se les dio fuego, haciendo de esta un gran horno y
quedando toda Galera en humo y peste de carne quemada.
Prosigue diciendo que todas las compañías deberían estar atentas a las
ordenes y que para ello se había acordado de hacerlas mediante los
timbales y que nadie tomara por el enfrentamiento hasta que sonaran tres
golpes seguidos y para dejar la lucha y venirse a refugiar donde se
pueda, sonaran dos de ellos, pero que si algún puesto de vigilancia
adivinara el peligro de muerte, el capitán de ese sitio tomaría alguna
decisión a su cuenta, a pesar de que cada uno de ellos dispondrá de dos
zagales fuertes y ágiles, que servirán para enlazar con los demás, pues
estos jóvenes habrán de trepar por las escalas de casa en casa, por
encima de los terrados, a no ser que las calles estuvieran despejadas de
cristianos.
Termina con decirnos que el turco nos ha guardado la faena de acarrear
todos los maderos y demás cosas del trabuquete a el pie de la muralla
del castillo, por la parte que da al portón del callejón del “salegon”,
pues este se montara en el mismo patio de armas de la fortaleza, pues
desde este sitio se dominan todos los lados de el pie del cerro. Los
hombres de Caracax se encargaran de darles subida con las maromas y
cuerdas a este sitio, por ser muy penoso hacerlo en pie o con animales,
pues las escaleras en la risca son con demasiada estrechez.
Nos dan orden de romper las filas, quedando todos en conversación
haciendo los comentarios necesarios de lo escuchado y parece que la
moral es alta entre nosotros, aunque algunos como yo, sabemos los que se
nos viene encima, pero todo esta en los destinos que nos tiene guardado
el mismo Alá.
En compañía de Juan el Carabaqui y Hernando Malay me encamino hacia la
carpintería de Manrique a dar ayuda en la carga y antes de atravesar el
arco de la puerta, alguien de por detrás me pone su mano en mi hombro y
al darme la vuelta me doy con mi primo el de la cuesta, que no es otro
que Melchor Abemuza que me hecha en cuantas el que no le hubiese
visitado después de mi llegada, a lo cual yo me defiendo de alguna
manera diciendo que si el sabia de que yo estaba de nuevo por aquí, bien
pudiera haber venido el y hacerme tal visita.
Me da la noticia de que a estado en preocupación con su hijo primogénito,
pues le dejo tuerto un disparo perdido de los cristianos y da gracias al
más grande de que no le llevo la vida, pues paso barios días en dolor y
locura, por encontrarse lisiado para toda la vida, pero que entre los
cuidados de su madre y los consejos de este, ha podido salir a ver la
luz.
Por mis adentros me arrepiento de que sabiendo de boca de los huidos en el
llano de la Tejera, de lo acontecido a su zagal, no me diera por bajarme
a su casa, una vez que yo andaba con buena salud.
El caso es que entre los hombres que se disponían a tomar la entrada di
reconocimiento a su hijo, al cual le mande llamada para que viniera a
nuestra lado, el cual accedió de buena gana, dándonos abrazo y saludo y
me dice en tono jocoso, que le diera vista a aquel trozo de badana que
se había puesto de adorno en el ojo perdido. Dice que por
cada cristiano que deje sin vida, tendrá por grabar en el cuero un
palote, deseando que después de algunos días ya no le quede sitio para
tal fin, tomara su madre por hacerle otro nuevo.
Los acontecimientos se multiplican al asomar por el camino dos jinetes que
vienen al galope y que al llegar a la altura de la puerta desmontan con
gran maestría cuándo los animales aun no se habían detenido. Reclaman
con insistencia la presencia de algún capitán, pues dicen que traen
noticias urgentes para ellos y para toda Galera.
Como hay gran hilera de gente haciendo la subida se van pasando de boca en
boca el aviso y la atención a los que mandan, mientras estos que
llegaron se refrescan la cara con el agua de sus botijas.
Tras unos momentos aparecen los que dirigen y toman por escuchar a los
centinelas de los caminos.
Dice uno de ellos que los primeros soldados cristianos estaban llegando a
Cullar y que al parecer son los que escoltan las carretas y las mulas de
las intendencias de las tropas y que fueron sorprendidos por los que
mandan por delante, para tantear los peligros, pero que por no conocer
ellos bien las veredas y los cerros, les pudieron despistar, no sin
antes librarse de algunos disparos.
De inmediato el turco manda llamar a tres de sus hombres, para que de
aviso a la gente que estuviera lejos de esta puerta, para que tomen por
refugiarse en este sitio y nadie quede en desamparo.
Me da la preocupación de mis hijos, que todavía no han llegado de las eras
y no me queda otro remedio que recordarles que vallan a darles el
necesario aviso y alerta.
Que Alá nos proteja de todo mal y todo sufrimiento. Que la misericordia
reine entre los hombres de buena voluntad. Que la paz permanezca de
entre los siglos de los siglos. Que todos los pueblos de la tierra recen
por nosotros, que nosotros rezaremos por ellos. Que los mares y el
viento apacigüen la furia y el odio. Que las montañas se aparten para
dejar pasar la bondad. Que las verdes praderas sirvan para templar los
espíritus con rencor. Que las frescas y claras aguas de los ríos y
fuentes calmen los sedientos de sangre y que todos los dioses se
interpongan al filo de la guadaña.
José Antonio
Blázquez Romera Edición y diseño, Fermín Guillen
<<Capítulos: XV.. AL..XXIV ATRÁS.....Adelante
capitulo XXX al XXXIV>>
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