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EL MERCADER
DE GALERA,<<Capítulos
del I al XIV ATRÁS...
CAPITULO XV
Al llegar a la puerta aporreo el portón de el patio y al poco sale mi
cuñada Adelaida hija de Alazeraque Ozmin y esposa de Salcedo, cristiano
viejo de Caravaca y que la desposo por lo cristiano y que a pesar que en
estos últimos años y después de lo de Guejar las familias con hijas
casaderas buscan emparejar a estas con cristianos por librarse de la
esclavitud y los atropellos que comenten con ellas algunos cristianos y
que además las familias que tienen suerte de buscarles el marido
cristiano son mas por recibir favores y mejor trato, pero en este caso
Antonio Salcedo la conoció en un viaje que hizo a Galera, cuando iba
buscando gente que le vendiera mimbrera para el taller de cestería que
tenia su madre en Caravaca y que al verla se cruzaron las miradas y se
quedo como encantado y pocos días después vino a pedir la mano de la
guapa morisca y esta le correspondió de la “mesma” forma, accediendo la
familia en casarlos.
La saludo y la noto triste y preocupada diciendo me que no debería de
estar aquí, sino con mi familia y mi esposa que deben de estar
padeciendo mucho con las cosas que se escuchan de la parte del Barbata.
Entro en la casa y me encuentro con Antonio que esta sentado al lado de
las brasas y descansando de su turno de guardia, pues no hacia mucho que
le llego el relevo y estaba dando cabezazos "soñarreros" esperando la
cena y el tiempo de dormir. Se espabila medio transpuesto y me dice que
tome asiento a su lado, mientras mi cuñada termina de aderezar los dos
conejillos con pimienta, ajo y aceite y una pizca de tomillo.
Antonio me comenta que he de partir lo antes posible, pues anteayer vino
un emisario de Huescar pidiendo ayuda a Caravaca, pues de madrugada del
día anterior muchos de los míos atacaron este sitio y no pudieron
hacerse con el y al no conseguir lo pretendido se fueron para Galera
para hacer de ese cerro, su refugio y que dicen que muchos de Orce y
Castillejar se fueron para el, por miedo a las represalias de los
cristianos, pues dijo el emisario a mi capitán que en Galera mataron
casi a todos los cristianos y que a un grupo de arcabuceros los pasaron
a cuchillo y algunos pudieron contarlo porque se refugiaron en la
iglesia y cuando les fue posible huyeron hasta Huescar.
De la “mesma” forma me dijo que fuera precavido al salir de su casa, pues
dos casas mas arriba vive un morisco que mi capitán lo tiene de
alcahuete bien pagado para que señale a los que conspiren contra la cruz
y que la carreta la guarde en el chamizo de el patio y no a mucho tardar
salga para Galera y que debo de tirar la ropa que llevo y ponerme
vestimenta de cristiano por si en la lejanía me divisaba algún soldado
que vigila los caminos.
Prosigue el hablar sin yo interrumpir lo que dice, que se juega mucho con
meterme en su casa y que lo hace por el amor que le tiene a su esposa y
a su familia.
Hay un momento que el silencio se hace de por toda la casa y solo se oye
el chispoteo de las ascuas y la lumbre y el crujir de el aceite de lo
que se esta en el fogón.
Agradezco la ayuda y las noticias con toda mi alma, besando sus manos y
arrodillándome ante el le pido a Mohammad y al Dios cristiano le
recompense de alguna forma su buena fe.
Nos reclama Adelaida en la mesa, pues ya esta preparada la cena y nos
sentamos los cuatro, pues vino su zagal chico que andaba de con las
gallinas. Repartimos lo que hay en la mesa y antes de ponerse a mascar
se levanta Antonio y bendice la mesa a lo cristiano y este me dice que
yo haga lo mismo en la forma de Mahoma, pues me dice que siempre respeto
las creencias de su esposa y que jamás le recrimino cosa alguna de su
condición de morisca y que la lleva todos los años en uno de los días de
el Ramadán a la Sagra para que ascienda esta montaña y pasen el ayuno en
lo alto, entre oraciones y rezos, como hacia cuando era joven y vivía en
Galera, pues es tradición en la comarca de en estas fechas subir dos
días los hombres para el ayuno y otros dos días las mujeres, pero que en
estos dos últimos años no dejan subir porque mucha gente se despeñaba al
bajar por no tener fuerzas tras el ayuno y que como quería subir mucha
gente se estorbaban los unos a los otros y algunos que estaban enfermos
se quedaban muertos y no llegaban arriba, pues yo “mesmo” fui muchos
años seguidos hasta que una de las veces me note que el corazón se me
reventaba y que además los de la iglesia se molestaban en demasía porque
nadie de nosotros dejaba su fe antigua y mandan soldados por los caminos
de La Sagra para no dejar pasar a nadie, hasta tal punto que mandaron a
un inquisidor de Granada para meternos miedo y obligaron uno de los días
a dos ancianas a comer carne de cerdo.
Así que después de cenar, mi cuñada me saca los ropajes que tiene viejos
de su esposo y este me dice que ha pensado en que salga al alba y que el
“mesmo” me acompañara hasta sacarme fuera de este termino, pues se
ofreció para mañana hacer la vigilancia a caballo hasta donde empieza lo
de Granada.
Me salgo al patio, doy alimento a la mula y me preparo la montura, lleno
la talega de lo de comer y beber para el camino de vuelta y dejo la
despedida a mi perrilla para por la mañana y antes de irme a descansar
le doy a Antonio unos cuantos reales para el sostén de los animales y
por las molestias que le acarrea tenerlos a su cargo y le digo que si no
volviera jamás se hagan con lo mió sin miramientos y que el profeta
quiera que todos podamos seguir con vida y solo morir de viejos.
Me salgo de nuevo a el fresco de la noche y me arrodillo y pongo mi cara
en el suelo y comienzo mis oraciones y mis ruegos por tanto padecer y
que la paz sea con el juez de entre los sabios, los nobles y los
grandes. La paz sea con los hombres píos y de religión y con aquellos,
los sensatos entre los consejeros. La paz sea con los esclavos que
permanecen en Al-Andaluz, en occidente, la tierra del exilio, a quienes
rodea el olearte mar de Rum y el océano, profundo y tenebroso. Que la
paz sea con los ancianos cuyo blanco cabello marchito a jirones, después
de haber conocido la gloria. Que la paz sea para los rostros obligados a
descubrirse en el seno de bárbaros tras haber permanecido velados. Que
la paz sea para las doncellas que el cura arrastra por los cabellos al
lecho de el deshonor. Que la paz sea para las ancianas obligadas a comer
cerdo y carne no sacrificada con ritual.
CAPITULO XVI
Como se acordó, nos ponemos en pie cuando todavía la luna paseaba su
brillo por los tejados y sin armar mucho desorden ni estruendo nos
aviamos unos roscos de nueces y unas jaras de leche caliente y mientras
Antonio se despide de su esposa y su zagal, yo me bajo a donde deje todo
el ato y los animales, pero parece que no me reconocen y están
recelosos, pues deben de extrañarles las ropas que me cubren y sobre
todo mi morilla esta algo inquieta, pues solo hace que dar vueltas por
alrededor mía olfateando las pantuflas de cristiano que además no tienen
el rastro de su dueño y hasta yo “mesmo” me encuentro extraño y no me
siento a gusto dentro de estos ropajes con tanta estrechez y las nalgas
tan ceñidas y el casco de la cabeza sin cubrir los cuatro pelos que me
quedan y que solo mi esposa sabe de mi condición de tener la azotea de
pensar mas lisa que una sandía y que tendré que cargar con esta
vergüenza mientras no este con los míos. Me agacho medio en cuclillas y
acaricio a mi pequeña compañera y le susurro que volveré y ella parece
que se barrunta algo y solo hace que dar gemidos y aunque me da mucha
pena he de dejarla atada dentro para que no monte escándalo al verme
partir sin ella, en cuanto a los bueyes les paso la mano por los lomos y
les agradezco de corazón todos los servicios prestados y por adentro les
pido el perdón necesario, si por algún caso me hubiera excedido con
ellos en algún momento de poca lucidez.
Preparo la humilde montura de la mula que es lo ultimo que dejare antes
de hacer el intento de acercarme con mi gente. Me dice Antonio que ha de
subir a el cuartelillo a recoger el caballo y las armas necesarias para
hacer la vigilancia y que me espere preparado detrás de el portón. Al
rato se oye el trote del corcel por la calle y salgo detrás de el hasta
la salida de Caravaca y que al pasar por la puerta el vigilante que aya
se apostaba, solo nos saludo de buenas manera dándonos los buenos días.
La mula que es algo vieja no pude seguir el andar de el caballo y he de
pedir mas sosiego a mi compañero, pues a este paso se me reventará mi
animal.
Llegando a la linde de el lugar que le llaman de Casa Blanca que esta
entre la cañada del Sapillo y el barranco de la Junquera nos paramos de
almuerzo , pues he pensado coger este camino mas largo, pero con menos
gentes y menos sitios habitados, y antes de despedirme de este buen
cristiano nos sentamos debajo de la carrasca que debe de ser con mas
años que la “mesma” tos. Terminando ya de trabajar la "coscorra"
divisamos a lo lejos mucha gente, que viene de por el camino de la venta
del “entredicho” y yo medio escondido temiendo ser personas de armas y
con el ranzal de la mula en la mano como para estar dispuesto a tirar
para el descampado, pero Antonio apacigua mi temor diciendo que parecen
gente pobre, pues todos llevan las piernas como único sostén y no se
adivinan animales entre ellos, así que nuestra curiosidad no hace
hacerles la espera, pero cuando ya se adivinaban hasta sus caras nos
dimos cuenta que eran de los míos y quedaron quietos a unos cien pasos
de nosotros, pues se dieron cuenta de el brillo de los botones de la
guerrera de Antonio y el poder de la visión de aquel negro caballo.
Levanté la mano diciéndoles que no tuvieran temor de nosotros que éramos
gente de paz y que yo era de los suyos. Retomaron de nuevo el andar con
algo de recelo y al llegar a nuestra altura algunos de arrodillaron a
nuestros pies y nos dimos cuenta de que eran todos ancianos, menos dos
zagales chicos que no paraban de llorar, Eche en la cuenta que entre
aquella gente me era conocida una mujer que nació en Galera y que al
quedarse viuda anduvo con sus hijas a Huescar, pues estaban casadas con
vecinos de este lugar y era la viuda de Luís Monayn, me dirigí a
saludarla , pero no adivino a recordarme, ni a decir palabra alguna,
pues su mirada andaba perdida y su rostro desencajado reflejaba el
horror. Uno de los ancianos se adelanto al grupo y con la voz rota nos
dijo que huían de la muerte segura, pues los cristianos habían perdido
la razón y entraban a sus casas para quitarles la vida, no mirando ni
edad ni condición, por venganza de lo que hicieron los de Galera y que
un buen cristiano de Huesccar los entro en los calabozos para salvarnos
de la barbarie, pero que los soldados no pudieron parar a tanta gente
con tanta ira y sin razón y que prendieron fuego a el cuartel y muchos
murieron quemados vivos y que los que pudieron escapar a las llamas
fueron apaleados según iban corriendo por las calles hasta caer mal
heridos y que algunos mal nacidos los remataban en el “mesmo” suelo y
estos daban gracias a Mahoma por haber salido con vida, pues algunos
cristianos de buen corazón nos escondieron en sus casas y nos sacaron
por la noche a las afueras de Huescar y tras emprender la huida´, nos
decía también que no pudieron coger nada de sustento ni de abrigo y que
venían muertos de hambre y de sed, pues solo pudieron beber agua en los
pocos charcos del camino, pues no se atrevían a pedir nada en lo
habitado por temor a ser señalados y que el único que se llevaron a la
boca era un puñado de majoletas y de unas almendras medio podridas.
Me di cuenta que llevaban arrastrando una camilla hecha de palos y
cañas, donde portaban a una persona mal herida y que curiosamente era el
mas joven de los huidos aparte de los zagalillos. Me acerque a ver que
se podía hacer y me encontré con un hombre que me echaba los brazos y me
pedía auxilio sin decir palabra, me deslié la botija del agua y se la
acerque a los labios custridos para calmar su sed, pero al instante
derramo por entre los dientes el agua ensangrentada y entonces me di
cuenta que su vida ya estaba en su final y que no tenia remedio alguno,
pues además tenia una pierna engangrenada de un herida que le adivinaba
el hueso de la rodilla y Antonio se saco de la talega de su caballo una
botija de vino oscuro y le lavo lo infectado, y los alaridos de
desconsuelo y dolor retumbaron por toda la cañada y lo único que
podíamos hacer era cortarle la pierna haber si el profeta quisiera
hacerle el milagro de dejarle en el camino de la vida.
A los demás les dimos de beber y de comer toda nuestra provisión para el
camino menos un poco de vino para el herido, saque mi faquilla de la
alforja de la mula y afilándola con una piedra de “chinorra” nos
dispusimos a hacer lumbre para enrojecer lo afilado, el herido levantó
las dos manos hacia lo alto y pidió con insistencia que lo pusiéramos en
rodillas, diciéndonos con esa voz de llanto, que ya era muy tarde
y no había rezado nada en todo el día y que llamaran a su padre para
salir a labrar sus bancales y es que su cuerpo estaba como en llamas de
la calentura que tenia, lo apaciguamos como bien se podía, pero en un
arrebato de fuerzas se tiro de su lecho y cayendo al suelo se intento
poner como para hacer la oración y dos ancianos al verle de esta manera
le pusieron en su voluntad y tras inclinarse dos veces hacia las
piedras, quedo su cara reposada en el suelo y descanso de su padecer en
el largo desierto de este mundo.
Así que le dimos la sepultura y acordamos que mi compañero se fuera con
ellos hasta Caravaca y los dejara en manos de los frailes que dicen ser
buena gente y que trabajan como cualquier persona en la obra del
hospital y que dicen que dan cobijo a los necesitados.
CAPITULO XVII
De la “mesma” forma me despido de mi hermano cristiano y de las
desgraciadas personas que me agradecen todo lo que pude hacer por ellos.
Antes de partir le pido a mi recuñado una mantilla de lana gorda de
oveja que l leva liada por detrás de la montura, para resguardarme en
las fríos mañaneros y comienzan todos en reata la partida.
Me quedo sentado en una piedra que hay al borde de el cruce de los
caminos, pues aun no me puedo creer lo que esta aconteciendo y la rabia
que llevo por dentro es tanta que mi corazón esta como queriendo
venganza y el alma partida por tanta barbarie, asta tal punto que
afloran en mi unos sentimientos de odio que no puedo descargármelos de
mis entendederas y levantando los brazos hacia las nubes, profiero en
gritos , graves insultos y blasfemias contra las gentes sin razón y de
los bellacos y salvajes que rompieron el buen vivir de vecinos, amigos,
compañeros, hombres de trabajo, amores de cristianas y moriscos, de
moriscas y cristianos, de los que mandan y de los que escuchan, de los
oprimidos y de los que aprietan, de los que fueron dueños y ahora son
esclavos, de los que fueron esclavos y ahora son dueños, de los hijos de
la deshonra y los hijos de el agobio, de los sabios y los discípulos, de
los que no tienen fe y los creyentes exagerados, de los enfermos y los
sanos, de los rostros de blanca tez y los de cara ennegrecida, de los
reos sin perdón y sus centinelas, del sol y la media luna, de los
felices y los desdichados.
Tal fue el jaleo que monte que la mula se me espanto y casi se
despescueza con el ramal, queriendo escapar de su atadura y las bandadas
de gorriones salieron a escape de por dentro de las carrascas y los
pinos.
Hecho cuentas de que la botija de el agua la llevo colmada de aire
y la talega de lo del buche sin peso alguno y rebuscando en ella solo saco
una coscorra que debe de tener mis años y con la que se podría aporrear
la mollera de alguien, pero viéndome así no me preocupa en demasía, pues
estoy acostumbrado a los ayunos y se que algo que da la tierra me
bastara para mi sostén, además creo recordar que cerca del lugar de
“La casa de el tio Paco “ hay un pequeño pozo, pues por este camino solo
pase una vez hace muchos años en compaña de mi padre, pues teníamos que
ir a Vélez Blanco después de hacer lo de Murcia,
como no diviso a nadie a lo lejos, me monto en los lomos de la mula y
comienzo la partida sosegadamente, pues me queda un buen trecho hasta
hasta que asome el cerro de las casas de Galera.
Cuando ya llevo unas dos leguas y media, mas o menos, aparece detrás de
una loma chica, la casa que dijimos y que me dijo mi padre que fue de un
judío medio loco, que tenia muchas tierras de esta cañada y que los
ancianos decían que se colgó en una olivera tras perder toda la cosecha
en un pedrisco y que como no tenia quien fuera heredero paso a manos de
la iglesia y que ahora esta medio en ruinas y las tierras sin labrar
que solo las usan para hacer cacerías los nobles y los cardenales que
vienen de la parte deToledo. A unos cien pasos esta el pozo y menos mal
que tuvieron la decencia de dejarlo tapado con una losa para que el agua
no criara verdín. Me cuesta un poco retirarla, pero la soga que sostenía
lo de subir el agua estaba podrida y se debió de caer en el fondo y me
doy en cuenta que no llevo soga ni ramal alguno que de tanto de largo
para llegar a el, ni con el cincho de la cintura y el ramal de la mula
no tengo bastante y me adentro en la casa que esta en abandono y tampoco
tengo fortuna, así que después de un rato cavilando troncho una rama
larga de un paraíso que hay cerca y amarro entre si el cincho y el ramal
y al final anudo la botija, y la tiro por dentro y metiendo la vara lo
mas que pude, note como tocaba el fondo, pero como la condenada pesaba
poco no acertaba a que se inclinara para que el agua pudiera entrar por
su boca, así que tuve que subirla de nuevo y meterle unas “chinas” para
darle mas peso y así puedo sacarla llena y colmada, pero hecho en la
cuenta de que las piedras metidas allí se deben quedar hasta que de
nuevo quede vacía. Me arrimo un traguillo chico, pues he de racionar el
sustento y como esta cayendo la tarde decido quedarme en este lugar y
echar unas cabezadas antes de partir y la mula y yo nos metemos en lo
menos ruinoso de la casa para no quedar a merced de la intemperie.
Ya en la madrugada, que sale algo templada, pues no hubo escarcha ni
helada, pero si una nieblecilla fina que se acostaba por toda la cañada
. Como siempre que salgo lévanto la primera piedra que me encuentro, por
si tiene por debajo alguna escarchilla, pues dicen los pastores que si
es así, que en dos días habría de llover o caer nieve y en este caso
solo se notaba la humedad del suelo donde descansaba, aunque algunas
veces si que esta ciencia me acertó sabiamente.
Cuando la luz empieza a sobresalir por el horizonte ya me encuentro
en lomos de mi animal y mientras me lleva el camino comienzo de nuevo a
barruntar y hablar yo solo, y hasta me atrevo a narrar en canto El Corán
y algunas coplillas que me enseño mi abuelo y que a el se las paso mi
tatarabuelo que fue persona de mucha guerra y que quito muchas almas y
que termino sus días en una batalla por la parte de Cullar.
La niebla se va despejando, pero el llano se me hace muy largo y el
camino parece no tener final, pues ya me duelen las posaderas y decido
hacer un descanso por la mula y por mi mismo en un pequeño pinar que
esta aislado en una loma por el lado de el camino.
Me saco aquella coscorra que el profeta tubo a bien guardarme y la
coloco encima de una losa para intentar cortarla con la faca, pero ni el
“mesmo” filo de el acero consigue separarla en porciones y decido
hacerlo como para partir nueces o almendras, aporreándolas con una buena
piedra y de esta manera se me hacen cuatro partes, como cuatro jornadas
que me quedan para mi Galera.
Guardo las tres y cojo la una, le derramo un poco de agua por encima y
espero unos instantes a que pierda la dureza, para no perder yo todas
las muelas y quedarme como Rala el Viejo y a pesar de que se me
empalaga, me la entro para las tripas .
He de decir sin vergüenza que desde que me puse estos ropajes tan
prietos, llevo unas picaceras por mis partes, como si estuviera lleno de
liendres y miserias y ya algo desinquieto me bajo aquellos calzones
hasta las misma corvas, para comprobar de que me viene lo molesto.
Abriendo paso con los dedos entre los bigotes de los bajos y subirme los
cascabeles para hacerles la vigilancia no encuentro ninguna señal de
bicho alguno, pero si un cierto tono colorado que me hace pensar que la
sangre me anda removida por tener las vergüenzas tan apretadas, pues no
tienen por costumbre estar encerradas, sino sueltas y “meneonas”y con
las vestimentas apropiadas.
Me pongo en marcha, pues quiero llegar pronto a la Alquería de “Las
Aguzaderas” que la tienen unos muleros mestizos y que es gente humilde
sin dar alardes de dineros ni de grandeza y que mas bien son de mi
condición que la de los cristianos, pues los conocí cuando mi padre
quería hacer trato con los animales y bien sabe el profeta que confío en
ellos y que me darán alimento y cobijo.
CAPITULO XVIII
Después de un buen trecho , aparece a lo lejos la dicha alquería, que
esta como en regazo de una pequeña loma y que desde aquí no adivino
nadie por la cercanía y dentro de los cercos de maderos no hay animal
alguno y me desinquieta que no este la chimenea en humo, ni tan siquiera
las muchas gallinas y pavos que me recordaba haber apartado, la única
vez que me llevo a este lugar tan solo y aislado. Con algo de cautela me
pongo medio escondido detrás de una mata grande de retama y espero por
si alguien saliera de la casa, no sea que tenga gente extraña que ponga
en aviso mis intenciones o personas que puedan echarme a perder los
propósitos. Extrañamente después de un buen rato nadie sale de adentro y
eso que son muchos los que aquí viven, pues recuerdo a un matrimonio que
según me decía mi padre eran hijos de cristianos y moriscas esclavas y
que no fueron reconocidos por su padres. Estos a su vez tenían tres
varones y una hembra que ya estaban medio criados y que ahora ya deben
de estar casados o en edad de necesitarlo.
Cansado de tanta espera, recojo el ramal de la mula y con pasos
sigilosos y precavidos me acerco a unos cien pasos de la puerta y ni
siquiera los perros que ellos tenían me vienen a el encuentro y decido
acercarme y golpear dos veces con los nudillos. Me espero unos instantes
y al no tener repuesta alguna vuelvo a llamar algo mas fuerte, ala vez
que les digo en voz alta, que era Diego Abemuza hijo de Abemuza el
viejo, mercader de Galera y que voy en socorro de los míos, no
tardando mucho de adivinan unos pasos en arrastre por los adentros y
entreabren la puerta con algo de recelo y se sale una anciana con la
cara desencajada y llena de miedo y tras mirar por ambos lados del camino,
me hace pasar por dentro y me conduce a una cocinilla donde esta su
marido Virgilio Carretero “el mulero“ y tres mujeres y dos zagales
chicos, que al verme comenzaron a llorar, agarrados de los mandiles de
las que a buen seguro eran sus madres y tras mirarlos y darles una
sonrisa, parece que se calmaron.
El anciano mulero me hizo sentar en un “pollato” que tenían al lado de
donde la lumbre y me dijo que nada mas verme reconoció la “mesma” cara
de mi padre y le sorprendió la gran semejanza y parecido y me decía que
fueron amigos y compañeros, pues coincidían en muchos sitios, cuando el
salía hacer tratos en las ferias de animales y mi padre para vender
toda clase de trastos y engaños.
Me dijo que andaban temerosos de sus vidas y resguardados sin
salir a ver el sol, porque hacia dos días vinieron una docena de
soldados de
“cabeza de hierro”, de por el camino de Vélez Blanco, con caballos y dos
carretas , diciéndoles que les dieran de comer y beber a ellos y a los
animales y que de buen grado lo hicieron, pero creyendo que saldrían sin
nada mas, los juntaron a todos en el patio y uno que se hacia llamar D.
Fernando de Tordesillas y que era el que los mandaba a todos, les ordeno
que sacaran todo lo de comer y beber que hubiera en la casa, y que
cogieran todos los animales de corral y les ataran de las patas y los
pusieran en los carretas , a lo cual les dijeron que no había sido un
buen año de cosecha y que andaban con lo justo para medio pasar el
invierno y esto encolerizo a dicho capitán y mando a los suyos que se
metieran por la casa y que pillaran lo que pudiesen y entonces como
lobos hambrientos arramblaron las taquillas y despensas y no les dejaron
nada.
Ezequiel, uno de sus hijos se quiso meter en medio y recrimino la forma
vil de tratarlos, a lo cual lo sacaron a la calle y le dieron tal paliza
que quedo medio muerto y luego les amenazaron con los arcabuces en mano
para que cogieran las gallinas y conejos y no quedando aquí la cosa, que
abrieron las cercas de las mulas y los caballos y los amarraron entre
si, con la intención de llevárselos con ellos, a lo cual los de la casa
pedían a gritos que fuesen misericordiosos y con el ajetreo y confusión, los dos mastines que tenían se fueron para dos soldados que estaban a
su frente y les enseñaron los colmillos, a lo cual los otros que se
sintieron amenazados, arcabucearon los animales sin compasión alguna.
Como ya comenzaba lo oscuro decidieron quedarse a pasar la noche y les
encerraron con pestillo en una cuadra, tomado las comodidades de la casa
para el bien de los de armas y por la media noche los oían en algarabía
y en cantares, pues se debían de estar bebiendo todo el vino requisado.
No tardando mucho llegaron tres infames y con el pretexto de que venían
a sacar una mujer para que les cocinase algún guisado, se llevaron a la
esposa del apaleado y la deshonraron uno tras otro en los cuartos de
adentro.
Por la mañana les dieron libertad y el señor les dijo que todo lo
recogido era por la gracia de Dios y el rey, para el alimento y
bienestar de los salvadores del reino y que el “mesmo” hablaría con los
que rigen los caudales y los diezmos, para que les pagaran la cuenta de
todo lo confiscado, cuando los infieles fuesen aplastados y que además
se llevaban consigo a los tres hombres jóvenes para que conducirán las
vestías hasta el campamento de la tropa y que no le tomaran odio alguno
por si alguno de sus hombres hubiesen llegado mas halla de lo que mandan
las leyes y reglas de los servidores de la patria y que por ello no
deben de llevar las palabras de los hechos a oídios de la chusma, ni de
los nobles y poderosos.
Se fueron por donde vinieron, acompañados por sus tres hijos, que abrían
el paso con la manada de caballos y mulas y que lo mas cierto es que los
que no valgan para batalla ni se dejen montar, serán para el acarreo y
los que no pudieran darle menester alguno serán para la lumbre o la
cazuela.
Después de escuchar tanta cosa infame he de blasfemar de nuevo contra el
Mesías cristiano y maldecir el día que me dieron bautizo en las orillas
de el río. Como me pongo con esta cólera tan oscura el viejo con gran
sabiduría, intenta apaciguar esta furia que me vino ante tanta
crueldad y me dice que no me deje llevar por la ira, que es defecto bien
conocido de los que predican las cosas del honor y las moralidades y que no
debo de meter en el mismo capazo a todos los cristianos, pues muchos
solo tienen como riqueza la fe y la esperanza y que además hay gente
humilde y llana, que no son culpables de las fechorías de sus señores,
que amparados en su riqueza y poder, pasan el “rulo” por encima de todo
aquel que le pueda inquietar lo mas mínimo, por eso me dice que debo de
hacer defensa de el que quiere en verdad mi final y no dar muerte
aquel que espera sin hacer nada y que solo los dioses serán los que
repartan justicia y perdón.
Les pido que me digan como han de subsistir este invierno sin alimento
alguno y me dicen que algo les dejaron en la cámara, donde tenían
extendidos dos arrobas de membrillos y dos librillos de higos secos y
que tenían en el huerto de por detrás de la alquería, unas “papas”
sembradas y que en un barbecho algo mas alejado tenían algo de verdura y
algunos cepos y lazos entre los rastrojos por si algún conejo o liebre
llegara hasta sus sartenes y guisados.
Salgo de la casa y les digo que cojan mi mula y la guarden por si Ala me
dejara en vida y que sino fuese así que sea de su provecho, pues desde
aquí he de hacer el camino con mis piernas para no tener que estar
pendiente de algún escándalo, ni espantarse la bestia, cerca de Galera y
que se alarmen los centinelas de los caminos y atalayas, así que recojo
lo que llevo atado en los lomos de la mula y me los traspaso a mi
espalda, pero antes de partir una de las mujeres me saca de adentro unos
hermosos membrillos y un puñado de higos liados en un trapo y me los
meto el la talega agradeciendo la atención y les deseo que todo les
venga de buena manera .
A esto sale de la casa casi al trote el viejo Virgilio, trayendo
en las manos un extraño artilugio al que yo no acierto a conocer y un
cestillo alto y estrecho lleno de varillas de madera y al darse cuenta
de mi curiosidad me dice que es una ballesta “nazarí” que es una arma
antigua y mortal y que recodo de que la tenia hundida en polvo entre los
trastos y que pensó que en tal caso fuese necesario seria bueno de darle
uso y provecho , pues dice que hace unos años uno de los hermanos
Heredia de Galera que eran loberos conocidos de estas sierras cercanas,
le compro una yegua y que como le faltaban algunos reales del precio que se
acordó, le ofreció esta cosa en fianza hasta que saldara la deuda, pero
al no venirle jamás se quedo medio escondida en el trastero. Me explico
como aquel lío de hierro y madera, se debía de manejar y
bien que aprendo de inmediato haciéndole herida a el tronco de una
acacia. De igual manera agradezco el regalo mortífero y doy mandato a
mis pies el proseguir, aunque con mas peso de el debido.
CAPITULO XIX
Mientras camino en solitario por aquel gran llano se empiezan a divisar
en la lejanía de el horizonte las sierras de Huescar a la derecha y las
de Baza a mi frente y es cuando el agobio del miedo y lo incierto de mi
osada intención me hace sudar en escalofríos y unos molestos
“tembleques” no me dejan echar los pasos en orden y es que si alguna
persona me observara, diría que estoy medio “zopo” o vendría de tomar
mosto de muchos grados. Como pronto asomara por lo de
Huescar la primera atalaya decido buscarme algún sitio donde guarecerme y descansar
durante las horas que quedan hasta lo oscuro, pues a partir de este
sitio ya hace de mucha suerte, caminar en la luz de el día, sin ser
adivinado desde los sitios de vigilancia, ni ser sorprendido por las
guardias de a caballo que recorren los alrededores, así que saldré en
las noches, como las “mesmas” lechuzas y murciélagos,
Mirando mis pies y mis alpargates, después de hacerles castigo de unas
tres leguas, me doy en la cuenta de que me falta costumbre de ir sin
montura alguna, pues me duelen hasta la uñas y las plantas llenas de
vejigas reventadas.
Me salgo de el camino buscando algún sitio y encuentro un
barranquillo
chico que en su lecho esta lleno de algunos matojos y retamas y me bajo
a el y me deshago de toda la carga que llevo. Desenrollo la mantilla
prestada y la extiendo en lo firme, entre dos matas grandes y doy
descanso a mis huesos.
Tanta es mi fatiga que tras beber un trago de agua, reposo a lo largo y
me quedo transpuesto y dormido sin intención alguna, lo cierto es que no
se el tiempo que pase en reposo, pues me desperté cuando note en mi cara
unas gotillas de agua desde las nubes, que se habían puesto de gris
oscuro y acompañadas de ruido de truenos y fogonazos de “culebrinas”.
Pienso de alguna manera de no quedar calado por el agua que se
avecina, pues no traigo nada con que cubrirme sin que traspase la
lluvia, pues por este llano no hay ningún covacho ni chozon alguno y
estoy muy lejos de lo habitado, así que tengo la idea de fabricarme algo
que me cubra el brillo de mi calva y recorto con la faquilla la talega
de jamucar que al ser de cuero gordo bien curtido me hará algún apaño y
me la coloco a modo de casco de soldado, con la solapa hacia el cogote y hago en ovillo, liado con la manta y no tardando mucho comienza a
caer agua a cordeles después de un trueno ensordecedor y lo que me cubre
el cuerpo empieza a pesarme cada vez mas y noto el frescor por las
espaldas y sin ninguna duda me empiezo a poner “chorreando” siendo
inevitable que no sea de esta manera.
Al cabo de muchas arrobas de agua y de empezar a medio salir el barranco
donde estoy se apacigua la nube y se aleja hacia levante y es entonces
cuando al ponerme en pie me doy en la cuenta de que no me queda ningún
"roal" de mi cuerpo, que no este humedecido, que hasta las calzonas de
adentro y sus huéspedes se dieron por fregados sin esperarlo.
Como la tarde se hecha encima y el sol comienza a buscar su descanso no
tendré la suerte de ponerme a secar lo mojado y antes de que el
airecillo me deje en tiritera, me quedo en “pelotas” en medio de aquel
lugar y retuerzo todas las piezas de las ropas , para escurrir lo
empapado y seguro nadie me podrá librar de un buen “tabardillo” con sus
moqueras y calenturas. No me queda mas remedio que vestirme con lo
mojado y hecho de menos una buena lumbre donde calentar mis lomos, pues
seria de mala cabeza dar señales de gente en la lejanía y es que además
si me diera por cometer esa osadía, no traigo nada con que dar candela.
Al intentar subir el pequeño terraplén de el barranco se me hace
difícil, pues con el barro fresco y el calzado encharcado no doy con la
manera de hacerlo y decido seguir por las orillas llanas de donde estoy
y a los cien pasos mas o menos se hace suave la pendiente, pero antes e
de echar maldiciones a el viento, pues en aquel lugar había unos
“testeros” que por debajo hacían como un pequeño covacho y en cuyo hueco
me hubiese librado de estar como en sopa fría.
Una vez en lo llano he de seguir el retorno a pesar de que todavía hay
alguna claridad ya que necesito darle trabajo a mi cuerpo para que tome
algo de calor y aligero el paso lo mas que me llegan mis fuerzas y
cuando el horizonte da los últimos reflejos en colorado, me desvío de el
camino de lo de Maria y a mi derecha sale otro, que es mas pequeño, que
mas bien parece una vereda, que tira buscando lo de Galera.
Cuando la noche se hace entera se me hace difícil seguir , pues
hay solo media luna, pero en nuestras costumbres estas noches dan
alegría y gozo, por ser símbolo de mis gentes y mi fe verdadera, pues
cuando en los tiempos de libertad las gentes de Mahoma solían hacer
oraciones, mientras miraban el caminar de de aquella gran luz del cielo. Así que
para no tropezar con piedra alguna y hacerme algún mal, he de caminar
medio encorvado, echando la vista hacia el suelo y doy gracias que la
vereda tiene color mas claro que las orillas y tomo los lados como
referencia.
Después de un buen trecho sigo con el frió y la humedad por todos los
huesos, a pesar de que por debajo estoy con la “sudaera” y que al
venirme la brisa de las sierras hace que se me enfrié y he de hacer un
alto por debajo de lo que parece ser uno de los primeros cerretillos de
alrededor del llano de la Tejera y me saco los higos en remojo y tomo
algunos a mi boca y algún bocado a un membrillo que por estar de duro
como la “mesma” piedra lo lanzo hacia el otro lado de la vereda y al
caer y rodar por entre las piedras rompe el silencio y la quietud de la
noche y no muy lejos alertan a unos perros que comienzan a ladrar
durante un rato y es posible que sean de algún pastor que tiene el
ganado encerrado en la majada de buenavista y quedo preocupado por mi
torpeza, pues seguro que los de el ganado no han de despertarse, pues
están ya acostumbrados a los avisos de los animales, pues por aquí hay
centenares de zorras y garduñas y lo mas que les preocupa es cuando en
días de nieve bajan algunos lobos a buscar el bocado, aunque en estos
últimos años no se ha dado encuentro a ninguno, pues sus cabezas se
pagan a dos ducados y hay muchos desgraciados que dan de comer a los
suyos con los dineros de estas cacerías. Así que lo que mas me da
preocupación es que el eco de los perros llegue a las atalayas y manden
gente a rastrear el llano.
No me atrevo a seguir con los andares y quedo escondido hasta que
comience el alba, pues estoy perdido y sin señal alguna de donde me
encuentro, pues no se adivinan las estrellas por ponerse el cielo
con muchas nubes y decido quedar entre unas matas de esparto.
Ya en la mañana, que por suerte sale sin hielo mi cuerpo no hace caso de
mis intenciones, pues tenia dolor hasta en el cielo de la boca y cada
vez que intentaba darle movimiento a mis rodillas me daban grandes
crujidos como cunado haces leña partiendo ramas.
Tomo las fuerzas haciendo oración y poniendo en orden mi cabeza y a de
ser cierto que al poco rato se hace el techo en azul claro y los rayos
del que da la vida, empujan las sombras y da lumbre a la humedad de la
mañana y parece que recupero el aliento y con algo de coraje me puedo
poner en derecho y quedar en puntal.
Como tengo los dedos de las manos que no me los siento ni puedo
hacer algo con ellas, les coloco en la boca y les doy calor con el vaho
del
resuello y al fijarme en donde estoy adivino en lo lejos los salientes
de el cerro de “Almacil” y el humo de la majada que había situado tras
el escándalo de la noche y por mi izquierda se perdía el llano de Orce y
es que desde hacia rato pisaba tierras de mi Galera y mi llanto
escondido salio en agua y sal.
CAPITULO XX
No me queda mas remedio que guardar mi alegría y mi llanto para mejor
ocasión , que no es otra que la de pisar el umbral de mi casa y
regocijarme de que todo lo que yo amo, este en su debido sitio y que las
penas que han de venir, serán mas llevaderas en buena campaña.
Como ya me encuentro cerca de lo que arde, no quiero arrimarme en
demasía, para no salir chamuscado y por eso me espero a que el sol haga
su camino, para terminar yo el mío.
Me salgo otra vez de la vereda y encuentro al lado de unos bancales, una
chocilla hecha de cañas y descanso sin perder de vista todo lo que me
rodea, pues e de ser ahora mas precavido que nunca.
Cuando ya estaba el medio día me vienen las ganas de abonar y regar la
tierra con lo sobrante de el cuerpo y por no querer dejarles el regalo a
los labriegos me salgo y entre los surcos de la tierra pongo mis
posaderas al frescor y me deshago de la carga.
Al ponerme en pie de nuevo y atarme el cincho , veo aparecer
gentes a lo lejos de por detrás de el cerro “ Del-Miñarro” que vienen a tomar el
camino, por donde yo voy. Llevan mucho jaleo y gritos y algunos corren
como asustados y echando las miradas a las espaldas, como si alguien
fuera por detrás a hacerles algún mal y cuando uno de ellos pide al
profeta que lo libre de todo mal, me doy en la cuenta que han de ser
vecinos o hermanos míos.
No tardando mucho aparece un jinete, con caballo negro y armaduras
relucientes con ropas en rayas rojas y azules, que los persigue al
galope muy de cerca de los huidos, entonces yo asustado por lo que
contemplo y queriendo defenderme a mi mismo, por si llegaba hasta mi, me
volví a la choza y sin pensarlo, arme la ballesta y recogí la cestilla
de las puntas y me dispuse por encima de la vereda, detrás de unos
peñones y cuando mis gentes venían a cien pies de donde yo estaba pude
ver como este infame daba muerte a María Tahalila, anciana hiladora que
vive en la calle del aljibe y cuyo hijo fue bautizado en el “mesmo” día
y en le “mesmo” sitio que yo. Le traspaso por la espalda con una pica
larga desde su montura y no pudiendo seguir con ella cogida, por el peso
de la pobre María, la dejo caer al suelo y sacando de su estribo una
espada larga y con brillo salió detrás de los rezagados, y los
desvalidos que no podían subir por lo difícil para el caballo y el
destino y Mahoma quiso que la pieza del vil cazador tomara para mi
escondite y quedando un lisiado de Orce, Diego Alaroz, a su merced,
pues este ya sin fuerzas para huir quedo en rodillas esperando la muerte
y cuando el demonio levantó su brazo armado para asestar el golpe
definitivo, apunto sin bacilar con la ballesta y cuando el pulso queda
sosegado le lanzo el aviso de muerte y de inmediato se oye un tremendo
relinche del caballo y levantando las patas de adelante , desmonto a su
dueño desde buena altura, y es que no acierto en lo apuntado, pues la
punta vino a parar al lomo de el animal, por encima de la pata de atrás
y este herido y dislocado salió por medio del secano. Aquel que mataba
sin piedad queda tirado en medio de la vereda y al parecer se hizo gran
daño en su caída, pues no se le ve movimiento alguno y entonces Diego se
acerca a su vera y extrañado de lo que sucedía, y de que mano vino su
salvación, le retiro con los pies la espada, que se le había quedado a
la vera del jinete y es cuando yo me asomo al descubierto y me hago ver
por los míos, que haciéndose enterados de lo sucedido vienen todos al
lugar donde este hombre cristiano permanece acostado sobre el barro.
No fiándome mucho, me bajo al lado de el de Orce, que me abraza a mi
llorando como una criatura y cuando vienen los demás les digo que no den
ruido y Agir el Mozo y yo, nos acercamos con sigilo y estando a la misma
altura de el, echamos en la cuenta de que respira y que esta todavía con
vida, y cuando Agir recoge aquella pesada espada con empuñadura de plata
y me dice que ha de darle muerte sin remedio, se levanta en un espasmo
aquel espigado forastero de tez y barba blanca y la suerte que nos da
nuestro Dios es que tiene gran mal, pues le emana de su cabellera lo
colorado de la sangre y al intentar venirse para nosotros no puede dar
los pasos, pues también le quedo mancada y tronchada por donde la
espinilla su pierna derecha, que hasta las astillas de el hueso le
salieron a lo claro.
Viéndose en desventaja y acorralado comenzó a darnos voces y
graves insultos contra nosotros y contra Mahoma y entonces se vinieron
los demás con intención de dejarle mudo para siempre y entonces este
sale hacia el camino arrastrando la pierna e intentando huir de su final
y antes de que me de en la cuenta salen los míos detrás, tirándole
piedras cada vez mas gordas y mas cerca, hasta que cae mal herido al suelo, y
he de parar esta cruel matanza, saliendo a ponerme delante y
diciéndoles que no le mataran con sufrimiento y que Agir tenia la espada
cristiana y que estaba en su destino clavársela en el pecho y atravesar
el vil corazón. Así que El Mozo compendió lo dicho, se fue para el, y
quitándole la armadura le dijo al cristiano que le diera las gracias a
su Mesías por tener una muerte digna y de caballero, con su propio metal
y filo asesino. Le asesto una estocada cogiendo tal arma con las dos
manos y el chasquido de la carne nos estremeció a todos, recorriendo por
nuestros cuerpos un ligero frío que no deja salida a la alegría de
salvar las vidas.
Las prisas que tenían por seguir la retirada eran muchas, pues algunos
ya tomaban el andar y a los que pude parar, son los mas cercanos, el
lisiado Alaroz,” pata de palo” de Orce y Agir el Mozo, se vinieron conmigo hacia la choza y me dicen que aprovecharon de que los soldados de Huescar y los de Enríquez, tras haber fracasado en su empeño, dejaron
Galera sin vigilancia alguna y algunos de ellos temiendo por la venganza
de los poderosos cristianos salieron por todos los caminos, buscando
refugio y perdón por su cobardía y llegando a los cerros de al lado de
el río, se dieron de frente con dos soldados a caballo y como en manada
salieron espantados, unos para el llano y otros tomaron como para Cullar
y como eran solo dos soldados, tomaron en seguirles cada uno a un grupo
y vinieron matando gente desde que comenzó la persecución y que hasta
este mismo sitio ya llevaba seis vidas quitadas, dejando los charcos del camino en colorado de tanta sangre derramada. También me dicen que
son gente de guerra de el demonio de los Vélez (marques de los Vélez)
que venia con muchos hombres de a pie y a caballo y que estaban con
el campamento en Fuente Nueva, muy cerca de Orce y que por eso algunos
de los que se refugiaban en el cerro de Galera, ya enterados de lo que
se les avecinaban les dieron libertad de hacer lo que les dictara el
corazón, o seguir en defensa de sus vidas o intentar escapar del
mañana incierto y buscar la salvación como bien pudieran y no les dieron
ningún requiebro ni una mala palabra a los que tomaron este camino y
solo les dieron la buena suerte para conseguir lo que anhelaban, aunque
algunos mas intrépidos y decididos que querían quedar a esperar la
muerte les tacharon de cobardes sin llegar la cosa a mayores.
Les pregunte de cómo estaban mi esposa y mis hijos y si algún pariente o
familiar había recibido muerte o herida, a lo cual Agir me dio la buena
nueva de que todos estaban bien y que debía de estar alto orgulloso de
mis hijos varones, pues fueron de los mas destacados en la defensa de
Galera, enfrentándose a pecho descubierto y teniendo como única arma
unas varas gordas de nogal y que solo a recibido mal el zagal
primogénito de mi primo “el de la cuesta” pues quedo tuerto en pelea,
entre el fuego de arcabuces.
Antes de marcharse les pido el favor de esconder el cuerpo del
cristiano, fuera de la vista de el camino y borrar el rastro de sangre,
pues seguro que cuando su compañero de guardia le eche en falta, avisara
a mas gente para dar con el y sobre todo dar digna sepultura a María,
que quedo tirada en la orilla a unos doscientos pasos de donde estamos.
Arrastramos a el pesado cristiano fuera de el paso y lo cubrimos con
algunas piedras gordas y algunas matas de espino y salados y luego
echamos barro nuevo encima de el que quedo teñido de sangre, y así
borrar el rastro de muerte.
Como bien podemos y siempre vigilantes , hacemos un agujero no muy
profundo y damos descanso y paz al cuerpo de la anciana y vecina, no
sin antes desclavarle la pica que le atravesaba el frágil pecho y tras
rezar por su alma se despiden de mi y me dicen que me envidian por ser
con tanta osadía y admiran mi valentía, sabiendo lo que me espera y me
dan las gracias por cruzarme en sus destinos y salvarlos de la muerte
segura.
No puedo convencerlos de que se queden pues lo han de tener claro y
meditado, para dejarnos con menos gente y a nuestra suerte, y pienso que
yo “mesmo” no vendría a Galera, si no fuese por tener aquí todo lo que
amo y no hay que nombrarles la cobardía, sino el sentido de seguir en
vida, que es lo único tesoro que nos queda.
Ya solo me queda que esconder la mortal pica, detrás de unos matojos,
pues la espada la cogió como botín, el que la hundió en el pecho de el
soldado y es cierto que solo le traerá malas cosas, pues portar esa cruz
de hierro afilado es llevar el infierno consigo.
Entre unas cosas y otras se esta terminando la claridad y me vuelvo a la
choza, para preparar mi últimos pasos por estos caminos y solo pido al
profeta que me de fuerzas y que me allane la dificultad, y en rezo, pido
perdón por haber lanzado la muerte sobre persona, para quitarle la vida
y por hacerle herida a el inocente animal, pues yo a lo que mas he
llegado es a aporrear algún maleante desgraciado, para defensa de mis
reales.
Entonces pienso en el momento justo que lance aquella varilla con punta
de acero, que estando a unos veinte pasos mas o menos no acerté a el
cuello, que es donde le apuntaba, viniendo a dar en la trasera del
caballo, así que el armatoste que llevo como arma esta desajustada y
tendré que apuntar dos palmos mas arriba, para que llegue a su destino.
El destino a querido ser benevolente y dejar que el día se acerque a su
final, pues el tufo de la muerte recorre todo el llano y no fuese
tardado mucho rato en dar aviso a los buitres de la sierras, con lo que
se darían como enterados y en aviso los centinelas de las torres, al ver
los vuelos en circulo de dichos animales.
Ya preparado para lo que me venga y algo desinquieto y con la media luz
salgo hacia en cerro de el Almacil y al llegar quedo en sus pies, atento
a todo lo que se mueve y da sonido.
Ya en noche profunda dejo reposar mis aparejos y asciendo en arrastre
por su ladera y al llegar a lo alto asomo despacio la cabeza y contemplo
Galera, que esta como en una gran sombra negra y con un silencio que me
perturba y una ligera brisa envuelta en ligero olor a humo y a hojas de
otoño podridas, que me envuelve mi cara, y noto como mi corazón se pone
al trote, con ruido de tambores.
Solo de adivinan unas pequeñas luces de candiles, de las casas que hay
por encima de la puerta de levante y unas hileras de blanco humo,
saliendo de las chimeneas y no tengo mas remedio que mirar si la atalaya
de la Al-Panchia, esta en luces y quedo mas tranquilo al comprobar que
nadie ha de estar en ella, por no tener lumbre en lo alto.
Me bajo despacio y como he subido y dejo todo en donde estaba, menos la
ballesta y la faquilla y me preparo el intento de pasar hasta el río,
atravesando el camino de Orce.
CAPITULO XXI
Me pongo en manos de Ala, para que disponga de mi destino y le pido que me
de la muerte, antes de ser cautivo, pues la libertad que aun me guardo
como rico tesoro, no debiera perderla sin dejar mi espíritu en su debido
lugar.
Así que ando despacio y sabiendo en que lugar apoyo mis alpargatas, para
no pisar en alguna cosa que mueva ruido en medio de la noche y poco a
poco me aproximo a los morales que hacen de frontera entre el seco llano
y la vega y que detrás de ellos discurre el camino que lleva a Orce, y
que al otro lado esta la fresneda de Ozmin, en la rivera de el rio.
Al llegar a la primera arboleda tengo en suerte de que los dos palmos de
hojas de el suelo. están húmedas de el agua caída y no dan sonido ni
crujir alguno y me voy cubriendo de tronco en tronco, hasta llegar a el
ribazo de al lado de el camino y tras permanecer unos instantes echando
la vista hacia un lado y otro, cruzo veloz al lado contrario en donde me
escondo detrás de un gran fresno. El miedo que llevo es grande y noto
como por el pecho una agonía interminable, que no me deja dar ni un solo
paso mas, y cuando el resuello se apacigua, cruzo lo espeso, para llegar
a la orilla de el cauce, donde me encuentro que los palos que había
puestos para cruzar a el otro lado, estaban en el agua y que no tenia
otro remedio que remojarme de nuevo, la noche andaba traicionera, pues
había buena luna y algunas nubes borregueras la cubrían de vez en
cuando, cosa que me inquietaba, pues las sombras jugueteaban con las
alamedas y los destellos que desprendía el río, cuando la gran estrella
se asomaba, podían delatarme.
El sonido de agua mansa se trunco de pronto y me perturbaron unas voces
que venían de muy cerca, como si detrás de los bancales de la otra
orilla hubiesen gentes, así que no vacilé ni un momento en meterme en el
río, que me llegaba por encima de las rodillas y pensando que venían a
donde yo estaba, decidí seguir río abajo, agarrándome a los juncos de
los lados y tratando de no hacer chapoteo.
Llegando a la altura de la casa de Francisco Alpanchia un adinerado de las
tierras de Italia, que fue soldado en mil batallas, amagó el intento de
salirme de el agua, pues la puerta de Levante esta detrás y que da
salida a el camino de Cullar, pero al ver luces de por las ventanas y
algunos caballos atados en el tronco de un sabuco, me vuelvo a meter en
lo mojado, y me doy cuenta de que sino cruzo pronto, el día se echara
encima y quedare al descubierto. así que he de seguir casi a nado, pues
comienza el remanso de "los patos", que es donde desemboca la acequia
que llena los baños y cuyas orillas están llenas de zarzamoras y entre
la entrada de el pasadizo de la mina y las escalerillas que bajan al
río, se encuentran dos centinelas sentados con lumbre encendida y busco
madriguera por debajo de las espinas de dichas zarzas y quedo inmóvil,
aguantando mucho sufrimiento y evitando que mi mojada tez, refleje la
luz de la lumbre, refriego algo de cieno en mi cara, para estar con lo
oscuro.
Los soldados tiene conversación animada y se les ve algo contentos, pues
no paran de reír a carcajadas, haciéndole gracia todo aquello que sale
de sus bocas y es que hecho en la cuenta que les acompaña un cántaro que
no a de ser agua, sino vino, pues no paran de llenar unas jarrillas, una
vez y otra.
Tras una espera con mucho mal para mi cuerpo y no encontrando solución
alguna para dar final a mi desdicha y con las fuerzas justas para no
quedar muerto de frió en este "mesmo" sitio, pues mis quijadas están ya
desencajadas de tanta temblequera y rechinar de dientes, se escuchan
unas voces de por la cuesta de los baños y los soldados que hacían
guardia descuidan la lumbre y recogiendo sus arcabuces se dirigen hacia
el sitio por donde les llamaban y es que parece que ya les llega la hora
de cambiar de guardia.
Entonces sin vacilar un momento aprovecho el descuido y subo por el
ribazo, arrastrándome como una serpiente y traspaso el murillo de los
baños, que le habían dado derrumbe y que habían hecho lo "mesmo" con el
puentecillo de obra que llegaba a la entrada del pasadizo y que tengo
que acercarme atravesando la balsa. Una vez en la entrada y protegido
por lo negro de su interior, asomo la vista para ver como vienen los
nuevos centinelas por la entrada de el camino.
Antes de que lleguen a donde la lumbre, me pongo como a gatas a subir los
muchos peldaños de la mina que tiene las teas apagadas y que la
oscuridad se hace en mis ojos, y solo me guío por el tacto de mis manos
sobre las frías paredes de piedra.
Después de que subo un buen trecho y que me debo de encontrar en la mitad
de la penosa subida, pues se me hace eterna y sin final, me doy con algo
que no me deja avanzar y la ceguera no me deja ver que es lo que
interrumpe mi camino, así que mis manos son lo único que tengo para
adivinar lo encontrado y empiezo a pasarlas con torpeza por lo que tapa
y tras unos momentos adivino que son cosas de madera, como palos o
trastos amontonados y caigo en la cuenta de que los que hay en el cerro
cortaron el paso para no ser sorprendidos por los que pretenden hacerse
con el cerro o bien por estos mismos, para que nadie se hiciese a los
caminos, ni vinieran a tomar agua del río.
Cuando la desesperación se esta adueñando de mi, por sentirme acorralado
en este cielo oscuro y frió y no pudiendo volver a la entrada, me quedo
acurrucado en este sitio y sin a penas darme cuenta mis fuerzas me
abandonan y el sueño se hace profundo y con muchos delirios, pues debo
de estar con las calenturas que a buen seguro me vienen por desafiar con
mucha imprudencia, las cosas de humedad.
La profundidad de mi descanso hace que el tiempo sea un instante lleno
de sueños de desasosiego y sufrimiento y en uno de ellos mis miedos
hacen que despierte en voces y en sudores fríos y quedo en preocupación
por si acaso mis palabras bajaron a las orejas de los cristianos y tras
aguantar hasta mi resuello, escucho algún ruido y no sabiendo de donde
venia, me encomiendo a Mahoma y en voz baja hago canto de el Corán,
esperando lo que estaba escrito para mi alma y mi cuerpo.
Es seguro que lo que escucho son pasos, que cada vez se hacen mas cercanos
y cogiendo la faca espero mi destino, pero en un momento aquello que me
perturba, queda en silencio y una leve claridad se me hace en mis ojos,
quedo confundido y miro hacia de donde viene aquella blancura y acierto
que sale de entre los trastos amontonados, al otro lado de donde yo
estoy y la alegría se me hace en el rostro. Pregunto: ¿que persona
estaba detrás?... y pido socorro para un hermano de Galera, que viene a
estar con su familia y con su pueblo y que ando en peligro de ser
prisionero de los soldados de vigilancia.
Nunca una voz me vino como remedio a mi penurias, pues aquel que me
responde a mis lamentos, es persona bien conocida por mi y yo por el,
pues me dice con gran regocijo, que ya estaba en preocupación por mi
tardanza y dice mi nombre con mucha seguridad y yo le digo el suyo, de
la "mesma " manera y no es otro que Pedro Albarraní, vecino de portal y
amigo de "zagalerias".
Con rapidez trastea lo amontonado y abre un hueco, por donde atrancaba una
mesa y paso como por una gatera y me abrazo a el en lágrimas de alegría,
pero me da las prisas de ayudar a tapar lo abierto y salir lo mas pronto
de aquel agujero, así que subimos alumbrados por la candela de esparto
en aceite y mientras lo hacemos me dice que cada hombre que vigila la
mina ha de bajar cada cierto tiempo por si se les ocurre entrar por este
lado y que estando sentado al lado de la boca de la entrada de la
muralla, le pareció oír voces que venían de abajo.
Tal era mi impaciencia en pisar las losas de piedra de la replaceta de
el castillo, que me adelanto a Pedro echando los pies de tres en tres
escalones, como si se me fuera la vida y al llegar a la "mesma" salida,
quedo parado un instante, para tomar algo de aliento y subo las
escalerillas de por la muralla, hasta llegar a aquella explanada de mis
juegos de zagalillo y mis correrías de juventud.
Desde este lugar pongo la mirada en todas las vegas y cerros de Galera y
el amanecer se pone en pie a mi lado, como dándome la bienvenida, la luz
acompaña mis ojos y alumbra las cosas que anhelo y el azul de el cielo
se abre camino por el horizonte y levanto las manos hacia el , dando
gritos de gozo y júbilo y busco el semblante de Ala el Grande, echando
las rodillas al suelo, le doy gracias por permitirme respirar este aire
y pisar mi patria junto a mi gente y estando aun en oración el viento me
trae los tonos y letras de Alonso de Taxifa que canta las oraciones de
el alba, desde las ruinas de la que fue nuestra mezquita y que recorren
todos los campos , dando sosiego a los tormentosos presagios.
Mi buen amigo Albarrani me viene por detrás y me cubre con una caliente
manta que usan los que hacen guardia en estas mañanas tan frías y me
dice que seria lo mejor para mi, bajarme con los míos, que me darán
cuidados a mi maltrecha salud y que pronto he de estar para servir en lo
que se pueda, pues hacen falta muchas manos para tanta faena que se
avecina.
Como el no quiere descuidar la guardia, llama a un zagal que esta sacando
agua de el aljibe de arriba y le pide que se baje de por mi vera, hasta
mi casa, pues no me debe de ver demasiado entero, para hacer yo solo la
cuesta abajo.
Aquel joven se ofrece de buen grado y como no adivino a conocerle, he de
preguntarle de quien era hijo y me dice que es de Luís Zenaca, el
panadero de Castillejar, que vino con toda su familia a refugiarse en
este sitio, junto a medio centenar, que tomaron la misma solución,
llevando con ellos media docena de corderos y tres cabras y dos arrobas
de papas. Tomamos por lo recto de la calle que baja de las murallas y
conforme hecho los pasos me doy en la cuenta de que hay barias casas en
ruina y que seguían dando humo las vigas y traviesas de madera, a pesar
de que hacia varios días que terminaron los últimos desordenes.
Es todavía muy temprano y por esta razón no nos encontramos con alma
alguna y llegando cerca del callejón de el tranco chico, que es donde
esta mi humilde casa, se me viene a mis sienes, unos grandes dolores,
como si estuviesen hurgándome con algo de punta, para secarme la sesera
y menos mal que el que me hace compaña me sostiene por entre mis
sobaqueras y impide que caiga en golpe y en esturreo . Como bien puede
el zagal me acarrea hasta la misma esquina del callejón y me da asiento
y reposo en la pared y sube las escalerillas en busca de socorro y en
ese "mesmo" momento la vista se me hace en blanco cegador y pierdo la
conciencia, quedando como en sueño profundo.
CAPITULO XXII
Me vengo a la vida cuando escucho conversación de por muy cerca de mi y
al abrir mis ojos lo primero que llega a mi mirada es mi bella y fiel
esposa, que tenia mi mano en su regazo dándole caricia y mi zagala
chica, que esta al otro lado del camastro, pasándome un trapo mojado con
agua de niebla que dicen que apacigua los malos espíritus.
No puedo decir palabra alguna, pues mi garganta con ronquera, no atina a
sacar el sonido que le mando y cuando hago el intento de ponerme a
doblar el espinazo para quedar en asiento en el lecho, todas las
bisagras de mi maltrecho cuerpo me crujen en dolor, y no me queda otra
cosa que seguir en el aposento.
Se me abrazan mis dos alhajas en lloros de alegría al verme hacer
movimiento y de nuevo la emoción contenida que llevo dentro hace salir
de golpe todos los sentimientos y les doy compaña en todas las señales
que expresan el reencuentro y como soy persona de lágrima fácil y
corazón tierno, les acojo en mis brazos dando gracias a los cuatro
vientos al que me guía.
Mi buena esposa y madre, me dice que quede tranquilo y que temple las
emociones con el descanso, que todos los de mi casa están con toda la
vida y que nunca perdieron la esperanza de abrazarme de nuevo y me lleva
a mis labios los suyos con dulzura y son tantas las sensaciones que me
trasmite ese leve calor y el aroma de su piel, que le pongo mi brazo en
su cogote y la beso con insistencia ,una y otra vez, como no queriendo
dejar de respirar ese aliento que me da la vida. Ella ha de avisarme que
ya le estaba haciendo mal, pues la había acorralado con la fuerza
desmedida.
Entre las dos me ayudan de por la espalda y me dejan sobre unos cojines en
el respaldo de dicho camastro y me hacen beber una medicina cocida que
según me dicen, la trajo Luís Marú ("mutatabi" el que cura), que
consiste en una agua con hojas de olivera , cebolla y ajos picados, para
las calenturas y los malos tabardos, pues según les dijo él, muy pocos
quedan en vida con estos males, pero que como todavía era fuerte, habría
de salir de peligro en dos o tres lunas. Quede extrañado por lo dicho,
pues no recordaba nada a partir de que quede medio muerto en la tapia de
Isabel Galeiré y es que según me dice mi hija, he estado dormido casi
los cuatro días y solo de vez en cuando gritaba y daba tembleques y
espasmos y que tuvieron que cambiar las sabanas dos o tres veces, pues
unas las mojaba en sudores y otras en orines.
Tal era el secano que llevaba en mi garganta, que apuro hasta el solaje de
aquel brebaje y noto como al intentar sacar algún sonido se hace mas
claro y lo primero que les digo es donde estaban los demás, los dos
zagales y la mayor de las hembras, a lo cual me dicen que Diego y
Alonso, estaban en faena en el callejón de "el salegon" (portacho),
reforzando el portón y arreglando las traviesas y que Elvira se había
marchado a casa de Gonzalo Maxinia, pues su hijo que la pretendía como
esposa, quedo herido de muerte y en cualquier momento tomara el camino
de la otra vida y ella quiere estar a su vera, hasta el final.
En este día tan de alegría para todos los de esta humilde casa, solo me
quedaba abrazar a los que faltaban y poco antes del medio día me vienen
mis buenos hijos que parece que ya estaban enterados de que desperté,
pues vienen dando grandes voces desde la mitad de la cuesta, pues les
oigo las zancadas apresuradas por debajo de la ventanilla de el
cuarto. Entran los dos juntos y nos fundimos en abrazo los tres y de
nuevo ahogamos los ojos en aguilla, como si fuésemos tres afligidas
doncellas y un poco mas tarde y casi a la hora de comer aparece mi dulce
Elena, la mas grande y la mas chica de estatura y la que mas se parece a
mi fiel esposa. De igual manera me avasalla en besos y abrazos, además
de pasar sus manos por mi ya envejecida barba, como cuando lo hacia por
costumbre siendo una zagalilla.
En este cuarto estamos ya todos y se sientan a mi vera esperando que les
cuente todas la ultimas calamidades y así "mesmo" lo hago, dándoles
hasta los mas pequeños detalles, de el que parece que pueda ser mi
ultimo viaje, pero de repente me vienen a mis oídos unos ladridos de por
la calle y entonces me acuerdo de mi pequeña guardiana y valiente
"tubilla", que es por desgracia la que falta por permanecer a mi lado y
se lo digo a Alonso, pues el fue su compañero de juegos, cuando estaba
recién nacida. Se queda tranquilo, cuando le digo que estaba en buenas
manos y a salvo de cualquier mal.
Con tanta conversación que llevamos mi esposa hecha en la cuenta de que
puso el puchero en la lumbre hacia ya buen rato y corre apresurada a la
cocinilla con la esperanza de que la sopa no estuviera en derrame y
pasada de hervor. Así que al poco tiempo me entran una
tazilla de lo caliente, con algo de tropezones de picatostes haber si
puedo pasarle a mi barriga algo de alimento y todos los míos se traen
sus raciones y me hacen compaña y antes de comenzar hacemos todos juntos
el segundo rezo de el día y damos gracias a nuestro Profeta (que la paz
sea con él) por los alimentos y la vida que nos da.
Después de comer, Diego me hace saber que esta al mando de la defensa un
tal Caracax y que al enterarse por boca de mi amigo el alguacil
Almocatar, que había vuelto sano y salvo y que había burlado la
vigilancia, vendría a visitarme cuando estuviera con la salud en su
sitio, pues por lo visto la noticia de mi hazaña a corrido como las "mesmas"
liebres.
CAPITULO XXIII
Al día siguiente parece que mi cuerpo esta cerca de ponerse en orden,
pues de madrugada me vinieron las ganas de desaguar y por no querer
despertar a mi compañera, me puedo poner en pie sin ayuda y casi medio
arrastrando los pies me coloco por encima una mantilla chica y con mucho cuidado
abro la puerta de la calle y lo hago en la terrerilla de al lado de la casa, cosa que hacia de vez en cuando, pues el mear en lo raso, parece
que me da algo de cosa placentera, viendo escapar el chorro y el humillo
que suelta en estas mañanas de invierno. Ya desvelado y con gran hartura
de estar en el lecho me pongo las ropas que tenia guardadas y que usaba
en cosas de fiestas y celebraciones, una túnica blanca de tela gorda,
unos calzonas del "mesmo" color, un turbante colorado de seda de
Alejandria, un negro fajín ancho y unas sandalias con suela de madera de
chopo y sin olvidarme de meter entre entre dicho fajín mi faquilla mora
en la funda que tengo de plata , con adornos de oro y piedras de brillo.
Hacia ya muchos años que no me vestía de forma tan lujosa, pues entre
que me doy por persona sencilla y que no nos daban libertad de alardear
de nuestras vestiduras mas antiguas, pasaron las cosas guardadas hasta
este "mesmo" día, pues como mucho pedir, se usaban algunas cosas en
bodas y zambras, con los debidos permisos de los cristianos de poder,
después de haber pagado algún diezmo que otro, salvo los días que
teníamos que hacer presencia en la iglesia, donde no se podía llevar la
cabeza en cubierto.
Al trastear en el cuarto, despierto a mi esposa y se queda como
sorprendida de verme de aquella forma, no tanto por la vestimenta y si
por adivinar mi mejoría en la salud y aunque no son días de
celebraciones y fiesta, se abalanza sobre mi y me cubre en besos y
abrazos, cosa que a mi me da tal gustillo, que se me remueve la
calentura de entre las ingles y le pido que se remangue el camison, a lo
que ella me pide de buenas maneras que era pronto para gastar las
fuerzas con el traqueteo y que para la noche me guardaría ese manjar tan
dulce y apetitoso.
Pero lo que si hace, es buscar un "panderete" de entre los trastos y
comienza a hacerle sonar por toda la casa, haciéndole compaña con los
cantares antiguos, cosa que hace que los demás de la casa, salgan
asustados de los cuartos, menos mi zagal Diego, que salio bien entrada la
noche a relevar la guardia en el peñón que da a el camino de
Cullar. Todos se unen al jaleo y hasta yo "mesmo" medio amago algún "corcobo".
Entre unas cosas y otras ya no me noto dolor alguno y el caminar se me
hace sin esfuerzo alguno, pues esa medicina que me dieron a de ser
milagrosa, a pesar de que siempre fui receloso de estos remedios, pues
algunos, yo "mesmo" vendo y se que no espantan la muerte ni dan suerte
ni dineros.
Nos agrupamos a lado de la mesa de la cocinilla, para dar el primer rezo
de el día y nos damos al mascar con unas tortas de harina de centeno,
untadas en miel y cada uno toma el menester que tiene encomendado en la
casa. Mi esposa y mis zagalas quedan dentro y le hago saber a Alonso que
me de compaña, pues tengo la intención de salir por las calles y darles
ojo a los destrozos y ruinas de las casas y que me haga saber los
portales donde debo dar las condolencias , sean padres, madres, hijos o
viudas
Así que cogemos callejón abajo, tomando la calle de la "tripa" la mas
larga y ancha de Galera y que algunos la llaman "el carril", por ser la
única, por la cual pueden subir o bajar las carretas y por tal ventaja
sobre las demás, los negocios y tiendas están casi todas a un lado u
otro de la dicha calle y que da su termino o comienzo, según bajes o
subas, "la puerta grande" que da a la iglesia a unos cien pasos mas o
menos y a la izquierda sale el camino que lleva a el pozo de Hurtado y a
las eras.
Aunque no adivino muchas casas en ruina por los truenos de pólvora, si
que esta toda la calle atravesada con palos largos y trastos miles y
hasta algunas carretas con sacos llenos de tierra y entre unas cosas y
otras algunos haces de ramas de espinos y zarzales y me dice mi hijo que
las primeras casas están sin gentes, pues se han subido a las mas altas
de el cerro en las de los familiares o amistades o bien en los covachos
de por debajo de el castillo, y los que vinieron de Orce y Castillejar
se han fabricado unas casas con palos y sabanas, a modo de chozas y se
les ha atendido lo mejor que se podía en mantas y alimento para las
muchas criaturas chicas que tienen.
No entiendo que habiendo cruzado todo el pueblo, casi hasta la "mesma"
puerta, no nos hemos hecho cruce alguno con el personal, así que
comenzamos la subida, con intención de ir a esperar a Diego, que le ha
de quedar poco rato para dar fin a la vigilancia y a la altura de la
tienda de mi amigo Guadixi encontramos a este asomado de por la ventana
y parece que le cuesta serle conocido y sale como perseguido por
demonio a mi encuentro, diciendo que solo se fijo en la blancura de mi
túnica y que le pareció el "mesmo" Mahoma (que la paz sea con él) y me da
abrazo de alegría.
Quedamos un buen rato con la "casquera", pues se habían salido los de su
casa, dos zagales y su esposa y algunos vecinos que se dieron por
enterados de el murmullo de nuestra conversación y entre ellos Ramón el
viejo que es uno de los que tienen parte en el consejo de
ancianos (Aljama) y el único que logro salvar de la lumbre el sagrado
Corán en aquellos años donde nos quisieron dar fuego a nuestra fe y que
por estar en lengua antigua y desconocida no tuvieron el remedio que
avisar a mi viejo amigo "barbachoto" el ermitaño Carracuca para
dictarles palabra por palabra a el "mesmo" Ramón, pues no se
permitía
que lo hiciese en escritura a los mal llamados "herejes"(cristianos).
En este corro que se ha formado me cuentan todo lo acontecido por los
pueblos de Granada y Almería, dándome cuanta de las muchas atrocidades y
sanguinarias carnicerías que se han cometido por parte de unos y de
otros y quedo afligido por tanto mal que nos acecha y les digo con rabia
y valentía que en nuestras leyes Mahometanas y en los mandamientos
cristianos no predican la matanza de personas y que las necesarias
justicias solo han de darlas nuestro Dioses y que una cosa es la defensa
de las vidas y otra el quitarlas sin tener amenaza alguna.
Mis palabras parece que no les dio agrado a algunos y me torcieron algo
el "hocico" y es que algunas verdades hacen sentirnos con culpa
compartida y solo Ramón el viejo, que es gran sabio y docto y Francisco
Mucelén me dan la necesaria razón, asintiendo levemente con la cabeza y
antes de seguir el "carril" arriba me dice el viejo que esta noche había
de ser parte en el juicio que se le dará a Luís Haifa, por darle tal
paliza de muerte a su esposa cristiana y de lisiar a sus dos zagales
chicos, que los sorprendió comiendo tocino de la mucha hambre que
llevaban.
Le digo que si no pasa nada malo, tendré el gran honor de asistir a
dicha Aljama y le doy las gracias por permitir mi presencia y seguimos
la cuesta despacio, pues he de ser precavido con mis justas fuerzas y
según íbamos andando y torciendo los recodos y rincones de las casas, dábamos saludos a los vecinos y no teniendo mas remedio que hacer altos
en algunos portales, donde la muerte había entrado, como en la casa de
Isabel Ricote, que había perdido a su esposo y sus dos hijas, al darles
de lleno un cañonazo de artillería y queda viuda y en dolor con solo
veintitrés años y que este zagal que me acompaña parece que quiere darle
pronto el consuelo necesario, pues la mira de una forma que me recuerda
a mi "mesmo" cuando era buen mozo.
Para llegar hasta Diego cogemos por la vereda que hay por encima de las casas
encima de la muralla que da al "salitre" y desde este lugar se
pueden ver algunas personas de guerra, unos a pie y otros a caballo, que
a buen seguro están preparando la venida del grueso de la tropa.
Por fin llegamos a donde estaba mi otro hijo, que seguía sentado
en una piedra echando la vista a todo lo que hacia movimiento por debajo de
el cerro y cuando nos ve, se pone en pie sorprendido de que yo estuviera
a visitarlo, pues me dice que me hacia en la casa y en divido reposo, le
contamos el trastorno que se formo esta mañana con su madre y se lamenta
de no haber estado presente con todos nosotros compartiendo la alegría
de verme con buena salud.
No estamos en este lugar mucho tiempo pues viene por la vereda una
persona que yo no reconozco, a lo cual me dicen mis zagales que es el
único hermano que se vino de Huescar a estar con los de Galera y que
aquí le llaman Pedro "el hosquerino", persona valiente y con
gran destreza en el uso de la onda, pues dicen que mato a dos arcabuceros de un solo lanzamiento. pues de la crisma del primero, salio en rebote hacia el gaznate de otro y los dos quedaron
muertos al instante y él es el que releva a mi hijo en la guardia. No
acabo de creer lo que me dicen, por eso le pregunto en persona que si
era cierto lo que decían de aquella pedrada que mato a el par de
"palomos" y echándose a reír me dice que si estaba en lo cierto, pero
que aún no se cree el "mesmo" lo sucedido y lo hace sin importancia,
pues me dice que el casco del primero fue el que escupió la piedra
hacia otro lado, dando la casual manera de que a su lado estaba otro y
le vino a dar en la "mesma" nuez, dejándolo en ahogo.
Le deseamos que tenga buena guardia y los tres nos bajamos por las
escalerillas de la terrera del espejuelo por donde se ataja algunos
pasos para llegar a la casa.
CAPITULO XXIV
Hacia ya muchos
soles no estábamos todos juntos alrededor de los platos y de lo de comer
y aunque es poco lo que nos queda en la taquilla, hacemos algo de
derroche, para celebrar el "rejunte" en este día que salio algo frió,
pero que a estas horas el sol se ha puesto a calentar mas de la cuenta y
no tiene nada que le de freno.
Tras pegar unos resuellos adormilados en el camastro y reposar lo
tragado me salgo al portal para espabilar de la "perrera" que se me a
metido por la mollera y escucho unas voces desde lo bajo de los trancos
del callejón que me nombran en lengua árabe y hago asomo por la
esquina para dar vista a quien me reclama con tanto jaleo y alboroto.
No podía ser otro que el "alpargata" de mi buen amigo el alguacil, que
tiene en costumbre de dar escándalo y aviso para hacer guarda de
fuerzas, evitando subir las empinadas escalerillas. Viene en compaña de
persona desconocida y me viene a lo de pensar que bien pudiera ser el
tal Caracax, pues ya me dio aviso mi zagal de que vendría a verme.
Al echarle la vista no me causa demasiada confianza, pues es un "bestiajo" de casi dos varas de alto y tiene el ancho de dos costales y a
buen seguro que su turbante sirva para cubrir tres cabezas como la
mía, lleva ropas de berberisco con armadura a lo antiguo y botas de
puntera de hierro reluciente y armado con tantas cosas que andará con
dos arrobas de peso, pues entre en fajín le salen varias facas y puñales
con fundas y colgado de la espalda acarrea una cimitarra de guerra y un
arcabuz ancho y un morral donde a buen seguro tiene la pólvora, su tez
mas oscura que el hollín con aretes grandes que le caen de las orejas,
cejas como la crin de un caballo y una barba gruesa, que no le deja ver
por donde le asoman las palabras.
La impresión es grande y viéndole pienso que mayor será el temor que
tengan los cristianos, cuando les levante aquellas mazas, que tiene por
manos y ciertamente alguno se hará en chorreo de "cagalera", antes de
fenecer.
Me doy arrimo bajándome a donde esperan tales visitas y Almocatar me
hace conocer aquel gigante de Mahoma (que la paz sea con él) y tras
hacernos saludo este guerrero me dice que le ha llegado a los oídos que
burle a los centinelas y que cruce el llano y los caminos de Huescar y
que mi Hijo le dijo anoche, que le di muerte a un jinete con una
ballesta nazarí en socorro de los huidos de Galera.
Le conté lo que había penado para llegar hasta aquí y que los
guardias cristianos parecen estar con mucho descuido y confiados de que
nada ni nadie osara pasar por su vera y que dejan solos los sitios,
enfrascados en cosas del vino y que aquel cruel asesino que dicen que di muerte,
no a de ser cierto, pues fue su "mesmo" caballo el que le dio desmonte
al sentirse herido por la punta que le iba a su amo, y que fueron los
perseguidos, los que le degollaron sin piedad alguna.
Me pone su mano en mi hombro diciéndome que ya es el tiempo de que me
diera menester en la defensa del sitio, que me tiene el lugar señalado
para que pueda usar esa ballesta de la manera que mas daño cometa y que
tengo que subir las escalas de las casas que hay junto a el segundo
trabes y desde este lugar mas alto, tener a tiro certero a la montonera
de cristianos que se apresuren para pasarla y hasta entonces había de
procurarme cuantas mas puntas mejor y que las fabrique de las ramillas
de los paraísos y acacias de los jardines de el patio de el muerto
cristiano Pedro Gracia y luego me vaya al de la fragua para que me
diera todo lo que pudiera servir para hacerle filo y darle amarre en los
extremos de las varillas y que para ello me dejaba sin otra cosa que
esta faena y quedaba sin la obligación de centinela, pero que debo de
estar en disposición de toda orden.
Abrumado de tanto mando que se gastaba este desconocido no tuve otro
remedio que salirle al encuentro en la palabra y sin temor alguno y
mucho respeto le dije que quien le había otorgado el derecho de mandar a
la gente de este pueblo, estando el que debe de hacer tal menester en
vida y que no había de ser otro que el que le da compaña, el alguacil de
Galera.
Almocatar me sale al paso y me dice que sosiegue las palabras, pues
quedaron en acuerdo con Elmalev de que al dejar Galera hace unos días,
dejaba a su mejor hombre a cargo de la defensa del sitio, por ser
persona de mucha guerra y muchos cristianos muertos por las tierras del otro lado del mar de Rum y por los campos y sierras de Al-Andaluz,
pues con tal conocimiento de el uso de las armas y de los engaños y
formas de dañar sin ser dañado, había de ser nombrado "el que manda" y
da orden.
Luego me dice que esta en la faena de hacer miramiento por las
necesidades de la mucha gente y de estar a el acecho de que nadie pase
hambre, pues se reparte el alimento de forma que el que tuviere
despensa llena, diera al necesitado y que da las ordenes necesarias para
la vigilancia y el acarreo de agua de los aljibes, para que nadie tenga
la osadía de gastarla en otra cosa que no sea para la sed, pues ya hace
mas de quince días sin poder bajar a los pozos y al rió, para
colmarlos y que dan gracias por la nube de estos días atrás, que los
medio lleno, pero que esta en escasez y que habrá que hacer pronto el
intento de saltar el cerro o bajar por la mina a por ella, sea de la
acequia de los baños o bien del "mesmo" rio.
Caracax me da mirada de por el entrecejo y me dice que hasta ahora nadie
de este pueblo le puso en duda su mando, ni nadie que replicara sus
encargos y que andará con mas tiento en mis palabras, que me tenia como
hombre sabio y honesto, además de valiente , que guardara el
acaloramiento para los que pretenden dejar en charcos de colorado las
calles de Galera.
Como no me tengo en ganas de seguir teniendo discusión con tal "cabezon"
ni con el que me quiere, amanso el hocico y me entremeto el rabo entre
las piernas y asiento con la cabeza tales mandatos y necesarias
explicaciones, diciéndoles que estaría en disposicion de lo .que hiciese
en falta.
Me guardo para mis adentros muchas palabras y verdades, que cuando sea
la ocasión sacare por mi boca , pues me roe la pregunta de porque se ha
llegado a esta forma de sufrimiento y agonía y si merecía la pena que
muchas almas tomaran la muerte como camino.
Así que quedo en aviso de lo que me han encomendado y tras despedir a
tal pareja me vengo a mi casa, para darme algo de aseo y esperar la hora
de bajarme a la Aljama de esta noche y junto a los mios esperamos a que
se escuche la llamada a la oración de la tarde en boca de Alonso de
Taifa, que como dije, se sube el lo alto de la montonera de piedras de
lo que pudo ser la antigua mezquita, y tomamos las alfombrillas de dar
rezo mirando para el sureste.
Ya con la noche en camino me bajo con mis dos zagales, pues tienen el "mesmo"
camino que yo, pues uno debe de tener la fiebre en el badajo y parece
que tiene la intención de que aquella joven viuda le abra el cerrojo y
le de consuelo placentero y mi otro hijo me dice que quedo en reunirse
con algunos para ver la forma de bajar hasta la iglesia, pues aquí
tienen los centinelas las carretas con la provisión de las cosas de
sustento y algunos barriles chicos de pólvora y pretenden armar jaleo
por la cuesta de los baños y por el barranco del "tuerto" para que los
cristianos se vayan a estos sitios, dejando las cosas en descuido, cosa
que a mi no me da agrado, pues no quiero que tome el riesgo de perder la
vida.
Al llegar a la altura de la cuesta de "la mitad" tomo subida a la casa
de Ramón, que esta justo debajo de la peña grande y me doy con barios
ancianos conocidos y que fueron compañeros y amigos de mi padre, que
están esperando a que suba Luís Haifa, por su propia voluntad, pues si
se tardara en demasía, mandarían prenderlo y no tendría el posible
perdón de su alma . Darán justicia cinco personas y en este caso parece
que yo seré el testigo, que desde antiguo así se hace, y que debo de dar
fe de lo que se convenga y que no he de tener palabra, a no ser que se me
de el permiso debido o que se haga consulta sobre alguna cosa.
No tarda mucho Luís en asomar por lo bajo de la cuesta, que viene con su
primo que tendrá el menester de anteceder por el y tras saludarnos todos
como buenos hermanos tomamos la puerta adentro y se hace en circulo de
personas sentadas en los cojines y en el "mesmo" centro ha de quedar en
pie el acusado y no hará asiento hasta que se le de el motivo en palabra
de su falta.
Toma la palabra el mas viejo, que no es otro que Hernando Jafaz y
comienza describiendo los hechos de la forma que a los diez días de que
se diera Galera liberada del yugo de la cruz y después de dar permiso
o libertad a aquellas personas cristianas que estaban casados con los de
nuestra raza, para que tomaran la puerta o quedaran con sus esposos y
esposas en la fe de Alá, y hacer renuncia de Jesucristo, serian tratados
como hermanos e hijos de Mahoma (que la paz sea con él) y que Francisca
Sánchez , hizo la renuncia publica por el amor que tenia a su esposo
Luís y que un miércoles en la tarde hecho en falta los dos zagales
chicos que tenia y que después de estar dando vueltas por los
alrededores, le dijeron que los vieron entrar en la casa de Felipe
Martínez, cristiano viejo huido a Huescar, que dejo las puertas de par
en par y que esta buena mujer entro a buscarlos y los encontró en la
cámara, comiéndose el tocino y cosas del cerdo, que tenían colgadas
dándole secano en sal y como no se habían llevado a la boca casi nada,
desde hacia tres días y en su ignorancia e inocencia no tuvieron mas
remedio que hincar los dientes a lo prohibido. Sin mas, esta se los
llevo a su casa, recriminándoles el pecado cometido y para que todo
llegase a la calma no le dijo nada a su esposo, que venia en cólera,
enterado de el linchamiento de personas nuestras a manos de los
oscenses, pero que el fatal destino fue que uno de los zagales tubo el
error de meterse en algún bolsillo un trozo de dicho tocino y que en
"juguesca" se le salto por el suelo y vino a rodar a los pies de Luís y
este sin pedir explicación alguna, se fue a la trastera y saco un mástil
de una azada y comenzó a repartir tales palos a las criaturas que los
dejo medio muertos en el suelo, a lo que su esposa se interpuso para que
nos los matara y recibió tal palo en la cabeza, que quedo a la vera de
sus hijos medio agonizando y que el salvaje esposo salio corriendo
cuesta arriba, y menos mal que los vecinos al oír las gritos de socorro
vinieron a ver que pasaba y encontraron los inocentes bañados en sangre.
De alguna forma no fenecieron y vinieron a despertarse con los cuidados
y curas que les hicieron , pero que los zagalillos quedaron con las
piernas mancadas y todo el cuerpo en morado y que Marú, tubo que abrir
las carnes de uno de ellos, para cortarle una costilla quebrada que le
hacia gran sufrimiento al dar resuello y a los pocos días los vieron
salir en muletas, junto a Francisca y hasta la fecha ya no volvieron.
Luís hecho en llantos como niño chico y quedo en rodillas, con los puños
clavados en sus ojos encharcados y pidió al consejo que le dieran
justicia con la muerte, que le dejaría la paz y le quitaría el tormento
de perder lo que mas amaba. Su primo tomo la palabra y dijo que era
justo un castigo, pero que en su defensa le dijo el propio Luís, que no
tenia recuerdo de hacer tal fechoría y que estuvo sin saber donde estaba
mas de tres días y que la ira que traía aquel día debió de hacerle
perder la razón y la cordura, pues cuando vino en si, salio para su casa
y le vinieron aquellas imágenes que sucedieron y comenzó a dar gritos de
rabia y enterado de donde estaban los suyos se dirigió hacia el lugar y
no le dejaron dar vista y abrazos y que Caracax le echo la mano al
gaznate y no falto mucho para despeñarlo por el barranco.
El "mesmo" Luís se levanto de nuevo y se dirigió a los reunidos y les
dijo que no hacia falta que siguieran con tal juicio, pues estaba claro
que el se declaraba con toda la culpa y que lo que se debía de decidir
el castigo los antes posible, para no hacer mas largo el infierno que
llevaba por dentro.
Y así se hará, pues los ancianos de levantan y se salen al portal y
nos dicen que quedemos donde estamos, que ellos tomaran la decisión de
cuales han de ser las penas para el acusado de dar mucho daño a los
suyos y tras un buen rato asoman los cinco por el cuarto y es el
encargado de decir lo acordado el viejo Farid. Que se tomo la manera del castigo con diez latigazos en la espalda con trenzas de esparto en el
sitio publico de la explanada del castillo y no a de ser mas tarde de
tres días y que luego quedara en disposición de ofrecerse voluntario a
los que mandan, para que le den encargo de las cosas de peligro y en
donde este el jugarse la vida, como salir de noche a los caminos a por
provisión de alimentos y de pólvora en las sierras, donde están
escondidos muchos hombres de guerra y que de gracias a el mas "grande",
por estar en tiempos donde todo hombre es altamente valioso y necesario
para la defensa de este pueblo y que si esto que hizo, fuese en tiempos
de paz, a buen seguro que se le cortarían los brazos o le sacaran los
ojos y se los hacharan de comer a los perros.
Antes le dan pregunta necesaria a Luís, si estaba en el acuerdo de lo
dicho y que estaba a el tiempo de decir alguna cosa a su propio favor,
para
rebajarle el dicho castigo, a lo que el les dijo que era poco el daño
que recibiría al que el "mesmo" había cometido y que pondría su alma y
vida en disposición de Galera. Luego estos honorables hombres me dicen
lo "mesmo" que si me di en la cuenta de alguna cosa mal hecha en este
cuarto, lo dijera en este sitio, pues si estar en la calle con gentes,.
saliera de mi boca algún reproche, no seria de buen hombre, pues las
cosas han de tener solución a la cara. Les dije que todo estaba en su
sitio y en orden y que se habían dado en misericordia con tal acusado y
que les bendecía por tal hecho, porque Luís, hasta entonces no había
tenido nada que se le pudiera señalar como persona de mala fe y que se
le conocía por buen esposo y padre, además de trabajador en sus
quehaceres de hortelano.
A si se llega a lo dicho y que Luís estuviera dentro de su casa hasta
que llegara la hora de subir al castillo, para recibir el daño y que
los latigazos serán dados por una persona que ellos tuvieran en señalar
y que tendrá la dura tarea de hacer de verdugo y que como siempre será
persona anónima, con la mascara de cuero que no delate su rostro.
Sin mas nos damos saludo y cada uno toma para su sitio, pues ya es casi
la hora de que queden solas las calles y que el silencio tome morada por
todos los alrededores, pero por casual manera me doy con el zagal que se
fue a acordar la manera de hacerse con las cosas de los cristianos y lo
primero que se le viene a la palabra es decirme que esta tarde cuando el
sol quería buscar lo bajo, desde el cerro de "Campos" el centinela de el
torreoncillo adivino unas señales de reflejo de cristal o espejuelo y
que mando recado a Caracax, que estaba recién bajado de hacerme visita,
para que pudiera comprender tal aviso, pues es el único que conoce bien
tales artes de hablar, a lo cual , una vez arriba tomo un espejo chico
de su zurrón y lo puso en aquella dirección y no tardando mucho le
respondieron de la "mesma" forma y no pudieron seguir en dialogo `porque
la luz ya era para esconderse. pero que este quedo con lo dicho,
diciendo que "el diablo de cabeza de hierro" el de los Velez, estaba
levantando el campamento y que mientras tanto se había subido a Baza a
por mas gente y que en Orce habían llegado mas de quinientos hombres de
Lorca.
José Antonio
Blázquez Romera Edición y diseño, Fermín Guillen
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