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EL
MERCADER DE GALERA, CAPITULO: I

Primeros
días de noviembre 1569
Me despierto cuando escucho a los gallos de el vecino y no lo hago de
buenas maneras, pues no he pegado ojo en toda la noche pensando en que
tenia que salir de
nuevo a "torcer" los caminos, que por otra parte me preocupa en demasía
en el estado que deben de estar, pues tras haber estado cinco días con
sus cinco noches sin parar de llover a cantaros.
No me queda
mas remedio, pues la mercadería se me esta echando a perder de no
sacarla a andar, pues ya hace un mes y diez días sin salir a ganarme el
pan y el aceite, los lienzos de seda y demás telas ya están medio
“florecios” y huelen a humedad, en cuanto a los trastos que también
almaceno y que vienen y van con mi padecer, son platos, jarras,
marmitas, vasos, abalorios de adorno ,tintes de rubia y alheña,
medicinas y ungüentos, remedios y aguas milagrosas, alfombras y cortinas
de jarapa, todas las
especies por haber, aceite de Huescar y vino de aquí, también llevo sal
y harina de centeno.
Tras haber
despedido a mi esposa y mis zagales recojo una talega con lo de comer,
que la llevo bien cargada pues el camino ha de ser largo y penoso y que
no será menos de treinta días,
Me recoloco el
turbante y me aprieto el cincho, me remango la chilava y restrego las
esparteñas que las llevo perdidas de barro de estos días.
Como vivo casi en
todo lo alto de la cuesta en el callejón de el "tranco chico” al lado de
el alguacil García Almotacar, no puedo subir ni guardar aquí la
mercancía por ser penoso y difícil, las tengo en casa de un primo que
vive a lado de la puerta que hay encima de la "cuesta de los baños "
por estar cerca de lo llano y tener mucho sitio para meter la carreta,
mis dos bueyes y una mula torda, también llevo con migo a una perrilla
"ratonera" que es muy poco agraciada, pero lo que le falta de una cosa
le sobra de valiente y atrevida y siempre me avisa de alguna cosa que se
acerca cuando yo descanso en el camino, que mas de un día me aviso de
algún lobo "traspellao" o algún zorro con ganas de hincarle el diente a
la talega de comer, o algún gañan que venia a robarme con sigilo.
Llegando a la
puerta de la iglesia hay un corro de mujeres que cuchichean en voz baja
y comenta algo de una pelea o alboroto. Como soy persona medio alcahueta
y cotilla y me gusta saber todo lo que se guisa, le pregunto a Zalema,
la mujer de Pedro Haritz "el espartero" y me comenta que el alguacil va
diciendo que en el Albaicin de Granada se están levantando en armas
contra los cristianos y que unos monfies han matado algunos soldados
cerca de Andarax.
Mi cara se queda
como la corteza del limón y me entra un "tembleque" que no puedo
remediar.
CAPITULO II
Sin mas dilación no
bacilo en subirme a la tienda fe Francisco Guadixi que la tienen medio
le la cuesta de la "tripa" al lado de donde vivía Ismael Sánchez el
"Judio"".Se que en este lugar tan concurrido se confirma y desmiente
todos los "decires" pues mis colegas de profesión que vienen de muy
lejos y que todos pasan primero por los caminos de Valencia y Granada y
que portan aquellas cosas que ni yo "mesmo" no encuentro, ni tenemos por
aquí, traen esas noticias de todo el reino, sean ciertas o no, siempre
son el preludio de lo que se amasa por esos lares.
La casualidad que el
la puerta de la tienda esta Juan Alcorea que trabaja como mulero en el
molino de "el salitre" y me dice que su amo le confirmo ayer tarde lo
sucedido, amenazándolo con una vara y diciéndole con tono amenazante:
(Cuidado con lo que hacéis vosotros, que si me entero de que algún
moro conspire contra alguien de el pueblo lo colgara el personalmente en
el moral grande que tiene a la entrada.)
Ya todo divagante y
nervioso vuelvo a bajarme esperando encontrar a Almocatar para pedirle
consejo si debo de partir o quedarme con los míos.
Cerca de la casa de
mi primo están jugando un puñado de zagales y entre ello esta uno de sus
hijos, le pregunto donde esta su padre y me dice que el mismo lo espera
aquí pues a salido a reconocer si ha hecho daño el agua en la vereda que
lleva a la fuente del "faz",pero que ya hace un rato que se fue y debe
de estar por aparecer, mientras tanto me asomo a el porche donde tengo
la carreta y abro la cuadra para comprobar como están los bueyes y la
mula, que parece que huelen que los voy a sacar a ganarse la cebada y la
avena que les he estado dando durante el largo descanso.
No quiero cargar
todavía la mercancía hasta saber la opinión de mi vecino el alguacil. Al
salir por el "portal" casi me doy un cabezazo con el "mesmo", pues su
zagal sebe que le aviso que le andaba buscando.
Sin yo preguntarle,
el ya sabia lo que quería de el, solo me dijo que me fuera tranquilo que
el rumor de el alzamiento no había sido confirmado y que un cristiano
viejo que venia de Orce le dijo que entre los soldados de el marques se
comentaba que solo eran cuatro "desgraciados" los que habían armado
tanto revuelo y que los moros de Granada no le hicieron caso y no les
abrieron las puerta ni ventanas para no ser señalados y les dijeron que
se fueran pues eran pocos y mal "aveníos".
CAPITULO III
Así que mas animado,
pero con la moscarda detrás de la oreja me dispuse aparejar a la mula y
enganchar a los bueyes que seguían algo cabezones, les cimbree la
varilla de mimbre en el cogote y parece que comprendieron la intención,
además "la morilla"(mi perrilla) me ayudo con unos ladridos
entrecortados a apaciguarlos, en eso que mi primo y su zagal grande
entran por la cuadra y se ofrecen a echarme una mano como siempre, cosa
que agradezco de buen grado y que además les compenso con alguna
necesidad, que bien que les viene, pues pasan mucha falta ya que son
diez almas debajo de el mismo techo y solo dos que puedan o que tengan
edad de coger la azada en el pedazo de tierra que además es poca y con
falta de agua y no ha quedado mucho sano después de el pedrisco y las
heladas, menos mal que este año hicieron previsión recogiendo cuatro o
cinco costales de membrillos y seis cuartillas de moras, con eso que es
poco y dos cabrillas que tienen pueden pasar de mala manera el invierno.
Como tengo todo
ordenado y metido en unos cestones grandes de mimbre y otro mas pequeños
de pleita para las cosas mas chicas, destapo todo lo tapado y espolso
por encima, saco las telas que están bien dobladas en unos caballetes
hechos de madera de nogal y los dejo al aire para que mientras cargo lo
demás, vallan perdiendo esa olor a humedad que se les a metido, algún
lienzo ya "florecio" (moho) se lo doy a ellos, haber si lavándolos les pueden
sacar provecho.
Sabiendo que por el
camino hacia el sur están los posibles problemas me decido por tirar
para el norte y subir hasta Albacete, haciendo primero muchos pueblos,
en donde también compro y empleo algo de lo ganado en cosas que en
Galera y alrededores es difícil de encontrar, y además tengo necesidad
de subir algo mas arriba de donde debo, pues tengo que recoger unas
cuartillas de azafrán en un lugar al que le llaman Las Pedroñeras,
además aprovecho y visito a un pariente que vive en Villa pardillo, pues
se fue de Galera por no tener suficiente clientela, pues se juntaron dos
herreros en el "mesmo" sitio y no comían los dos bien comidos.
Empezamos a cargar
lo mas grande y pesado, amarrando todo entre si, luego lo mas pequeño y
menudo y lo mas frágil, tapándolo luego todo con unas pieles cosidas y
curtidas de oveja, las cuales me vienen de mis ancestros mas remotos y
que han recorrido mas de medio reino.
Sin mas que cargar
repaso todas las "amarraras" y ramales y me despido de los presentes
diciéndoles que se pasen de vez en cuando por mi casa por si tuvieran
alguna necesidad o tuvieran algún mal de el cuerpo y que no se
preocuparan, que siempre me cruzo con alguien conocido que viene al
contrario que yo, que ellos darán recado de como me esta yendo en el
camino.
CAPITULO IV
Amarro la mula a la
trasera de el carro y subo a la perrilla en un hueco entre los trastos,
escondo como siempre la taleguilla de el dinero en un escondrijo, pues
he de ser precavido por los muchos desgraciados y monfies que hay por
esos caminos y que no tienen miramientos para dejarte en pelotas o
quitarte la "mesma" vida, por ello solo me dejo a la vista algo de
calderilla. Tengo muy a mano una faca grande y bien afilada y una vara
de peral terminada en un nudo que parece una porra, que a mas de uno le
dejo lisiado para toda la vida o medio muerto, como aquel que me salio
llegando a Purullena y que bien sabe como me las gasto. También llevo a
mano unas cantimploras hechas de calabaza seca donde llevo el agua y el
aceite.
Así que mientras
rezo por mis adentros para que ningún cristiano me señale y que baya
diciendo que sigo con mi fe antigua, me encomiendo a el profeta Mahoma y
arreo a los bueyes que les cuesta poder mover todo el peso ya que se me
han hecho gandules como yo.
Por fin me muevo y
empiezo a salir por la puerta y tomo la cuesta abajo, cosa que me
permite probar las zapatas de los frenos. Llegando cerca de el rió,
donde empieza el camino y atravesar la pequeña alameda que hay junto a
los baños, los charcos y el barro están helados aun de las últimos fríos
mañaneros y por estar en umbría se hacen para todo el invierno.
Tengo que ir
despacio, pues el puentecillo que hay hecho de piedra y tablas a quedado
maltrecho tras una pequeña riada que casi se lo lleva otra vez mas, por
eso cruzo por encima de el agua y casi me quedo atrancado por tanta
piedra gorda que se ha desprendido de dicho puente.
En la otra orilla me
doy de frente con Diego Calé, que viene de su molino y me comenta que
estoy medio "ido" por salir tal como están los caminos, llegando a la
altura de la intersección de los "tres caminos " me tengo que parar,
pues el viejo Yusuf y Muley viene con su ganado de cabras, una persona a
la que todo el pueblo le tiene gran respeto ya que es el único que habla
todas nuestras lenguas antiguas y normalmente se expresa en el aljamía y
conoce bien el algarabía, el cual yo "mesmo" uso de mala manera pues
hace ya muchos años que viene prohibiéndonos usarlo públicamente. Me
saluda y me previene de que a la media legua de aquí y más o menos a la
altura de las tierras del beneficiado de Huescar hay un trozo de ribazo
que se ha desprendido y quedo el camino muy difícil de pasar con el
carro.
Retomo la marcha
esperando que los problemas no me empiecen tan pronto, Antes de perder
de vista a Galera, que queda a mis espaldas, paro un momento y me vuelvo
a mirarlo, cosa que nunca había hecho hasta hoy, quizás como presagio de
que algo se barruntaba en el ambiente y que sus casas asomadas a las
peñas como blancas palomas me dijeran adiós. No queriéndole dar
importancia a esta nieblecilla que se me ha pasado por la cabeza,
prosigo el andar.
Como me dijo Muley
tuve que penar con el trozo de ribazo, que para poder seguir eche mano
de un azadón que pedí a un hortelano que quemaba zarzales en unos
bancales, a la altura de Huescar también padecí para pasar, pues el río también había estropeado
lo bueno del camino y además las fuentes cercanas se habían desbordado y
atravesaron mucho barro.
Me sale a el paso el
molinero de Fuencalinte que es persona importante en nuestro pueblo
vecino, cristiano viejo y protegido de los marqueses de los Vélez y que
se le da mala fama entre nosotros por ser muy contrario a nuestras
costumbres y tradiciones, pero que la gente dice que todo el odio le
viene porque hace unos diez años sorprendió a su esposa revolcándose con
su criado moro, que tenia trabajando en el molino y que las malas
lenguas dijeron que lo capo y luego lo mato y que nunca apareció su
cuerpo y que un hijo que tiene, a de ser de nuestra "mesma" sangre.
CAPITULO V
Me da el alto y me
levanta la voz diciéndome que ni se me ocurra entrar en Huescar, pues no
seria bien recibido, pues dicen los cristianos de esta villa que no se
fían de los moriscos de Galera, que además son muchos y que no están
haciendo caso de las recomendaciones de nada que les venga de sus
señores, así que me señala para donde tengo que tirar. Pero yo no me
hago el mudo esta vez, pues ya estoy arto de tanto mal que se nos esta
haciendo y no entiendo como siendo nacidos y criados en el "mesmo" sitio
no se nos trata a todos por igual y eso que siendo todos cristianizados
a la fuerza no se nos mide con la "mesma" vara, aunque entiendo que
ellos no son ignorantes de que fingimos por fuera su cruz y por los
adentros llevamos a nuestro profeta Mahoma, y que el salvador y Dios
cristiano le tenemos algunos mucho respeto y admiración, pues con lo
añejo de el vivir se da uno cuenta de que los dos son uno "mesmo", con
distinto nombre y ambos predican las "mesmas" leyes pero para distintos
pueblos.
Le contesto sin
miedo ninguno diciéndole en el "mesmo" tono que el que no era autoridad
para prohibirme si yo quería entrar a su pueblo y que además no tenia en
mis planes pasar a el y que yo era persona conocida y respetada por la
gente de trato en este lugar y le digo que pregunte a el que el guste y
le dirá que nunca he sido temido ni han discutido mi honradez.
Se quedo algo
sorprendido por no esperarse que le parara su mala fe y el tono que el
se gasto, me dedico unas carcajadas de ironía y ya mas calmado me pidió
un perdón fingido y me pidió por favor de darle recado a un pariente
suyo que vive en la vera de el camino en el "llano de la Puebla" en una
alquería donde tiene ganado, que le diga que ya tiene molido los tres
costales de cebada y que ya podía pasar a por ellos.
CAPITULO VI
Le sigo dando trato algo atrevido por mi parte y con algo de picardía le
pido que el favor se paga de alguna manera por no ser nada de familia ni
tener alguna amistad y que debería pasarme a mi mano alguna moneda para
a bien llevarles el recado.
Me recrimina mi pequeño desden y me dice medio balbuceando que no conoce
ningún moro con tanta listeza y atrevimiento y que lo que pienso por mis
adentros lo saco por las "quijás", se registra y se saca de por el fajín
una taleguilla de piel y me arrima dos monedillas de cobre antiguo y me
dice que ya voy aviado con esto.
Así que ya saldado mi encargo por adelantado, me despido de el molinero y
arreo a los animales y salgo otra vez para seguir los carriles de el
camino. Tras hacer media legua mas o menos cuesta arriba y saludar al
guardia de la torre de Huescar me adentro por el llano que casi no esta
sembrado por ser secano, salvo al lado de las cinco alquerías que se
dispersan por el y que todas tienen buenos pozos y algunos bancales
cerca de ellas con trigo, cebada y panizo y que algunas tienen hasta
huerta. Casi todo el llano se usa para el ganado de ovejas y cabras y
muy pocas cabezas de vacuno, pues bien verdea cuando los años son de
mucha agua y nieve.
En una de las alquerías mas grandes y ricas viven mas de veinte personas
entre amos y servidores que además es de un morisco acaudalado de la
parte de levante y que en el sirve el único esclavo negro de toda la
comarca, traído de muy lejos cuando era niño, pero que cuando se hizo
zagal grande lo tuvieron que castrar pues cuando se descuidaban los
demás hombres de trabajo, montaba a sus mujeres e hijas, pues tenia fama
entre ellas de el tamaño y destreza de su "badajo", pues hasta ese
momento dejo preñadas a tres hembras que no parieron los hijos vivos por
matarlos con remedios de veneno y conjuros milagrosos por ser una
vergüenza parir de negro.
El camino por aquí es bueno y ancho pero como el barro es profundo se me
hace algo pesado sobre todo para los animales que a pesar de que llevo
poco recorrido ya los llevo perdidos.
El sol ya mordiendo la sierra de a mi izquierda diviso la alquería de
Fernando de Iñigez, el pariente de el de Huescar y tengo alguna
posibilidad de no pasar la noche a lo raso o por lo menos cerca de lo
habitado o resguardado por alguna tapia que me corte el aire de la
helada.
CAPITULO VII
Llego a la altura y por enfrente de una gran puerta que da paso a un
patio y en donde esta la entrada principal de la casa, de un postigo de
atar las vestías cuelga una maza de de bronce macizo que lo tienen de
llamador por estar la casa algo alejada, han pensado bien para oír el
estruendo al aporrear el portón. Maceo dos o tres veces no muy fuerte
por no armar mucho desorden, al poco rato se abre una ventanilla que hay
en una de la hojas de la puerta y se asoma el capataz de la hacienda, le
digo que llevo aviso de su pariente y le doy encargo de que le avise al
propio D. Fernando, a los pocos minutos oigo el pestillo y luego el
crujir escandaloso de el portón y que pone en alerta mi "morilla",
ladrando sin cesar hasta que le hago callar, me dicen que pase con todo
lo que llevo a dentro de el patio, que el amo saldrá a verme cuando
termine de cenar. Entro despacio y con cautela por no rozar con el carro
en los lados de la puerta que aunque sobra sitio para pasar bien he de
centrar bien todo el avió.
Los animales sin yo dirigirlos buscan un pequeño pilar que tienen a
un lado, mientras ellos calman su sed, yo me bajo a lo firme para
estirar el cuerpo y descansar lo de cagar que lo debo de tener en carne
viva.
Observo con detenimiento unos zagales que salen de la parte pobre de la
casa con unas teas de brea encendidas y que atan en dos columnas de
piedra que hacen de sostén a la entrada de las cuadras, luego llevan
unas aristas y y dan lumbre a unos candiles de aceite que están
colocados a ambas partes de la fuerte y lujosa puerta principal y que se
resaltan sus dibujos y adornos notándose que son de algún artesano bien
pagado y que de esas se ven bien pocas y solo en casas de ricos e
importantes.
CAPITULO VIII
Al poco tiempo sale a recibirme el señor de la casa y me sorprende la
forma tan sencilla y amolde con que va vestido, lleva ropa casi de pobre
y parece uno mas de los de trabajo, le acompaña su esposa que si parece
una señora, pues además de alegrar la vista, lleva los ropajes dignos de
sus dineros.
Se dirige a mi de buena forma y recibimiento, me sonríe y me alarga la
mano, yo le respondo como se merece y le paso el encargo, me da las
gracias y me dice que me quede esta noche en su casa y que duerma con
los criados que no hacia tiempo de estar sin techo. Llama a uno de los
zagales y le dice que me de cobijo y cama y que le den de comer a mi y a
los animales, me inclino sorprendido por su trato tan respetuoso ,pues
no es muy normal encontrar algún cristiano "bellonero" que no nos trate
como vestías..
El criado me dice que desenganche a los animales y los meta a la cuadra
donde tienen los suyos.
Así lo hago metiéndolos en un hueco que queda cerca de la puerta para
después ponerles unos haces de forraje y me llevo a la perrilla que me
cuide el carro.
Me hacen pasar a una salilla contigua a las cuadras que parece muy
antigua, pues su interior esta hecha de traviesas con palos y adobes de
brea, el techo parece que esta por debajo de las tejas con haces de
juncos y aneas, hay cuatro habitaciones no muy grandes y al frente que
da a el poniente una cocina grande que sirve de comedero y donde al
parecer hacen la vida cotidiana, tiene una chimenea a lo antiguo hecha
de obra y unas grandes losas de piedra con una gran perola de cobre en
medio, que cuelga de lo alto de el techo y parece que están haciendo el
bocado antes de acostarse, pues me vienen unos vientos que me abren el
apetito, frente a la perola hay una mujer de mediana edad bastante
corpulenta y con buena anchura que se acacha a atizar la lumbre, como
aun tengo edad de tener zagales y no me tengo por ser delicado con los
bocados que puedo mascar se me hace en mi azotea una imagen de dicha
mujer como si estuviera sin ningún ropaje y al acacharse me imagino la
estampa de esa gran posadera blanca y todo lo negro destacando por en
medio y al final de su gran carril, me entran unos sudores y calentura
que me hacen ponerme "mohíno", y muy disimulada mente he de colocarme la
herramienta de el lado adecuado, pues se me hacia molesto en la forma
donde llacia.
Como me doy cuenta de que los de la casa no me pierden ojo dejo de
interesarme por el cuadro que solo me puede traer problemas y intento
sacar conversación con los ya sentados esperando la cena.
Me dicen que son dos familias de trabajo y que son una de cristianos y
otra de moriscos y que están emparentados y con dos nietos mestizos.
Pregunto por la mujer de la lumbre y ella mesma se da la vuelta hacia mi
y me dice que es la madre de los dos zagales y que quedo viuda hace tres
años por caerse su marido de el pajar, dándose de mala manera en la
sien.
Me da de nuevo la fiebre puñetera al llevar los ojos a su pechera, pues
los tiene bien hermosos y que además me ha hachado una risilla como
sabiendo de mis pensamientos.
Después de haber estado unos
minutos dialogando y diciendo alguna gracia que otra nos sentamos en una
gran mesa maciza hecha de tablones de roble, remachada con grandes
clavos de cabeza triangular y que se nota que en ella hacen también la
matanza y la demás faena de la cocina, pues esta llena de profundos
cortes de lo que debe de ser de trocear la carne con el hachilla y la "faca
moruna".
Entre todos somos doce, contando los zagales que sentados al pie y debajo
de la mesa esperamos el buen puchero que me dicen que hecha con los
sobrantes de un chotillo que cenaron anoche los señores y que esta mujer
ha procurado acompañándolo con unas cabezas de ajo, un poco de azafrán,
unas hojas de laurel y un poco de arroz.
Me ponen el primero un cuenco de barro cocido lleno hasta el mesmo borde
y que viene humeante de lo caliente que esta, cogiendo la cuchara de
palo ennegrecida me llevo el primer medio sorbo y me quedo transpuesto
de lo bien que me sabe, me arriman un zalandro de pan de divinas
proporciones y me ofrecen una jarrilla de vino, pero como saben que mi
fe antigua no me permite esta maravilla de atentación , me pasan una
marmita de agua, pero entre bromas les digo que si que probé alguna vez
esa sangre cristianizada y que después de desvariar y ponerme contento
en demasía me vinieron los dolores de cabeza y la rescordina quemadora.
Casi terminando de llenar la panza ,sacan un lebrillo lleno de buena
fruta y me dicen que es de la misma huerta que tienen ellos. En dicho
recipiente vienen amontonados higos, chumbos, moras, membrillos,
granadas y algunas pasas con miel, ya a punto de reventar nos levantamos
todos y ayudamos a la buena cocinera a despejar la mesa. Estaba esta
buena mujer ya metida en faena con el fregoteo en una pila de piedra que
tenia al lado de donde los cacharros y con el traqueteo de sus manos
restregando con "salegon", se le movían todas las molleras de atrás y en
uno de esos viajes que di a llevar lo quitado me arrime en demasía
rozándola en apriete y medio susurrándole le di las gracia por su buen
hacer y con risa mas bien irónica me dijo que no me arrimara mas y que
guardara la herramienta por si en un caso me la dejaría inútil de una
buena coz y que me arreglara yo solo el ansia de mujer.
Así que ya terminada la faena de darle placer a los vientres me salgo al
portal y me siento en el tranco dándole gracias al profeta por lo
tragado y aunque hace un poco de relente me quedo medio transpuesto
mirando las estrellas en lo raso. Me llaman de los adentros y me dicen
que tienen como norma echar el pestillo temprano y refugiarse en el
catre, me acompaña un zagal y me sube por unas escalerillas de yeso done
al final de ellas hay un cuarto lleno de trastos de la faena y algunas
mazorcas de panizo colgadas de los palos y entre medias alguna ristra de
ajos, a un lado hay un pequeño camastro con el colchón de "farfollas" y
me dice que esta es en la que me ofrecen pasar la noche y acostumbrado a
dormir de cualquier manera en mis "dianbulares" esto para mi es mas que
un lujo .
CAPITULO IX
Cuando no había salido la primera claridad me despertó un gran estruendo
que venia de por las cuadras y es que tenían por costumbre aporrear un
gran cencerro que tenían colgado al lado de la "puertecilla" que daba a
donde hacían la vida los de trabajo. Me desperté con esa mala "follá"
que tiene uno cuando estando en condición de echar un par de horas mas
de descanso, así que a mi pesar he de cumplir la costumbre y medio
adormilado cruzo el patio entre la escarcha que estaba cayendo y me
acerco al pilar echándome unas cuantas brazas de medio hielo a la cara y
al cogote lo cual me espabila de inmediato, pero quedan, dome las manos
medio arrecias y la cara como que no me la sentía.
Uno de los criados me pregunto que tal había pasado la noche y le
recrimine el despertar que me habían dado, pero por lo demás quede
agradecido de la hospitalidad recibida, me dirigí a la cuadra y poco
después ya tenia enganchados los animales y listo para salir de nuevo al
camino, cando ya me subía para las alturas de la carreta me llamo
aquella mujer de mis ansias y me dijo que me esperase, que la señora le
había encargado que me comprara alguna cosas para necesidad de la casa.
Destape un poco lo cubierto y le pregunte que es lo que necesitaba, una
"zafa", unas perolas de Guadix, jabón de azahar y un cuarto de sal
gorda, en total 220 maravedíes que la mujer pago sin rechistar, pero
dándome cuenta de que era el primer trato que hacia sin regateos le metí
en el mandil un tarro de miel de jalea real que me traían de Castril y
que por la Mancha apreciaban mucho y le dije que no le dijera nada a su
señora y que lo gastara con los suyos después de las comidas y que
prevenía los "tabardillos" del invierno.
Como no salían los dueños le dije que le llevara las gracias y que su
Dios y el mio les tibiaran en guardarles por muchos años.
Tras repasar las ataduras y dejarle unos "huesecillos" a la morilla que
aun sigue hecha un nudo dentro de donde "mesmo" se quedo anoche me
dispongo a salir de nuevo por la gran puerta despidiéndome de la buena
gente que me atendió, tomo la decisión de tirar por el camino de abajo
en dirección de La Puebla, pues el camino que bordea la sierra debe de
estar con mucho hielo por estar hasta el mediodía con sombra, luego hay
otro que bordea junto a la garganta de Lobrega que es bueno cuando solo
llevas caballerizas, pues no da anchura para las carretas, pues mas de
una vez que tire por esta vereda para otros menesteres sin llevar carga
alguna y sin prisas, solo para visitar a un amigo de fatigas que vive en
este pueblo tan frió y solo, me quede medio abombado disfrutando de la
belleza que en esta garganta tiene cuando llega la primavera. Por medio
de ella baja un pequeño riachuelo que en algunos sitios hace pequeñas
pozas y que están llenas de vida, y que sirven de abrevadero en el duro
verano que nos azota, tanto para los ganados que para los muchas
criaturas de este mundo, los cantares y trinos de los muchos pajarillos
y el croar de las ranas cuando va oscureciendo son dignos de escucharlos
sentado en lo alto de algún risco,
En uno de esos momentos una de las veces que pasaba a media mañana
escuche un tormentoso aullido que parecía de algún perrillo siendo
apaleado, me inquieto tanto que no pare de poner la oreja de donde venia
tal "quejio", tras unos doscientos pasos y tirando hacia la ladera de a
mi izquierda y al lado de un risco entre unas matas de romero me
encontré con la penuria de un zorro que había metido la cabeza en un
lazo corredero que algún mal nacido tenia por costumbre hacer de sufrir
a cualquier animalillo. Me acerque sin quererlo asustar mas ya que cada
vez que se movía, el nudo le pretendía hasta cortar la "mesma"
cabecilla, no se como puede acercarme, pues me enseñaba los dientes
medio ensangrentados, me puse unos trapos donde llevaba el almuerzo
liados en una mano por si me mordía, con ella le cogí el morro y con la
otra intentaba apaciguar su dolor, me eche mano a la talega y saque la
faquilla cortando el lazo por donde le hacia mal, pues si lo cortaba por
donde estaba atado se escaparía con la lazada hecha, así lo hice y el
animal salio despavorido, pero a los pocos pasos de hacerlo cayó rodando
como desmallado por la ladera y se quedo a la orilla del agua como
queriendo sacar aliento para llegar a ella, sin poder ni siquiera
cantearse, baje de nuevo a socorrerlo y con mi pierna lo arrime unos
metros, pues no me fiaba de las intenciones de animalillo, cuando ya
tenia el morro en el agua parece que se espabilo y lengüeteó durante un
ratillo, me mantuve al margen detrás de el, sentado en un peñón y de
alguna manera se incorporo, se volvió hacia mi y me miro fijamente
durante unos instantes, intente llamarlo, pero a mis movimientos con mis
manos el animal se perdió, entre los matojos ladera arriba.
Como dije, tome el camino de lo llano aunque se tarda algo mas me
aseguro de no quedarme tirado o desparramar la carga o hacerse mal los
animales o yo "mesmo", tras pasar por la ultima alquería que la dedican
a criar gusanos de seda y hacer los ovillos que luego se los llevan a
levante para hacer las telas y que las hojas de morera que alimentan a
los gusanos son traídas de Galera, Orce, Castillejar y Huescar, pues
sobre todo en la alquería de Pedro Ximenez (alqueria de Galera ) hay mas
de doscientos moreras al lado de los prados de "el chorrillo". Entro a
el pueblo por la puerta antigua y subo a la placilla del caño, donde los
que como yo queremos vender o hacer trato y donde los Hermanos se reúnen
para tirar para el trabajo y los que no lo tienen para ser vistos por
aquellos que necesitan de manos, pero ya quedan pocos de los míos en
este lugar, pues son tierras de unos pocos cristianos y los trabajos son
muy duros y mal pagados, como de leñadores y algunos en el aserradero
que hay por la Sagra y que bajan los grandes troncos con mulos que la
mayoría acaban reventados o se despeñan por los collados. Me encuentro
con aquel amigo que dije y a veces nos visitamos, pues de zagales
trabajamos en la obra de la iglesia de Pozo Alcon y el siguió el oficio
de cantero y yo seguí los pasos de mi padre, pero nunca se olvidan las
penurias que tuvimos que pasar juntos que en aquellos años había mucha
hambre y nos comíamos hasta las ratas de agua y salíamos a la vega a
jugarnos la "mesma" vida para conseguir algo que llevarnos a la panza,
también amigos de los primeros escarceos con las poceñas y que mas de
una vez nos soltaron los galgos por pretender saltar alguna ventana y
refregar la panocha.
Tras pasar un ratillo en conversación y contarnos siempre las mismas
cosas que nunca se olvidan me reclaman algunas mujeres para ver lo que
llevo. No sale mal la cosa y recojo unos pocos cuartos, Como se me ha
hecho algo tarde no he tenido tiempo de comer bocado alguno y las tripas
piden clemencia me bajo al mesón que hay al lado de la puerta y me saco
dos roscas de pan tierno y me salgo para un descampado donde da el sol y
me siento en la jarapa sacando el buen aceite y las roscas para llenar
algo la andorga y como nadie me observa saco lo que siempre escondo que
es un pellejo lleno de vino y me arreo unos buenos trancazos.
CAPITULO X
Después de darle tanto placer a las tripas y al cuerpo me entra una
soñarrera perruna y como ya esta medio oscureciendo me dejo llevar por
el cansancio y desengancho los animales y los amarro en un gran pino
piñonero que hay junto al solar, para después hacerme el camastro debajo
de la carreta y saco toda las telas y pellejos de tapar en mis
"dormires" en raso, pues la escarcha se entre mete por cualquier
agujerillo, además he de madrugar haber si de un tirón llego a la posada
de Juan Zamarro, que esta en el sitio que le llaman “El entredicho” que
fue tierra de disputa entre los reinos de Granada y Castilla y es tierra
de frontera.
Me levanto con mucha fe y ganas de aligerar la marcha y alejarme cada vez
mas de Galera, así que preparo la partida y salgo para buscar lo de
Murcia.
Llegando a unas “cuatro casas” y que le llaman Almaciles me doy de frente
con un arriero que viene de este lugar y me dice que me pase por el
sitio, pues llevan mas de dos meses sin que ningún hombre de negocio les
visite para hacerse de las muchas necesidades que tienen y que se les
hace penoso y difícil bajar a La Puebla y como se que esta gente son
casi todos de los míos y que el señor que les paga y que trabajan sus
tierras esta por lo interior de La castilla y no se preocupa en demasía,
sino cuando viene a cobrar las cosechas de trigo y cebada .
Además he de aprovechar para visitar a una familia de Galera que vive en
una choza al lado de un ramblizo y que hace ya diez años fueron
desterrados de su casa que la tenia debajo de el “peñón grande” y que el
fue acusado de robar tres cabras de el rebaño de D. Pedro García y como
no pudieron demostrar su inocencia y no tener nada para pagar en
presunto delito le pusieron los trastos en la calle y les dijeron que se
fueran a mas de veinte leguas y dicha casa se la quedo este infame
cristiano y que la puso en venta y hasta ahora sigue cerrada y en medio
ruina y que nadie de los nuestros osara comprarla ni de regalo.
Al llegar a la entrada que esta con una cuesta muy empinada me doy cuenta
de que esta muy mala para subí, pues las aguas que dijimos de los días
pasados han dejado barias zanjas anchas y profundas y me quedo en un
pequeño llano al lado de la cuesta, destapo para las ventas y aporreo
una cacerola con el garrote, al los pocos momentos aparecen unos
zagalillos que bajan corriendo haber que pasa con tanta algarabía que he
montado que además de mis llamadas también mi perra se apunto al jaleo
ladrando sin cesar al darse cuenta de los trotes de zagales, les digo
que suban a lo alto donde están las casas y que pregonen que esta aquí
Diego el de Galera . Al no tardar aparecen algunas mujeres gritando de
alegría y que bajan apresuradas y tengo el temor de que alguna metida en
años se me revuelque o despeñe por la cuesta y les aviso que bajen
sosegadas que no he de tener prisa.
Para ser poca gente y muy pobre no se me da mal el negocio aunque alguna
cosa he de venderla tal como yo la compre, pues se de los pocos caudales
y las muchas penurias que tienen. También me me quedo contento de
encontrarme con toda la familia de Hadin “el de Galera” que aquí así se
le conoce y nos abrazamos todos como si de la “mesma” familia fuéramos y
que ya tienen los hijos grandes y en edad de trabajar. Me preguntan por
toda su gente y tengo que contarles hasta los chismes mas pequeños y
anunciarles los que ya murieron y que su casa sigue vacía, esperando que
algún día la llenen de nuevo, pero me quedo con algo de preocupación
cuando me dicen que un vecino de este sitio, estando poniendo los cepos
en el llano vio pasar mucha gente en caballos por el camino de “la
campana” y que parecían gente de armas y que tomaban como para Huescar,
pero me dice Hadin que no es la primera vez que pasan los soldados de
Caravaca que escoltan a algún noble o señor y que van de visita de
cortesía. Aunque no me convence la explicación y quedarme algo inquieto
decido de seguir al frente y me quedo a solas para rezar y pedir que a
los míos los proteja Ala el grande y que Galera permanezca en paz por
muchos años, que ya padecieron por detrás, de guerras y hambrunas y que
los llantos se apoderaron de nuestras gentes de buena fe.
Después de abonar un olmo con gran placer, pues me había dado un
apretón traicionero junto con unos “retorcijones” de tripas que me
hicieron correr con la chilava recogida, creyendo no llegar a tiempo a
un sitio resguardado para dejar salir a la “cagalera”, retomo mi faena
de caminante.
A partir de aquí el camino es llano y liso sin demasiadas “revueltas” y
con muchas sombras que dan las carrascas y los pinos del borde y como al
entretenerme mucho en Almaciles tengo la certeza de que se me hecha lo
oscuro encima, antes de llegar a la cañada de la cruz, que es donde se
levanta la famosa posada, pero esta vez andaré hasta llegar a ella, pues
hay buena luna y estar el cielo estrellado.
Disfruto mucho por aquí, pues se me atraviesan muchos animalillos de caza
y alguna “bicha” que otra y que a veces he de frenar la carreta para no
pasarles por encima.
Después de subir una pequeña loma dislumbro en la lejanía una pequeña luz
que ha de ser la posada y que tienen los candiles encendidos y que tengo
muchas ganas de saludar a los posaderos y que se hacen llamar Juan y
Dorotea y que además ella es buena en los fogones y que tiene la gran
virtud de alegrarle la vista a los caminantes que paramos y hacemos
gasto en esta casa, pues es mas moza que su esposo, hasta veinte eneros
que le lleva de ventaja y como yo siempre le digo a Juan que la guarde
con llave gorda en la bodega, pues algún día algún cristiano
encaprichado te la “engalia” y se la lleva.
Cuando solo
me faltaban unos cincuenta pasos para llegar a el portal me sale a mi
encuentro el mozo que se encarga de la faena de dar bienestar a los
animales y el que les guarda en las cuadras y que me saluda con
entusiasmo, pues es buen amigo y le tengo mucho aprecio, pues siempre se
porto de buena manera con este moro y con mis animales y a pesar de que
el pobre esta medio lisiado de una pierna y que la lleva en arrastre y
además tiene mucho nervio al hablar y se atranca y tartamudea y que fue
recogido por los posaderos cuando era chico y que lo dejaron sus padres
sin sostén alguno, pues los visito la peste y se los llevo a todos menos
al mas desgraciado.
Le dejo que el “mesmo” se lleve la carreta , pues ya sabe el como y en
donde la quiero resguardar, también se lleva “la morilla” que se puso
“altá” de contenta , meneando el rabillo y mojándose de alegría, pues
son conocidos de juegos desde hace años y este animalico mió reconoce el
cariño de el zagal,así que entro por la puerta que esta medio abierta y
me encuentro que solo hay dos personas sentadas en lo enfrente de la
lumbre y a Juan detrás de el despacho, con los codos hincados sin mas
faena que hacer. Al verme entrar se llena de gozo y alegría y se me
abraza una y otra vez, llamando de buena voz a su esposa la Dorotea y le
dice que salga de los fogones que ha venido ese moro que quiere tanto
tus potajes y tus maneras de andar, sale de inmediato tratando de
arreglarse el moño medio desgreñado y restregándose las manos en el
mandil, pues debía de estar en plena faena con sus cosas de comer, me
abraza también, pero con menos apreturas que su esposo, pues ella ya me
adivino hace tiempo las intenciones que tengo cuando una mujer me pone
la pechuguera a la altura justa de mis “quijás” y ha de ser precavida de
su amo que esta presente, no vayamos a darle altura a los celos
traicioneros.
Me invitan a sentarme en la mesa de al centro y se viene el posadero para
hacerme compaña y le dice a la Dorotea que traiga una jarra de vino y un
plato de “revoltijo”, pero yo viendo que en lo cerca hay “ropa tendida”
solo he de tomarme solo un “pucherillo” para no hacerle desprecio y que
me traiga de esa agua que guardáis tan fresca en la bodega y que me
preparen una buena cena y no quiere decir que me ceben en exceso , sino
con algo que sea liguero y que alimente lo justo, pues no es de muy
sabio empanzonarse antes de irse a partir el catre, pues luego empiezan
los males de vientre y resoplidos de los bajos, junto con sus
pestilentes vapores y como la amable mesonera ya conoce mis gustos de
comer se adentra en las cocinillas a prepararme esas “miajas” de
“chotillo” a la buena lumbre y un puchero bien caliente de forraje de la
huerta y de postre un buen trozo de carne de membrillo y para asentarlo
todo un cazillo de mistela de hierbas de la sierra, que se queda uno
medio transpuesto y adormilado, que por cierto se la vendo yo mismo y
que yo se la tomo a una mujer de Orce que vive por el Periate y que la
hace muy buena y suave y que nunca quiere decirme la receta aunque le
pagase cien vellones de oro nuevo.
Estando ya medio cenado le hecho la vista a los dos cristianos que están
de balbuceo por lo bajo, calentándose con las ascuas que quedan en la
lumbre , pues me fijo en sus ropajes que son de los que yo no conozco y
jamás había imaginado tanta seda y adornos de brillo y sus preciosos
bordados y que además llevan con ellos como mas de veinte libros gordos
que tienen colmada su mesa y uno de ellos no para de apuntarlo todo con
la pluma de la escritura y es cierto que han de ser de letras e
importantes. Le digo a el posadero en la misma oreja que si sabe o le
han dicho algo de quien eran tales señores y para donde toman el camino
y me comenta medio escondido que son gente de Toledo y que ha oído a uno
decirle uno al otro, algo así como Carbejal o Carvajal y que los mandaba
la duquesa de Alba como para Huescar, pero también les adivine algo
sobre Baza y que llevan tres caballos de pura sangre, pues en uno de
ellos traen tantos papeles como el peso de uno de ellos y que en las
monturas de cuero están grabados los escudos de sus señores, que cuando
entraron se les notaba gente de muchos caudales, pues al andar se
escuchaban rechinar las muchas monedas de sus talegas
En ese preciso momento se alzo uno de ellos y se puso por lo frente de
nosotros dándonos las buenas noches con esmerada educación y dorándose a
el posadero que se retiraban a los aposentos que les habían repartido y
que antes de subir a los cuartos que les calentara unos tazones de leche
con unas migas de pan y que sumara todo lo debido que le pagarían, pues
tenían que salir sin asomarse el sol y que era mucha molestia ajustar
las cuentas tan temprano, que ellos mismos avisaran a el mozo para que
les prepare las monturas y que los posaderos sigan descansando de sus
trabajos algunas horas mas.
Luego se me acerca a mi persona con el “mesmo” respeto y me dice que de
donde me trae el camino a lo que yo le respondo que llevo cuatro días
desde Galera y que soy mercader por estas tierras, se me queda como muy
parado como extrañándose de algo que le dije, pero luego me pregunta
sino me doy por enterado de lo que pasa con los míos por muchos sitios
de Granada, lo que yo le respondí que algo había escuchado de unos
monfies por las Alpujarras y que como nos pilla tan lejano no le tome
demasiada importancia y a continuación me da la noticia de que uno de
Almazora esta levantando muchos pueblos de por los caminos de Baza y
Benamaurel.
Así pues esto termina de preocuparme en exceso y le digo que cuando yo
comencé la partida, Galera estaba tranquila y en paz y que los muchos
moriscos y pocos cristianos seguían en la faena de vivir como siempre y
se juntaban revueltos en las tiendas y en los paseos y caminos de la
vega, que hasta el alguacil no me detuvo cuando salía.
Me dijo que marchaban como para hacer las revisiones de los pueblos de el
rió Barbata y hacer acopio de apuntes de cómo esta y como son estos
terrenos y que le habían dicho que Galera estaba muy cerca de las nubes
encima de unas peñas muy cortadas y que era famosa por su mucha agua y
buenas tierras de cultivo. Le asentí con la cabeza dándole la razón de
lo que le habían contado. Me puso una mano en el hombro y me aconsejo
que seria mejor que siguiera para los campos de Albacete, pues desde
mañana “mesmo” cerraran los caminos de todo el reino de Granada y que
han puesto centinelas cristianos en todas las atalayas para que ninguno
de nosotros osen entrar o salir de esas tierras, hasta que este alboroto
pase y todo vuelva a lo suyo y como se da cuenta de que soy persona
ajena a la sangre y tengo formas de mucha nobleza me trae un papel de su
puño y letra diciendo que me dejen pasar de aquí para Murcia y Albacete,
que seguro que me encontrare muchos soldados guardando los sitios del
camino, pues no se fían de nuestras intenciones.
CAPITULO XI
Ya todavía
con noche cerrada, me desvelaron los trastazos que dieron los escribanos
al despertase para partir y ya no pude pegar los ojos, pues me vino a
mis "entraeras" la preocupaciones de cómo estarían los míos por Galera y
que aunque se me pasara por los adentros de darme la vuelta no me
dejarían pasar a reunirme con mis gentes, a pesar de que me conozco bien
los atajos y caminos y no me costaría mucha faena en burlar los
centinelas, pero lo añejo de mi edad no me deja tomar la osadía de
intentarlo. Habiendo pasado las pocas horas hasta el alba pongo derecho
mi espinazo y me estiro de todas las maneras para poner en orden mis
bisagras y medio llenar el “bacín” de lo sobrante me dirijo ha gastar
cuentas con el posadero que mas me debe el a mi y que descuenta de su
libretilla, pero como me vuelve a comprar un lebrillo y unas cucharas de
palo , la cuenta se me queda a la misma altura que antes.
Al salir a la calle me doy cuenta que el día se levanto “encenizaó”, así
como para nieve, pues además conozco bien a los pajarillos que andan
alborotados rebuscando entre la tierra algo que llevarse a los picos.
Por eso me pongo en faena de nuevo esperando que no me pille algún
nevazo traicionero, como el que me cogió por los caminos de Castril y
que me hizo perder toda la carga y los animales, pues se me despeñaron
por el cortado de Masegosa y yo pude salvar la vida gracias a que viendo
que el hielo me deslizaba sin remedio, me tire a el lado contrario,
llevándome un gran porrazo y medio mancándome una pierna que en estos
inviernos me avisa en los cambios de el tiempo.
Por detrás mía se me esta escondiendo La Sagra y que cuando vuelvo por
este camino y la diviso en la lejanía me cambia el aire de la cara y con
el saber que pronto abrazare a los míos.
Tras unas tres leguas mas o menos llego a la majada de El Moral que es
un lugar donde los pastores que recorren los caminos de el sur tiene a
bien resguardar a los rebaños. Es un corral de piedra seca, con dos varas
de alto y con mas de dos fanegas y que además esta separado en tres
partes y en cada parte un chozon de piedra y cañas y en la entrada
principal se levanta majestuoso el moral que le da nombre a este sitio y
que debe de ser de mas de doscientos años, pues tiene de ancho como casi
treinta pasos, pero que ningún cristiano se atreve a resguardarse en su
sombra, pues se cuenta que en la antigüedad colgaban de sus ramas a los
criminales y ladrones y que sus almas siguen presentes de los nudos
correderos y que yo mismo me he pegado buenas siestas reposando en su
grueso tronco y no me despertaron ni me dieron mal dormir.
Casi llegando al lugar empiezan a darme en el rostro unas
gotillas de agua nieve y doy gracias al profeta Mohadmed por estar cerca de lo
resguardado.
Al llegar parece que me vieron venir, pues salieron a recibirme dos
pastores que son hermanos y que ya les encontré otras veces por estos
andurriales y que vienen de por las sierras de La Puebla y que llevan un
ganado de ovejas de mas de doscientas cabezas, a pasar el invierno a el
sitio que le llaman Casas de Haro y que es pueblo de las tierras de
Cuenca, en donde tienen la familia y que les apodan “los guachos”.
Me abren el portón hecho de palos anudados y refugio a los animales en
una choza que queda libre y en donde yo "mesmo" pasare la noche, pues no
esta el tiempo para seguir.
Me reúno con ellos en su garita ya que tienen una buena lumbre echada y
buenas alforjas con lo de comer y beber y que nada mas llegar me ofrecen
una buena piedra plana para mis posaderas y unos tragos de vino
prohibido para el estomago.
Entre trago y bocado, terminamos con esa tontuna varonil de contar
nuestras aventuras con el “mujerío” , que la mitad son verdades y la
otra fantasías de los que pasamos hambre de los placeres en nuestra
soledad de caminantes y no nos damos cuenta de que la nieve esta
manchando la tierra hasta que salimos a desatar las botijas en la puerta
de la choza.
Nos metemos de nuevo a cobijo y seguimos con la faena que nos dejamos a
medias y me dicen que llegaron ayer por la mañana y que no partieron hoy
por adivinar el mal tiempo y que cuando llegaron se encontraron en una
choza a el ermitaño Carracuca y que le vieron con muy mala cara y que
casi no se tenia de los pies que casualmente pregunto por mi y es que
a esta persona la tengo como a un padre, y es el único cristiano viejo
que entiende a nuestra gente y participa en nuestras fiestas y bodas.
A Carracuca le conozco desde que tengo el uso de razonar, pues mal vivió
casi veinte años entre Galera y Castillejar y después a estado por toda
la comarca y no pudo nadie ni nada retenerlo o echar raíces , ni tener
sitio fijo.
Se sentaba por las tardes de verano en el mismo filo de las murallas de
el castillo contemplando las puestas des sol y observando a las
golondrinas y los zagales que le perdimos el miedo nos apegábamos a el,
digo esto porque su aspecto no era muy normal, pues llevaba un habito con
una capucha y como cincho una soga de esparto, descalzo con los pies mas
negros que el carbón, una barba entre canosa y blanquecina que le
llegaba al mismo nudo de las tripas y los ojos hundidos y brillantes, que
mas bien parecía la "mesma" muerte con piernas.
Nos dijo que había nacido mas allá de los montes que hacían de espinazo
en otras tierras lejanas y que su nombre verdadero era Pedro de Caraqueaux y que de mozo fue soldado de fortunas y viajo mas
allá de
los mares de Asia y que contemplo las murallas de Jerusalén y las
piedras de La Meca y fue mal herido en un mar de arena, donde solo había
hombres negros y que comían carne de personas, que fue también en busca
de lo dorado a las nuevas tierras de la Nueva España.
Cuando regreso le dio un “bentusque” divino y se hizo Fraile y sirvió
como custodio de un santo copón en las tierras frías de el norte en un
lugar que le llamaban San Juan de la Peña y fue en este lugar donde le
pusieron lo de Carracuca, pues se hacia difícil para los castellanos
pronunciar su apellido verdadero, de tal manera un día de primavera
estaba traduciendo al castellano unos pergaminos muy antiguos que
estaban en unas letras extrañas y que según el era el idioma de Arameo y
que dichos escritos hablaban de unos jinetes que asolarían este mundo y
acabaría con el mal para siempre y que de unas líneas aparecieron
los nombres de Galera y Granada .
Nos dijo que decían algunos reglones que un poco mas de la mitad de el
siglo décimo quinto de nuestro señor, la sangre bajaría por las
calles de Galera como si de una fuente estuviera en lo alto y que en el
noveno año del siglo vigésimo primero la tierra formaría olas en movimiento
y no quedaría nada ni nadie que pudiera contarlo, pues se abrirían una
grandes simás que se lo tragarían todo.
Con el paso de los años la gente lo empezó a tomar como a un viejo loco
y algunos de nosotros crecimos con aquellas historias y relatos que nos
transportaban a tierras lejanas y la chiquillería le sacaban burla y le
arrojaban piedras como si de un muñeco de paja se tratara, pues hasta
los de mayor conocimiento se divertían de el con engaños y risas de
crueldad, que hasta los mismos cristianos no le querían en Galera, por
ser persona que jamás piso la iglesia ni misa alguna, pues el decía con
razón que a Dios se lleva por los adentros y que la única iglesia era la
justa vida de cada uno y que las imágenes veneradas eran muchas mas que
los pecados y las injusticias y que con las confesiones se hacían
negocios de almas y que el perdón viene desde el arrepentimiento y no
desde las manos de un cura.
Sin darnos cuenta desapareció de nuestras vidas y yo siempre le echaba
de menos cuando me bajaba con mi tío a unas paratas de cerezos que tenia
por debajo de la fuente de Huevo, pues Carracuca se había instalado en
un covacho de por bajo de los peñones de "la caracuadrá" que hay justo
encima de por la fuente, el me enseño a entender a los animales y a todo
lo verde y me dicto con paciencia el arte de las "cabañuelas".
Me lo volví a encontrar en el primer viaje que di con mi padre por la
parte de Caniles.
CAPITULO XII
Pero siempre
me inquieto que al verle de nuevo parecía que los años no le guardaban
cambio alguno. Una vez le tuve en preguntar cuantos tenia cumplidos y me
dijo como en carcajadas que desde que salio para cruzar el ancho océano
dejo de contarlos, pero que tendría que andar para casi las siete
docenas y que la forma en que había vivido desde que se encomendó a
Jesucristo no había hecho exceso de los placeres de las carnes de morder
y de las de mojar el utensilio de mear y que solo se mantenía con el
forraje, raíces y la única chicha que probo seria de cangrejos,
langostas y algún gusano por dentro de las frutas medio podridas que
guardaba. De esta manera hace ya cuatro años que tomo sus aparejos y se
fue a la sierra de Los Odres que esta cerca de esta majada y me dijeron
algunos del lugar que purula entre Caravaca, Mula y Cehegin y que la
gente le da por loco y no le toman en cuenta la sabiduría y es que no le
conocen como yo, que lo escuche rezar en cinco lenguas distintas.
Me asomo por una rendija de la puerta de palos y percibo que el techo de
el cielo esta aclarando y parece que lo blanco no cuajo, así que les
digo a “los guachos” que guarden mis cosas mientras me acerco con mi
mula por si encontrara al viejo “barbachoto” y saber que es lo que
quiere de mi.
Le pongo unas jarapas de montura a el animal y me pongo en lomos como
puedo, pues cada vez que lo hago se me hace difícil, pues ya esta uno
medio “esfarataó” de los remos y el “anca”.
Como se que el covacho lo tiene cerca del pozo de Almasif me pongo a
medio trote, pues solo esta a una media legua de aquí y mientras llevo
el andar me vienen aquellas cosas que me dijo sobre mi querida Galera y
con lo que se esta amasando parece que empiezan a cuadrarme las fechas
de los avisos que nos dio este buen hombre y que casi nadie las tuvo
en cuenta, por eso se me entremete el desasosiego y no adivino a
comprender como alguien puede saber de los destinos y los mañanas de las
personas y que es cosa de brujería o de los dones que los Dioses
reparten a aquellos que sin saberlo, se encuentran con el cargo de
trasmitirlo.
Casi sin darme cuenta llego a la altura de el pozo y ladeando un poco el
pescuezo diviso la cueva que la tiene a la mitad de la sierra, entre la
loma y las peñas y que tiene una vereda como en serpiente que te lleva a
la “mesma” entrada , pero como esta la humedad de la poca nieve
derretida no me conviene subir con la mula, no sea que se me reviente de
un “talegazo”.Así que amarro el animal en el pozo y me hago de una buena
vara para tener sostén en la subida. Faltándome unos pocos pasos y con
la fatiga del esfuerzo me paro en seco, hinco la vara en el suelo y le
voceo a Carracuca para que no le asuste mi visita y pasando unos
instantes no tengo la debida respuesta ni se adivina ningún jaleo de
trastos ni de movimiento alguno y el caso es que el silencio que se hizo
después de mis voces me tiene preocupado y es que noto como si tanta
calma me asustara y no me dejara seguir, pero ya metidos en el costal he
de entrar en el covacho y sea lo que el profeta me tenga empleado.
La puerta de cañas y ramas se encontraba medio cerrar y note como me
venia un viento pestilente que me estremeció y me hizo pensar lo peor,
pero por otro lado también sabia que en las moradas que el tuvo, siempre
daban el cante como a perros muertos, pues era de los que tenían la
costumbre de almacenar toda clase de frutas y tallos de hierbas en un
saco que tenia la misma edad que el .
Me arme de coraje y con la vara termine de sacar la puerta y me encontré
a mi maestro tumbado en su lecho de paja, recostado de medio lado y con
su garrote de nogal en la mano. De nuevo le llame por su nombre y me
acerque a el con sumo cuidado, pero me decidí arrodillarme a su lado lo
zarandee como para que despertara, pero esa olor que desprendía no era
otra cosa que el rastro que deja la muerte, intente traérmelo hacia mi,
poniéndolo en derecho de tal manera que me costo lo mió, hasta que su
rostro se encontró con el mió y mis lágrimas mojaron su blanca y larga
barba y sus ojos seguían mirando el horizonte de la otra vida, abiertos
como nunca se los había visto.
Me eche su cabeza en mi regazo como para calmar mi dolor y el suyo y le
acaricie su rostro, ala vez que le cerraba esos ojillos desde por el
entrecejo. Mucha maña y fuerza me tuve que emplear en despojarlo de su
fiel compañero de madera, pues lo tenia cogido de tal manera que tuve
que abrirle los dedos de uno en uno y después de pasar unos instantes
parece que me vino el conocimiento y me levante hacia la puerta por ver
si divisaba algún alma que por allí pasara y avisar de su muerte y al no
encontrar nadie recogí un cuenco de barro que tenia dentro y lo sumergí
en la poza que tenia hecha en la piedra, donde recogía el agua de la
lluvia y que el mismo había labrado haciéndole una regatilla por la
pared de la risca y que venia a dicha poza.. Tenia colgadas unas matas
de tomillo y romero en la misma entrada y las desmenuce en partes
pequeñas echándolas en dicho cuenco y revolviéndolo todo le unte por
todo el cuerpo para medio engañar a ese tufillo. Le rebusque en los
rincones y encontré unos escritos que me metí en la talega y armándome
de valor me lo cargue entre los hombros y me encomendé a mi Dios y al
suyo para que me dieran fuerzas y destreza de bajar por la vereda con
aquel buen ermitaño , para darle sepultura en el pie de estas lomas.
Ya por la media cuesta empecé a notar el peso y falto poco para que
bajáramos los dos “rulando” hasta lo llano. Así que saque esas pocas
fuerzas que tenia escondidas para terminar mi acarreo de ese costal tan
de huesos y pellejos.
Llegue al final de la cuesta que no me sentía el cogote ni las piernas y
no pude remediar de dejarlo caer de mala manera a las piedras y a la
broza, que yo “mesmo” me deje tumbar detrás de el, quedando sin aliento
y esperando coger mas aire para que se vaya la fatiga de este “Morillo
Bueno” que es como me llamo siempre desde que yo era chico.
Una vez ya mas repuesto me levante y comencé a revisar cual seria el
sitio donde le dejaría descansar para siempre, pero al instante me di
cuenta de que estando yo en la misma línea de el pozo y en algo de
pendiente no seria bueno que lo hiciese por allí, pues cuando las carnes
se pudran y las aguas correderas bajen por la pendiente o se recalen por
el suelo pudieran ir a parar a el mismo manantial de donde sacan lo de
calmar la sed, así que me lo llevo medio arrastrando a unos veinte pasos
para poniente.
Registro unos sitios de aquí para haya buscando donde encontrar algún
“roal” de tierra “bullía”, pero no tengo la debida suerte, pues es
terreno de risca y piedras y además si lo encontrara no tenia las cosas
necesarias para cavar la tierra, Me encuentro con una pequeña raja entre
dos losas de risca rellena de piedras chicas y me bajo para lo de el
pozo y desato el calderillo que tienen atado a la carrucha y con el
canto del mismo hago un agujero de mas o menos un palmo, donde le dejo ,
poniéndole un trozo de su habito en el rostro y me subo de nuevo a la
cueva donde me olvide de su garrote y una pequeño crucifijo que tenia
hecho de piedra y que lo tenia colgado en la pared.
Se lo coloco por encima de su pecho y dicha vara compañera se la arrimo
en su derecha y comienzo a enterrarlo a lo antiguo, amontonando piedra
sobre piedra y teniendo cuidado de no dejar ningún hueco por donde los
zorros , los cuervos ni los buitres puedan perturbar su morada y aunque
el no se sentía amante de los símbolos de su fe, le hice una cruz con
dos palos anudados con unos hilos que arranque de una de las jarapas de
la mula. Me incline mirando hacia donde rezan los míos y pedí a mi
profeta que se interponga con el Dios cristiano y le pida en su nombre
el perdón necesario para estar en paz y viajar mas lejos de las
estrellas y que de la “mesma forma me perdone a mi también por no
haberlo socorrido ni estar a su lado cuando abrió la puerta de lo
eterno. No puedo remediar tirar unas agüillas saladas de mis ojos y
recogerlas con mis manos y secármelas en mi propia barba.
Ya no me queda otra cosa que tirar camino abajo hacia El Moral y pasar la
noche, pues los días se hacen cortos y los caminos muy largos.
El caso es que no me di cuenta de que se había puesto raso y el canto de
los pajarillos entraron de nuevo por mis orejas y por mis adentros
sentía una paz y una alegría de que algo me guiaba y hacia de centinela
de mi persona.
Al llegar a la majada me quede extrañado y con dudas, pues había
amarrados cinco caballos debajo de el árbol y serian sin duda gentes de
los míos por la forma de sus monturas y de el pelaje de los animales,
pues es por costumbre dejar las marcas de los linajes cuando los
esquilan, sobre todo en las colas y las crines.
Al entrar en la choza me encuentro que los pastores y cinco moros están
metidos en discusión de buenas maneras y al verme dichos mahometanos se
levantan y me saludan con nuestras formas perseguidas y que por sus
ropajes parecen hombres de guerra, pues van bien pertrechados con sus
dagas afiladas y brillantes y armaduras de cuero con remaches como de
plata, botas altas en negro y turbantes berberiscos. Uno de ellos que
parece el que manda, se dirige a mi persona hablándome de que caminos
hay para las sierra de María sin que los centinelas cristianos sepan de
nuestra llegada y me saca de dentro, pues parece que no quiere que los
pastores sepan en demasía de sus intenciones y me dice que tenga lo de
hablar bien cerrado, en lo que me dice que son gente de batalla de la
parte de las sierras de levante y que son perseguidos por el señor de
Villena y que andan entre los montes de Alcoy y Petrer y que se les dice
que son moros canallas por defender a los humildes de sus tierras y que
les habían venido a decir que por la parte de Almería y Granada los
nuestros se harán de nuevo con España. No me queda otra que decirles mas
o menos por donde han de tirar, pero el camino se corta a las cuatro
leguas y luego han de tirar entre los sembrados y bancales y atravesar
por la noche lo cerca de las alquerías del llano y sortear entre los
peñones y riscos los barrancos de Orce y les pongo en dedo en la
dirección que deben de tomar, pues no tienen que ser despistados no sea
que se metan en los mismos pueblos vigilados
Antes de que la luna empezara a dar brillo nos ponemos a cenar los ocho
que allí estamos, no antes de aconsejar a Abenamir . que es como se
llama este jinete, de que no encienda hoguera alguna en sus descansos,
pero me dice que no hacen falta esos consejos, pues están para tres años
escondidos y saben de pasar sin ser vistos ni oídos.
Estando a medio cenar les doy a los pastores lo acontecido con el fraile
y que por donde pasen y lo hubiesen conocido, les digan el sitio donde
descansa y que les perdono a todos. En esto se levantan los que creo en
cierto son monfies y nos dicen que quieren hacer algo del camino en la
noche cerrada, que como habían acordado con mas gente de sus tierras y
lugares se encontrarían en la espesura de esta sierra de María para
armarse y buscar los hombres valientes para la causa y hacer mal a los
perros cristianos y que han de partir en este momento.
Se despiden de nosotros y toman para el pozo a rellenar los pellejos de
agua, antes de tirar para el camino indicado.
Nos quedamos el trío de primeras y acordamos no decir nada de lo visto y
escuchado, no sea que nos venga algún contratiempo sin haberlo comido ni
bebido. Me dicen los pastores que partirán cuando el alba y que como
llevan el “mesmo” camino que yo, no será la primera ni la ultima que nos
encontremos y que si es así, será de buena señal.
Así que ellos se quedan en su morada y este busca la suya, donde me
esperan los animalicos que hoy los tuve sin atención y que antes de
dormir he de darles alimento y de beber y que la perilla se me pone como
loca al abrir la puerta esperando que le ponga unas “coscorras” en agua
en su platillo de latón. Terminado el quehacer con mis compañeros me
pongo en la costumbre de hacer mis oraciones y me recuesto entre el
rastrojo que hay para tal menester de descanso y poner el cuerpo y el
alma renacidos para la siguiente jornada.
CAPITULO XIII
A la mañana siguiente después de medio dormir a tirones por tanto amasar
en mi cabeza lo acontecido con el ermitaño y de poner entre encrucijada
lo que debo de hacer con este viaje, pues entre las cosas que he visto y
oído se me vuelve a poner de frente la conciencia de volver por donde he
venido y estar al lado de mi esposa y mis zagales, que son dos varones y
dos hembras que ya los tengo criados y casaderos, pues el mas chico
cumplió hace bien poco los dieciséis, que son los años que yo llevaba
cuando me desposaron y que en Orce tengo otros dos retoños con la viuda
de el molino de “las mimbreras” y que en su tiempo me tuvo ensimismado y
me enseño el arte de dar placeres al cuerpo , cogiendo la debida
experiencia y que me llevaba ventaja en doce años y al yo sentar algo la
cabeza deje de calentar sus enaguas y se caso con un cristiano viejo que
andaba solo y sin compañera.
Los compañeros de esta noche agrupan el ganado y tiran para adelante y
les doy unas horas de ventaja para que si los cogiera no me estorben en
el camino, pues yo he de hacer negocio en Caravaca y aprovechar para
poner las orejas en los corros de las alcahuetas y enterarme de lo que
acontece por donde hay movimiento de soldados, así tendré las ideas de
mas claridad para tomar la decisión definitiva.
Por media mañana salgo de nuevo y tras pasar por el sitio de Barranda,
tomo el camino por la rivera de el río Argos, donde casi entrando a
Caravaca esta la atalaya que le llaman de Jorquera, de donde seguro que
los centinelas me darán el alto y es que no me equivoco, pues cuando
todavía me faltaba un buen trecho divise en la lejanía que un soldado
dejo lo alto de la torre y se bajaba a el borde de el camino, mientras
me meto la mano en las alforjas y rebusco el papel que me dieron en la
posada de “el entredicho” y me sale medio liado con los escritos de
Carracuca, que séme paso de reconocerlos.
Ya con el seguro de paso en la mano llego a la altura de dicho soldado
que esta bien armado con arma de fuego y sable enfundado y no hace falta
que me diga que me pare,
Me pregunta que de donde vengo y como se lo que pasa por lo de Granada
le digo que soy de Jumilla y que vengo de hacer negocios de por las
Alquerías de La Puebla y le pongo el la “mesma” mano la dicha firma de
el escribano, me cercione al instante que quedo algo en duda y para mi
que no se fiaba de mis intenciones, a lo cual dio una voz a lo alto de
la atalaya, y pasado unos momentos apareció su compañero y cual fue mi
sorpresa en conocer a dicha persona y que es de mi propia familia, pues
aparte de ser amigos de tratos y negocios es el marido de mi cuñada y
que se metió en lo de guerra por necesidad de comer todos los días y no
por aprecio a la patria ni al Rey.
El “mesmo” se queda como de piedra al reconocerme desde lo alto de la
loma, y baja con entusiasmo a saludarme, a lo cual su compañero se le
viene a la cara un soplido de relajo y Antonio Salcedo, que así se llama
mi recuñado recoge el papel de las manos del otro y casi ni le presta
atención y me dice que pase sin temores y que a la noche me espera en su
casa para cenar un guisado de conejo que tienen para la cena y que me
pondrá al corriente de muchas cosas que debo de saber.
De nuevo pienso que la providencia y el destino me están dejando buenas
cosas y retomo como para el sitio de Caravaca que es un pequeño pueblo
mas chico que Galera. Pero que en los últimos años esta creciendo en
demasía y las casas nuevas ya se salen de la propia muralla, pues hace
un tiempo se apareció una cruz que le llaman en cristiano “ La Vera
Cruz”, que es como si fueran dos cruces con el “mesmo” palo y que dicen
que hace milagros y que se vienen muchos peregrinos de todo el reino a
visitarla.
Entro sin problemas por la puerta de levante y que a un lado de la dicha
puerta tiene en obra un hospital para necesitados y que son unos frailes
que se les conoce como hermanos de San Juan de Dios y que al lado de la
plaza esta haciendo una gran iglesia.
Esta este pueblo como Galera, subido al rededor de un cerro no mas alto
que el nuestro, pero que tiene un castillo grande y que se pueden ver
todavía las torres de la que fue su mezquita.
Como siempre que entro en esta villa busco una pequeña plaza que tiene a
un lado un largo abrevadero y donde es por costumbre hacer los mercados
y los tratos de animales y coloco la carreta en el lado por donde viene
el sol, para después desenganchar a los bueyes y la mula y llevarlos a
beber de el agua que es de nacimiento y que salen tres chorros para la
envidia de el que pasa, pues nadie se libra de amorrarse, buscando los
canutos que sobresalen un palmo. Después los llevo y los amarro en las
anillas que tengo por el lado de mi puesto y como es una hora muy poco
propicia para vender, pues la gente esta en la faena de “jamucar”(comer),
yo me pongo a hacer lo que los demás y me saco la talega y una jarra que
colmo en la fuente y me pongo a picar de una cosa y de otra.
Ya con la Andorga medio engañada me siento en un “pollo” que tengo a mi
lado y decido sacarme los escritos de mi viejo amigo y aunque mi lectura
es costosa, me defiendo como puedo, pues aprendí este menester cuando de
zagal estuve en Pozo Halcón, como ya dije, y medio me enseño un monje
Franciscano y luego en Galera termine de comprender los escritos en
cristiano aprendiendo las doctrinas impuestas y que en mi lengua antigua
algo aprendí también en casa de el que cura, y que le llaman Luís Maru,
pues mi padre puso mucho empeño y dineros para que fuese de la “mesma”
condición que el y que las cuentas las aprendí en casa de Gonzalo Carahn,
pues de la “mesma” forma quería mi dueño, pues el las seguía haciendo
con rayas y palotes.
Los papeles estaban medio florecidos y estaban escritos con buena letra,
con tinta o colorante que a buen seguro había sacado de alguna planta o
árbol, pues una vez lo vi cogiendo los racimos maduros de un Saúco y que
al caer al suelo se manchaba la tierra como si de tinta se tratara.
Comienzo la lectura y me dice lo mucho que aprecia a mi y a los míos, y
que como ya tiene prisa en subirse en la mula de la muerte, me avisa que
si sus profecías son ciertas, los días de amargura para mi gente estaban
al caer y que siendo previsor estuvo varias semanas entrando a diario en
el pasadizo que cruza el cerro y que lo hicieron los antiguos
pobladores, para escapar de los asedios tan frecuentes que tenían, pues
en un risco de adentro encontró unos escritos labrados y que databan de
el décimo segundo siglo de Jesús.
Siempre me dio miedo entrar en aquella oscuridad tan profunda y estrecha
y que siendo un zagalillo la cruzamos como haciendo de trastada, era un
pasadizo en forma de arco y que se tenia que andar medio agachado, pues
la altura no era muy grande y que al los veinte pasos empezabas a
descender en unas escaleras y que con las luciérnagas encendidas no se
ve mas de dos pasos y que no se adivinaba el final, a ambos lados y de
diez en diez escaleras se abrían otras cuevas escarbadas, aun mas
estrechas y peligrosas y que decían que no se podía pasar porque estaban
hundidas y que cuando vas llegando al final el aire que sube de debajo
te deja casi sin respiración y te apaga lo de alumbrar.
La entrada la tiene por detrás de la muralla que da el poniente y que
suele estar tapada con una gran losa, pues a veces se metían las
gallinas y los animales de corral de las vecinas y desaparecían sin
saber como, aunque los viejos dicen que había otras dos entradas, jamás
se encontraron o no dijeron donde. La salida principal de el pasadizo
viene a salir por encima de la balsa de los baños y en la parte donde
los varones disfrutamos de aquella agua tan fresca y curativa para las
cosas malas de los pellejos, y que bajan unos cinco escalones de piedra,
terminando en un rellano donde la gente llena los cantaros y vasijas y
no hace falta bajar hasta el río a no ser que este alguien dándose algún
chapuzón, pues se enturbia el agua con facilidad y que las mujeres bajan
mas que los hombres sobre todo cuando el sol de los meses de estío
calienta sin piedad, pues se ahorran las sudores y chicharreras y
mientras suben y bajan , toman el fresco que da las entrañas de los
adentros de el cerro y que me contaron que en estas oscuras escaleras se
hicieron muchos zagales y era lugar donde se hacían los encuentros
furtivos y lejos de la vigilancia de los padres y maridos y que de
zagales algunos bajan a la hora de que las mujeres se meten a
refrescarse los pies y lo que les permitían sus amos y al remangarse los
ropajes y enseñan a lo sumo algún muslo jamonero y dichos malandrines se
apostan por debajo de la tapia y acechan por los agujeros de las canales
que alivian la balsa y que viene a parar el agua sobrante a un acequia
que pasa por un lado y alguna que otra vez los pilla el bañero y salen
por la cuesta y para la vereda de el salitre.
Sigo con la lectura y me señala que en uno de estos pasadizos mas
pequeños a la altura de el peldaño doscientos noventa y nueve y a
nuestra derecha según se baja, descubrió otras escalerillas que bajaban
en dirección del barranco que viene del cerro, Venta de Campos y que lo
hallo por casualidad, pues sin querer piso una risca de por el lado de la
pared y se abrió una losa grande de un palmo de ancha y de altura como
la de una persona y que se asusto y salio despavorido hacia la salida,
pero al día siguiente decidió bajar al “mesmo” sitio y se encontró con
la dicha salida y que detrás había un mecanismo hecho con poleas y pesas
y que le recordaron los escondites ocultos de el monasterio en el cual
el había recorrido y que una vez cerrado no se adivina ninguna entrada,
pues la losa encaja por todas las partes y su cara parece la misma pared
y que se cierra desde dentro subiendo unos sacos de tierra que hacen de
pesas y sujetándolos con el pastillo que esta unido a la risca de afuera
y que sirve de llave.
Me escribe avisando de que hay solo dos personas de confianza que saben
el secreto y que ya les deje de palabra donde estaba este rincón y les
encargue que si algo sucediera, que ocultaran a las mujeres, niños y
ancianos y que salieran cuando escampara el peligro y si esto no fuera
posible que salieran de noche por la salida de dos en dos y que viene a
parar entre unos taráis del lado de la derecha y que están por encima de
una vereda que sube el barranco y que con un poco de suerte no sean
vistos ni oídos y tomen para las cañadas de por detrás y se escondan por
las sierras de el Periate o se bajen a el barranco de Carrachila, donde
hay agua para el sustento y algunos frutos que llevarse a las quijas y
también algo de caza de conejos y liebres.
Me sigue diciendo que también se encontró con algo que no he dejar de
ver, y que es algo lleno de grandeza y que el quedo fascinado hasta tal
punto que al andar solo daba tropezones, pues no podía dejar de mirar
aquella maravilla que le dejo cautivo y no es otra cosa que en el
pasadizo que esta a la altura de el escalón setenta y siete y a la
izquierda y que es una mina que solo se puede entrar a gatas y que
además es peligrosa porque al pasar arrastrando se caen algunas piedras
encima de uno, pero que después de refregarse por el suelo y a unos
pocos pasos termina la estrechez, y al encender la tea de brea que
llevaba de repuesto se dio cuenta que estaba al mismo borde de un abismo
de unas veinte varas y al levantar la cabeza hacia arriba sus ojos
quedaron fijos en el techo, pues era una inmensa cueva con unas columnas
de piedra que bajaban de lo alto y que se unían a otras que tiraban
desde arriba y que la cueva era como en forma de bóveda gigante y que
tenia el tamaño como de tres catedrales juntas, que eran de entre blanca
y gris y que en el fondo había como un gran lago que reflejaba toda la
cueva cuando alumbraba hacia abajo y que el único sonido que encontró
eran miles de goteras repicando en el agua y haciendo que todas las
ondas de las gotas al caer de rompiesen unas a otras sin cesar y se dio
cuenta que todo el cerro estaba hueco y que Galera descansaba como en la
cáscara de un huevo y que desde la salida de la madriguera hay como un
mirador que le da la vuelta a dicha cueva y que por enfrente hay unas
escalerillas que bajan a el mismo borde de el agua, pero que al bajar se
topo con un muerto que estaba como cuando dejamos secar los pellejos al
sol y que sus pocos ropajes que quedaban eran de algún cristiano y que a
su lado tenia un cesto con cinco bolsas de cuero atadas y que al
abrirlas el brillo casi le cegó, pues estaban llenas de monedas de oro y
plata no queriendo llevárselas las dejo en el lugar y prosigue diciendo
que esta riqueza y tesoro solo me lo dice a mi, pues a nadie lo enseño,
por preservar su belleza y grandiosidad y que el secreto lo comparte con
migo, por saber que soy persona amante de lo natural y que aprecio la
vida tal como es y que coja solo lo necesario para pagar si así fuese el
caso, a los que os pongan algún impedimento.
Ya leo los ultimas reglones en los que me escribe dándome consejo para
si por casualidad se pusiera Galera en peligro que cogiera los arreos y
me fuera con los míos, pues dice que me necesitaran y me echaran de
menos pues dice ser que soy el elegido para poner a salvo muchas vidas
inocentes y llevarlos de vuelta a las tierras de donde nuestra sangre
cruzo el mar de África y los desiertos sin final y así descansaremos en
paz con nuestra libertad de fe y conciencia y que nuestro hijos no
guarden rencor de los cristianos y que volverán cuando la paz sea la
bandera que identifique a el ser humano y las fronteras solo sean las
montañas y los ríos.
CAPITULO XIV
Termino la lectura medio aturdido y con algo de miedo de lo que me dice
este buen hombre, a pesar de que no soy persona que me crea todo lo que
me viene a las orejas, pero en este caso no se porque me lo tomo en
serio y me” hincó “en la mollera los dos números de escalones que me
cita en el manuscrito y hago trizas lo escrito y los trozos los pongo en
un puñado y los llevo al fogón de la fragua de Alonso de Tahalí , la
cual la tengo al lado y que me une una gran amistad pues tiene familia
en Galera.
Algo inquieto me dispongo a destapar la carreta y bajar los trastos al
suelo encima de una estera de esparto y cuelgo las cosas de vestir en
las rejas de las ventanas y lleno en cada "espuertecilla" un cuarto de
saco de cada una de las especies que llevo y por detrás mía “ arrejunto
“ los caballetes de las telas y los velos y dejo como siempre los
pellejos y anforillas del aceite y de los ungüentos en el canto de atrás
de la carreta, donde me es mas fácil despachar sin trabajar a el lomo y
escondo dentro de mis ropajes las bolsillas de alheña, pues esta
prohibido venderlas desde hace unos meses por decir que son cosa de
moros antiguos ya que los usan nuestras mujeres en las fiestas y zambras
para teñirse la cara y el cuerpo, pero sigo dándolas al publico a
escondidas.
Empieza a acudir la gente desde todas las bocacalles que dan a esta
plaza y en poco tiempo se arremolina la "jaterba" alrededor de los
puestos que hoy no son muchos y tengo algo de fortuna pues no me ha
venido nadie que me pueda dar competencia, pues vino solo el Hojalatero
de Bullas y uno que lleva queso y pasas de higo y que viene de
Calasparra, sin contar con la tienda que hay frente al caño y que vende
solo alpargatas y soga.
No vendo nada de lo caro y de lujo, pero entre menudeo y cosas chicas
junto bastantes reales que aprieto en la taleguilla de por la huevera y
no se me da mal la corta tarde a no ser por una mujer, esposa de un
cristiano viejo que dicen que es persona bien situada y con grandes
caudales, pues me vino la mujer a preguntar si tenia alguna medicina
para traerle las ganas de fornicar a su marido, que decía que ya llevaba
mas de dos años sin corresponder en el asunto y que no había forma de
que se le pusiera al frente el utensilio, y que fuera cauto y discreto
con lo que me decía para que nadie de el lugar tuviera en burla a su
esposo. Viendo a esta mujer cincuentona no me extrañaba a mi que aquello
pudiera ser motivo de lujuria para su marido, pues andaba esta con mas
pellejos que el cuello de un gato, Así que le vendí por tres reales un
frasco de infusión de corteza de chopo y zumo de ajo y la mujer se fue
tan contenta y veloz a la busca de aquel desgraciado cristiano.
A las pocas horas y cuando yo estaba casi en cerrar me vino esta mujer
diciéndome perrerías e insultos y que a la “mesma” vez iba escupiendo y
restregándose con un trapo toda la "morrera". La calmé como pude y le
dije que le había pasado que venia tan enojada. Me comento que al llegar
"enganchó" al marido en la bodega y embadurno su miembro con lo que le
vendí al instante empezó a dar alaridos de el escozor tan tremendo que
tenia en sus partes y no teniendo agua en el momento metió su arrugado
badajo en la jarra de vino intentando lavar lo puesto, y ella al verlo
así empezó a frotarle y aquello se hincho de tal manera que creía que le
había hecho efecto milagroso y se le amorro para que aquello creciera
mas y las voces del cristiano eran cada vez mas grandes y tormentosas
hasta que la mujer noto lo mismo en la garganta y dentadura, bebiéndose
el “mesmo” vino que dijimos para calmar la picacera. Cuando le explique
que aquello no era para dar por fuera sino para hacerlo como bebida me
dijo que yo no le advertí de la forma de hacerlo y que le devolviera el
dinero, a lo cual yo le dije que no daba los dineros a no ser que
quisiera que pregonara el mal que aquejaba a su marido, al instante la
pobre mujer se dio media vuelta, y desapareció entre la gente.
Ya recogidos los bártulos me dirijo a casa de mi cuñada que vive en lo
bajo del pueblo en una casa al lado de la torrecilla de la muralla y que
tiene un buen patio para meter el avió. Esta oscureciendo y la gente
esta encendiendo los candiles y cerrando las puertas para protegerse de
esta escarcha que esta bajando de las sierras,
Espero encontrar a su marido el soldado dentro de su casa y que me ponga
al corriente de lo que pasa por Galera y andurriales y cenar bien cenado
con esos conejos que me dijo, pues ya me dan retorcijones las tripas
pidiéndome que las colme y sastifaga.
José Antonio
Blázquez Romera Edición
y diseño, Fermín Guillen
Siguientes,
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